Estremecedora despedida a Víctor Barrio: «torero, amigo e inmortal»

El cortejo fúnebre se dirige a la Plaza de España de Sepúlveda entre u pasillo de cientos de personas y aplausos. /
El cortejo fúnebre se dirige a la Plaza de España de Sepúlveda entre u pasillo de cientos de personas y aplausos.

Compañeros de profesión ensalzan la figura del diestro segoviano, fallecido el sábado en Teruel, en un multitudinario funeral celebrado en la iglesia de San Bartolomé de Sepúlveda

MIGUEL ÁNGEL LÓPEZ

Sobraban manos y hombros para transportar el féretro. Para llevar a Víctor Barrio en su última vuelta triunfal, aclamado, aplaudido, con cientos de voces rodeándole y llamándole «!torero, torero!». Su cuadrilla, veteranos retirados como Jaime Ostos y Curro Vázquez, en activo como Julián López El Juli, Enrique Ponce, David Mora o Cayetano Rivera le llevaron desde la iglesia de San Bartolomé a la Plaza de España, donde su capote, el que el torero regaló al presidente de su Asociación de Amigos, presidió esta honra fúnebre en un pueblo desolado, aunque, en un lunes más atípico que nunca, estuviera lleno de gente. Al terminar la mañana, con el sol alto sobre la plaza, los restos del torero viajaban a Cantalejo con la compañía de sus más allegados para ser incinerados.

Muchos nombres más del mundo taurino acudieron a Sepúlveda este lunes para despedirse de Barrio y acompañar a la familia. Los mencionados y Palomo Linares, Miuel Abellán, José Tomas (en un más que discreto segundo plano), José María Manzanares, Víctor Puerto, José Miguel Arroyo Joselito, David Luguillano, José Pardo Prado El Fundi, Curro Díaz, Pepín Liria, Vicente Ruiz El Soro, Juan Antonio Ruiz Espartaco, Curro Díaz y Morenito de Aranda los dos que formaron con el diestro segoviano su último cartel, Cristina Sánchez, Juan Diego, Pepe Luis Gallego, Andrés Hernando, Lázaro Carmona, el Niño de la Capea, los segovianos Javier Herrero, Javier Ayuso, Emilio de Frutos y el novillero Ígor Pereira...

Sepúlveda, cerrada al tráfico, y Grajera unidos en el luto. En la mañana soleada y cálida la villa medieval tenía un inusitado ir y venir de gente, con las calles acordonadas para encauzar al gentío, a los amigos de la familia del torero llegados de toda la provincia y de muchos lugares de España para compartir su duelo, a todo el pueblo de Grajera donde nació, a políticos y numerosos representantes de los medios de comunicación; una hora antes del funeral en la iglesia de San Bartolomé, un centenar de personas aguardaba fuera del templo y en la cercana plaza de España.

La Guardia Civil y los voluntarios de Protección Civil ordenaban el tránsito de personas. Los coches habían quedado en los aparcamientos de la periferia del pueblo. Quienes llegaron de fuera apuraban el primer café del día, y el dolor y la pena los canalizaba cada uno a su manera. Había muchos toreros, novilleros, ganaderos, apoderados, recortadores y aficionados taurinos en los alrededores del templo, situado junto a la calle Subida a la Picota. Muchos periodistas de prensa escrita, radio y televisión, y muchos amigos y compañeros de Raquel Sanz, la desconsolada viuda. A las diez y veinticinco, empezaron a tañer las campanas de la iglesia la llamada al funeral y por la quebrada escalinata comenzaron a subir familiares y compañeros del diestro segoviano. Algunos toreros conocidos se paraban en el improvisado espacio para que recogieran sus declaraciones los medios, pocos, la mayoría no tenían ánimo ni palabras.

Sebastián Palomo Linares fue el primero en atender a los periodistas, en hablar de la consternación de todos por esta pérdida y de «los sentimientos que tenemos todos los del mundo del toro». Sentimientos que expresó después Vicente Ruiz El Soro con una frase contundente, «hoy el toreo ha muerto un poquito», y el lamento de que «tienen que ocurrir estas cosas para que los medios y la sociedad lo valoren». Jaime Ostos dejó una declaración, casi un axioma: «El torero cuando muere en la cama es una persona, cuando muere en la plaza es inmortal».

Sin trampa ni cartón

Máximo Valverde también se detuvo. El actor era amigo de Víctor y le admiraba como torero y como persona; con él, declaró, estuvo en muchos tentaderos y compartió afición y muchas tardes. «Su muerte ha sido un palo dijo; se me ha ido un gran amigo; estoy hecho polvo».

Más allá del dolor, en los testimonios iba quedando un poso amargo, con el trasfondo de la controversia en torno a los espectáculos taurinos. Miguel Abellán aludió a «la cruda realidad del toreo sin trampa ni cartón, donde los hombres que se ponen delante de un toro se juegan la vida», y a Enrique Ponce, serio por esta «tragedia grandísima», le costaba expresar «tanto dolor de todo el mundo» a pesar de que «desgraciadamente esto ocurre y somos conscientes», pero le dio ánimo «la unión del mundo del toro», que «aquí se ve» para «arropar a una familia destrozada y para reconocer la entrega y todos los valores que Víctor Barrio tenía como persona y como torero».

Mucho más joven, Esaú Fernández apenas articulaba entre sollozos que «esto va a hacer que recapacitemos mucho las cosas y que al toreo se le dé verdaderamente la importancia que tiene, a que es un arte en el que se puede llegar a morir». Y David Mora subrayó que Barrio «ha dado la vida por todos, por la profesión, quizá también por defendernos de los ataques que tenemos», porque tenía «mucho valor, siempre estaba por encima de las circunstancias, y cada día salía a luchar y ganarse los contratos».

Llegaron también el presidente de la Junta de Castilla y León, Juan Vicente Herrera; su vicepresidenta, Rosa Valdeón; la presidenta de las Cortes regionales, Silvia Clemente, procuradores del PP y del PSOE; el vicepresidente de la Diputación, Miguel Ángel de Vicente; diputados provinciales, decenas de alcaldes de la provincia de Segovia, una delegación del Ayuntamiento de Teruel con su teniente de alcalde José Luis Torán, peñas y asociaciones taurinas, y mucha, mucha gente, centenares de personas en la plaza de España que no pudieron entrar en el pequeño templo románico, repleto dentro, en su atrio y en la escalinata de entrada.

Salió después de mediodía Víctor Barrio a hombros de sus compañeros, para el último paseo por la plaza de Sepúlveda. Hasta su capote y vuelta. Arropado por los aplausos repetidos, los «¡bravo, bravo!» y las voces, sonoras, de «¡torero, torero!». Todo el mundo serio, sin murmullos, con el silencio enorme cuando cesó la gente de aplaudir, cuando tras el recorrido entre el gentío el ataúd llevado en volandas por los toreros llegó al coche fúnebre estacionado en la estrecha calle de Sancho García. El silencio roto solo por el llanto descarnado de la abuela del joven y los sollozos contenidos de muchos, cabizbajos pero con la mirada alta para ver por última vez al torero de la tierra antes de que se alejara camino de Cantalejo.

La plaza de Sepúlveda fue despejándose. Tiempo de despedida, de los últimos abrazos. Víctor Barrio ha cerrado su página de la historia.