Fractura en el independentismo

uigdemont empieza a ser percibido como un problema en sectores del nacionalismo catalán

El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont y de la número dos por Barcelona de JxCat el 28A, Laura Borràs, durante la reunión con candidatos de su partido a las elecciones generales del 28 de abril. /Efe
El expresidente de la Generalitat Carles Puigdemont y de la número dos por Barcelona de JxCat el 28A, Laura Borràs, durante la reunión con candidatos de su partido a las elecciones generales del 28 de abril. / Efe
El Norte
EL NORTEValladolid

Sin esperar al descalabro en las urnas que le auguran las encuestas, el partido de Carles Puigdemont se enfrenta al serio riesgo de una escisión interna encabezada por dirigentes posibilistas que, sin cuestionar como objetivo la independencia de Cataluña, abominan de la suicida estrategia rupturista abanderada por el prófugo de la justicia. Los movimientos en ese sentido que han salido a la luz en los últimos días reflejan una contestación interna, hasta ahora soterrada, al giro radical y populista imprimido por el expresidente de la Generalitat y sus fieles a la antigua Convergencia Democrática. Ese brusco viraje ha alejado de la centralidad a un PDeCAT secuestrado por un extremismo visceral, que ha fracasado en la intentona secesionista y que, además, ha visto desplomarse el mayoritario apoyo electoral que mantenía desde el inicio de la Transición. El espacio político que durante décadas ocupó el nacionalismo moderado de Jordi Pujol –con sus aciertos y errores, y una imagen justamente lastrada por la pesada losa de la maquinaria de corrupción creada en torno a él– ha quedado huérfano, a la espera de que alguien lo ocupe. Marta Pascal, excoordinadora del PDeCAT, y otros excargos críticos con Puigdemont –y, por ello, laminados de cualquier responsabilidad en el partido– se plantean la creación de una nueva marca que recupere los valores originales de aquel catalanismo que apostaba por la estabilidad y por la convivencia normalizada en Cataluña dentro de una España plural. El anuncio de la fractura que acecha a su partido en vísperas de unas elecciones, en las que el huido en Waterloo es el cabeza de lista a las europeas en un nuevo desafío al Estado, confirma no ya la existencia de posturas abiertamente irreconciliables en el PDeCAT. Demuestra que un sector del nacionalismo comparte que el patético aventurerismo de Puigdemont solo conduce al precipicio y ha interiorizado por fin que el pretendido mesías que representó la farsa del nacimiento de una república es un problema para el futuro de su propio partido y para el de Cataluña en su conjunto. El catalanismo más pragmático es el que mayores éxitos ha cosechado. No debería olvidarlo un independentismo tentado a la confrontación permanente con el Estado para eludir sus propias contradicciones, que ya resultan imposibles de ocultar.