Ronaldo, año I

El autor echa la vista atrás y valora la paz social que ha traído a la grada la llegada del brasileño

Ronaldo Nazário se hace una foto con un aficionado el día que llegó a Valladolid, el 3 de septiembre de 2018. /César Manso
Ronaldo Nazário se hace una foto con un aficionado el día que llegó a Valladolid, el 3 de septiembre de 2018. / César Manso
JESÚS MORENOValladolid

Estos días, en una especie de cuenta de pérdidas y ganancias sobre lo que ha supuesto el advenimiento de 'O Fenómeno', se ha venido recordando la llegada hace doce meses de Ronaldo Nazário a la presidencia del Real Valladolid.

Desconozco el motivo por el que, al llegar un fin de año, un cumpleaños, o cualquier otra efeméride, tengamos la necesidad de echar la vista atrás y hacer un balance de lo bueno y malo, como canta Mecano. Supongo que es una suerte de nostalgia del tiempo pasado que tendemos a considerar lo mejor, de recordar aquello que se dejó atrás con el ánimo de volver a vivirlo. De rememorar de dónde venimos y si mantenemos el rumbo correcto de hacia dónde queremos llegar.

Así, en ese ejercicio consistente en evocar el lugar en el que se encontraba el Real Valladolid hace 365 días y en el que habita ahora, quizá la gestión de Ronaldo todavía no haya podido dar frutos suficientes como para que se pueda decir que ya se nota su mano. Pocas cosas han podido pasar aún de las musas al teatro. Del mundo de las ideas a lo terrenal. Del papel a la realidad física. La dirección de la primera plantilla y de las categorías inferiores es continuista, afortunadamente. Miguel Ángel Gómez y Sergio González siguen figurando, y desde hace más de un año, como los principales responsables del éxito deportivo. El presupuesto continúa siendo realista y sensato; quizá demasiado realista, quizá demasiado sensato para todos los que inconscientemente habíamos dibujado el cuento de la lechera en nuestra imaginación. Y el plantel sigue compuesto más por hombres que por nombres.

Sin embargo, de aquellos logros que se pueden achacar a la gestión de Ronaldo, el mayor de todos no es la seriedad con la que se actúo durante la 'operación Oikos', ni la cintura que presentó a la hora de rectificar el precio de los abonos; tampoco la remodelación del estadio o la conquista del oeste durante la pretemporada. Lo mejor que le ha ocurrido al Real Valladolid con el cambio de presidencia es que, por fin, ha estallado una paz social que se hacía imprescindible entre los seguidores que se encontraban excesivamente divididos –rozando el cainismo– a la hora de enjuiciar la labor de Carlos Suárez. Crítica siempre habrá, es además necesario que exista. Pero por fin se han abandonado las trincheras, se van restañando las heridas y la afición camina como un solo hombre. No parece poca cosa.