Un vitalista para la eternidad

José Carlos Casado, a la izquierda, con su amigo Juan Rojo en la piscina./Cancha 7
José Carlos Casado, a la izquierda, con su amigo Juan Rojo en la piscina. / Cancha 7

La piscina cubierta recuerda a José Carlos Casado, un enamorado del deporte que falleció con 25 años

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

Durante años, la piscina del Casino de la Unión fue un hervidero. A ella llegó un día José Carlos Casado y se erigió en un monitor imprescindible. Es el legado de un líder, de una personalidad que lo abarca todo. El largo pelo rubio de un veinteañero y su pasión, no solo por el deporte, sino por la vida. Pionero del triatlón, fue, junto a Juan Rojo, el primer segoviano en hacer un Ironman. Allí no solo se llenaban las calles de la piscina, sino que la gente se concentraba en las inmediaciones para ver los entrenamientos. Su ejemplo llevó a la Escuela de Triatlón del Casino a ser un referente nacional y gestó una cantera muy potente en la provincia. Poco después de su temprano fallecimiento a los 25 años en un ejercicio de apnea, la piscina cubierta de Segovia se inauguró con su nombre. El número tres de la calle Celinda (rebautizada en 2016 para eliminar la referencia del callejero al general franquista José Enrique Varela) honra a un vitalista irredento.

José Carlos nació el 17 de marzo de 1971 en el seno de una familia humilde de Santa Eulalia, hijo de un albañil y de un ama de casa. Su hermano Isidro Casado recuerda una época donde muchos jóvenes de aquella generación dejaron a un lado sus objetivos deportivos. «Ahora se ha puesto de moda del running, pero cuando mi hermano salía a correr con mallas casi te fusilaban. Hacer deporte era pecado, lo que había que hacer era emborracharse. Él lo pasó mal en su día y tuvo mucho mérito por seguir fiel a sus principios porque al final todos cedieron, yo incluido». Empezó con el ciclismo e Isidro asegura que podría haber sido ciclista profesional. «Se lo aconsejó mucha gente, que dejará el triatlón, pero él funcionaba por pura pasión, por la ética del deportista griego que no quería recompensa. Le importaba un carajo el dinero, en ese aspecto no era demasiado inteligente para este mundo cruel e hipócrita en el que vivimos».

José Carlos conoció a Juan Rojo en 1992. Lo que luego sería una estrecha amistad arrancó con una relación entrenador-deportista. «Él hacía triatlón y vino un día conmigo para mejorar la natación», recuerda Rojo, que llevaba cinco años como preparador en las piscinas del Casino. Él había sido nadador y se vinculó desde joven al mundo del socorrismo. No había piscina cubierta en Segovia, así que se enroló en el equipo de Ávila. Velocista, compitió en campeonatos regionales y nadó los 100 metros en 58 segundos. «Si el deporte ahora es difícil en Segovia, antes era casi imposible. No había medios ni instalaciones. Si querías dedicarte a deportes minoritarios, no tenías nada que hacer».

Rojo, sin apenas referencias sobre el triatlón, se sorprendió. «A mí me gustaba mucho que la gente me pidiese ayuda». Casado entrenaba con Fernando Useros, el introductor en Segovia del triatlón, un deporte que echó a andar a nivel mundial en los 70, desembarcó en España en los 80 y llegó a Segovia a los 90, con Adal (Asociación de Amigos al Aire Libre). Cuando se presentó a Rojo, Casado apenas había hecho tres o cuatro triatlones. «Mejoró rápidamente porque era un portento físico. Era una máquina. Alto, completamente fibrado... Un tío muy completo». A eso se añadía su carácter pasional y su personalidad carismática.

«Estaba tan enamorado del triatlón que enseguida me lo contagió. Es un deporte extremadamente duro y te engancha. Acabas destrozado y aun así ya quieres hacer el siguiente, y cada vez de más distancia. Me encantaba cambiar de deporte y no estar todo el día en la piscina contando baldosines», explica. Su caso fue el contrario: nadaba bien, pero fallaba en bici y carrera. Y al final de aquel verano, hicieron juntos su primer triatlón, olímpico –1500 metros de natación, 40 kilómetros de ciclismo y 10 de carrera a pie– en Valencia. Casado quedó por delante, aunque no por mucho.

«Fue una pérdida brutal para el deporte segoviano»

De forma natural, Juan se enroló en el equipo de José Carlos. Al año siguiente, decidieron poner en marcha una escuela de triatlón en el Casino con la base del grupo de nadadores. «Nos miraban como bichos raros, nos tachaban de locos, hasta nuestras familias. '¿Venís de montar en bici y os vais a correr? ¡Eso no lo hace nadie!' Llegamos a montar la bici en un autobús, irnos a Ávila a nadar, volvernos en bici a Segovia, dejarlas en casa y luego correr. O subir a Navacerrada, nadar cinco kilómetros y volver. ¡Es que no queríamos hacer nada más que entrenar!». El Casino llego a tener siete profesores y casi cien niños en la escuela. «Si no hubiera pasado aquello, sería uno de los mejores clubes de España de triatlón. Segovia era una potencia nacional, estábamos a la altura de Madrid». De allí salieron su mujer, Helena Herrero, Sara Regidor, Nacho Rubio, José Manuel del Real, Israel Tapias o Raúl de Pablos.

Por la mañana daban clase de natación, pero por la tarde había cursillos de mecánica de bici, estiramientos o masajes. Juan y José se veían todos los días, desde ir al cine a escuchar música –José adoraba a Bruce Springsteen y Juan a U2– o quedar en casa de algún triatleta mayor a cenar pizza. Tenían también un club de esquí. «Todo lo que era deporte, se lo ofrecías en bandeja y él entraba. No sabía esquiar y aprendió en tres días». Hasta estudiaron juntos Magisterio de Educación Física; José Carlos empezó Estadística pero quería ser profesor y Juan había cursado Magisterio Infantil.

