El voto de Vox

«El programa de Vox combina ultranacionalismo y ultraliberalimo económico, ofrece menos impuestos para los ricos y más para los pobres»

Miembros de VOX en la sede del partido tras los resultados de las elecciones municipales, autonómicas y europeas./EFE
Miembros de VOX en la sede del partido tras los resultados de las elecciones municipales, autonómicas y europeas. / EFE
MARIA MAIZKURRENA

El voto de Vox se cosecha en los barrios ricos y en los pueblos ensimismados. Según las encuestas y los estudios sociológicos, a Vox le votan muchos hombres de unos 45 años y 2.000 euros o más de sueldo mensual, menos mujeres y muy pocas personas que ganen 800 euros o menos. Pero en España una de cada tres personas gana 800 euros o menos y sólo el 13% gana 2.000 euros o más. El programa de Vox combina ultranacionalismo y ultraliberalimo económico, ofrece menos impuestos para los ricos y más para los pobres; a estos les compensa con toros, misas y escopetas. En consecuencia, a Vox le vota «la España de charanga y pandereta / cerrado y sacristía / devota de Frascuelo y de María / de espíritu burlón y de alma quieta», y la España de la Castellana y Recoletos, de Valdemarín y de los barrios de Palma, donde la renta media está en una franja que va de los 30.000 a los 46.000 euros anuales.

Euskadi y Cataluña no votan a Vox porque en estas comunidades el nacionalismo va por otros cauces y quizás el dinero también, no sé. A los que lo tienen, Vox les promete proteger y engordar esta cabaña maravillosa que produce más bienes que la cabaña bovina de Gerión. A los que no lo tienen, les promete banderas y chivos expiatorios, orgulloso machismo y barra libre para la xenofobia. Es comprensible que los trabajadores urbanos no voten a Vox. Al inicio de la última campaña autonómica, como una Marie Le Pen con barba, el inefable Iván Espinosa de los Monteros se dirigió «a la España que madruga» desde un polígono industrial de Barajas, con esa obsesión por los madrugones (sobre todo ajenos) que los políticos padecen en temporada de caza de votos. Pero Le Pen y Abascal, Le Pen y Espinosa de los Monteros no son lo mismo. Según Xavier Casals, autor del documento «¿Por qué los obreros votan a la ultraderecha?», Le Pen ofrece nacionalismo identitario pero también económico, un Estado sólido que es garantía de seguridad para los trabajadores (nacionales, por supuesto). Vox promete desmantelar el Estado y el retorno de la familia medieval. ¿Ustedes se imaginan a Iván Espinosa pidiendo, como hacen Soros y otros multimillonarios norteamericanos, que le suban los impuestos en pro del interés nacional? Yo no.

Le veo más dentro del estilo de Donald Trump, famoso por dejar a sus proveedores en la estacada y escurrir el bulto a la hora de pagarles. Tal vez la admiración por el mandatario americano es lo que ha llevado a Espinosa de los Monteros a mostrar cierto pertinaz interés en no saldar algunas deudas. Una empresa que fue contratada para trabajar en la construcción de su casoplón de Chamartín le ha tenido que llevar a los tribunales varias veces para que suelte la mosca. La Audiencia Provincial de Madrid le acaba de condenar por enésima vez. No sé por qué le parece inverosímil tener que pagar. Supongo que en su visión del mundo él no está entre los que pagan.