Una «locura» solidaria: nadar 10 kilómetros en aguas abiertas por Mozambique

Álvaro Llorente posa junto al Acueducto, en Segovia. /Antonio de Torre
Álvaro Llorente posa junto al Acueducto, en Segovia. / Antonio de Torre

El segoviano Álvaro Llorente completa un reto de tres horas en aguas abiertas y relata la pasión del deportista amateur

LUIS JAVIER GONZÁLEZSegovia

El agua de Benidorm aguarda a los nadadores con 15 grados para una distancia de 9,4 kilómetros. El segoviano Álvaro Llorente llega con molestias en el gemelo al ecuador de la prueba. Suceden los mareos: es como nadar con resaca. Además, ha dado un giro más grande del necesario y su reloj marca un kilómetro más de lo previsto. Se apoya en un kayak para el avituallamiento y valora la retirada. Algo que hace en cada reto mayúsculo pero que nunca acepta. Come, sigue adelante y ve la meta en línea recta: ya sabe que va a terminar. Siguen las arcadas, a su paso hay compañeros vomitando y llega el frío. Tres horas y siete minutos después de lanzarse, llega a tierra firme en el 88º lugar de 130 nadadores del Oceanman con principio de hipotermia.

Todo por una buena causa. El Reto Gaiato reúne a deportistas profesionales y amateurs dispuestos a luchar contra la pobreza, el hambre y la desnutrición de los niños en Mozambique, un país africano asolado en marzo por un terrible ciclón. Encabezado por José Luis Tejedor, empresario de Fuentepelayo, Álvaro es uno de los tres deportistas implicados. El dinero, que ya supera el millar de euros, irá destinado a la Fundación Mozambique. «Si al final estas locuras las vamos a hacer igual, no vamos a ir a ganar las pruebas. Si podemos ayudar y recaudar fondos, es imposible negarte». No solo se unen donantes, sino otros deportistas, con sus propios retos.

Hace un lustro, Álvaro, de 32 años, apenas hacía deporte; nadaba por diversión. Todo empezó por una ruptura. Para distraerse, cogió el hábito de nadar en el pontón tres kilómetros al día. Hasta allí iba en bicicleta porque no tenía coche. Así que todos los ingredientes para el triatlón estaban en el menú. A los dos años ya completó un Ironman (3,86 kilómetros de natación, 180 de ciclismo y 42,2 de carrera a pie) en Lanzarote –estaba tan nervioso que ya en el avión le notaron que era primerizo– y su vida dio un vuelco.

Licenciado en Económicas, Álvaro ha acabado en algo muy distinto, rodeado de hojas de Excel. Es consultor en una empresa que compra deuda e intenta recuperarla. Lo que él, encargado del área legal, hace es analizar cada activo y dar información a bancos y otros clientes. Alguien que ha tenido siempre trabajado reconoce que «fuera hace mucho frío» y que el triatlón es muy caro. El año pasado, solo en competiciones, gastó 7.000 euros. «Es un mundo que no tiene fin. Te compras una bici y al año siguiente hay cinco mejores. Salen nuevos artículos como un potenciómetro o rodillos para entrenar que a mi nivel amateur no necesitas, pero te lo compras». Él paga un club en Madrid, un gimnasio y una piscina.

Se saltó los plazos: un mes y medio después de su primer triatlón olímpico (1500 metros de natación, 40 kilómetros ciclismo y 10 de carrera a pie) saltó al medio-Ironman (1,9 kilómetros de natación, 90 de ciclismo, y 21,1 de atletismo) cuando los expertos recomiendan dos años de adaptación. Los hermanos Barbudo, una referencia en el triatlón segoviano, le acabaron seduciendo para el Ironman de Lanzarote en 2016, una de las pruebas más prestigiosas del mundo. No llegó en forma óptima porque se lesionó el hombro dos meses antes en un accidente de moto y tuvo problemas en la Media Maratón de Segovia. «Si lo pienso fríamente no debería haber ido, pero lo acabamos».

Fueron 14 horas y media. «Siempre que hago un Ironman, durante la prueba pienso, 'no vuelvo en mi puta vida a hacer uno' y al día siguiente deseas hacer otro». Recuerda momentos muy duros en el tramo de ciclismo en una isla muy expuesta al viento o cómo quemaba el suelo cuando empezó la maratón. A final de 2016 llegó otra obsesión: cruzar el Estrecho de Gibraltar. Ya entonces, el plazo de espera era de más de dos años y ahora tiene cita para 2020. La embarcación de apoyo cuesta 2.000 euros y su grupo es de cuatro nadadores. «De pequeño me encantaba ver a David Meca haciendo ese tipo de cosas».

Terror a abandonar

Álvaro no se ha retirado jamás de una prueba por miedo al fracaso. «Esa sensación no la he vivido nunca, y no me gustaría. En el kayak pensaba, me voy a ahorrar una hora de sufrimiento por no llegar pero voy a estar una semana y pico jodido. Nunca llego a disfrutar del todo cuando acabo de este tipo de pruebas porque siempre pienso que podía haberlo hecho mejor. Nunca hay una satisfacción plena. Antes del Ironman Lanzarote, tuve tardes llorando porque pensaba que no lo iba a acabar y lo duro que sería eso para mí».

Hubo un punto de dudas tras otro Ironman, en Niza. «Fue una crisis, no saber si merecía la pena dedicar tanto tiempo al deporte para lo que hacía». Es alguien que entrena dos veces al día: se levanta a las cinco de la mañana para nadar o correr y antes de comer dedica otras dos horas. Ayer se dio el lujo de levantarse a las ocho y 'solo' hizo 80 kilómetros de bici. «¿Te compensa? No hay ningún día que no me ponga el despertador». Después de la prueba estuvo un mes sin hacer nada y vio que faltaba algo. Volvió. Y agradece que su novia siga aguantando su rutina.

En Benidorm dobló su distancia, pues lo máximo que había nadado hasta entonces eran cinco kilómetros. Dos meses después de lesionarse esquiando, Álvaro subraya que sin el fin solidario le habría costado lanzarse a la prueba. Habla de una «bofetada de realidad» por exceso de confianza, por no haber nadado nunca en aguas abiertas o dejarlo todo a la improvisación. «Si hubiera sido en el Estrecho, no habría acabado». Incide en «no perder el respeto» a la disciplina. «Nos decían, es que venís aquí con la M de Ironman y no es lo mismo cuatro kilómetros que diez. Aquí hay que saber nadar». De vuelta, agradece no haberse topado «con algún bicho» en el agua. «Soy un poco cagón».