El triatlón entonces era una gran aventura y el Ironman –3,86 kilómetros de natación, 180 kilómetros de ciclismo y 42,2 de carrera a pie– es su máxima expresión. José Carlos empezó a buscar videos y ambos se enamoraron. El objetivo fue Lanzarote, en mayo de 1995. La natación era lo más pautado; la bicicleta la entrenaban con el grupo de ciclistas de Segovia, con José Luis de Santos y hasta Pedro Delgado, y la carrera pie, con un grupo de maratonianos. «Era una aventura, en aquel momento participaban 800 personas y ya era una barbaridad. Y hoy ves 5.000».

Cuando recogieron el dorsal, debían rellenar un formulario con métodos de entrenamiento. Mientras un grupo de italianos completaba el suyo, ellos se preguntaban: ¿Qué ponemos? ¿Aspirina? ¿Isostar? ¿Bicicleta convencional? «Los extranjeros iban diez años por delante. Llevaban sus protocolos y nosotros íbamos con lo puesto». Juan habla de un sufrimiento extremo. «Los 180 kilómetros de bici se me hicieron muy duros. ¿Y cuando me bajo tengo que correr una maratón? ¡Vamos, no me jodas!». Llegó a meta con los dedos empapados en sangre, por detrás de José Carlos, tras vaciar un avituallamiento: donuts, barritas energéticas, plátanos, naranjas… «Como un guerrillero que lleva diez días sin comer».

José Carlos Casado falleció el 19 de agosto de 1996

El inverno era un barbecho para la escuela y empezaron las reivindicaciones por una piscina cubierta. De hecho, la San Silvestre de 1995 la corrieron con trajes de neopreno, gorro y gafas. De la demanda surgió una nueva actividad en el club: 24 horas haciendo deporte. Se hizo con fútbol, baloncesto o tenis; también con natación. Consistía en nadar por relevos todo el día; había dos calles, una para nadadores de la escuela y otra para socios. Se contaban los metros y cada uno hacía unos 8 o 9 kilómetros. José Carlos se aficionó a la apnea, una modalidad que mide la capacidad de estar bajo el agua. «Había días que estábamos en su casa merendando, se tumbaba en la cama y se tiraba cuatro minutos aguantando la respiración. Hasta me llegué a asustar. ¡Y cuando le daba para ver si estaba bien me echaba la bronca por desconcentrarle!». En la actividad de 24 horas de 1996, Juan nadó 15 kilómetros porque quería cruzar el Estrecho de Gibraltar. Acabó a las cuatro de la mañana, salió «muerto» y se tumbó en una hamaca. Cuando estaba adormilado, recuerda que llegó José Carlos y le dijo: «Juan, voy a hacer lo de la apnea». Su respuesta fue: «Espérate a por la mañana, que hay luz». Fueron las últimas palabras que intercambiaron.

El reto de José Carlos era hacer 100 metros buceando; ya había hecho 75, unos tres minutos moviéndose a braza. La siguiente noticia que tuvo Juan fue cuando alguien le despertó por la mañana porque había algo en la piscina. «Me levanté, fui corriendo y vi que era una persona. Me tiré, buceé, le saqué y era él. Le hicimos la respiración artificial, conseguimos constantes vitales y expulsó el agua. No sabíamos cuánto tiempo había pasado, pero fue bastante. Vino la ambulancia y seguimos haciendo la respiración durante el trayecto al hospital». El cerebro quedó dañado de forma irreparable aquel 11 de agosto de 1996 y José Carlos Casado falleció el día 19.

Juan Rojo, hace unos días, en la piscina que lleva el nombre de José Carlos Casado.
Juan Rojo, hace unos días, en la piscina que lleva el nombre de José Carlos Casado. / Antonio de Torre

«Yo sé que si no hubiera sido a los 25, quizás hubiera muerto un poco más adelante porque en los deportes de riesgo hay esa posibilidad», apunta Isidro. La familia denunció sin éxito negligencias en el Casino y su hermano entiende que si algo así se diera en la actualidad habría consecuencias. Subraya que una piscina debía estar siempre vigilada por un socorrista y que un evento así, incluso en 1996, exigía una unidad móvil. Lamenta que no hubiera, cuanto menos, una disculpa oficial. «Ganó quien suele ganar la partida. Nosotros éramos los pobres y ellos eran una institución de la cúspide».

El club hizo algún triatlón de homenaje a final de año, pero la escuela no pudo resurgir. Juan lleva a triatletas en diferentes clubes, incluida su mujer, y es profesor de Educación Física en Palazuelos de Eresma. El Ayuntamiento de Segovia, que invitó a la escuela de triatlón del Casino a estrenar oficiosamente la piscina cubierta, inmortalizó el nombre de aquel pionero pasional que se fue demasiado pronto.

El legado de José Carlos entre quienes convivieron con él es inmenso. Empezando por la pasión y sacrificio de alguien que jamás se saltaba un entrenamiento. Juan lo ve en su mujer. «Es que lo tengo en casa. Es su espíritu el que está ahí. Fue una pérdida brutal para el deporte segoviano. A lo mejor no habría llegado a ser olímpico, pero habría sido un entrenador tremendo». Su hermano transmite un orgullo infinito: «Era un profesor increíble, los niños estaban enamorados de él». Le bastó cuarto de siglo para ganarse la eternidad.