El nuevo Diego Costa

El nuevo Diego Costa
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En racha goleadora y más sereno sobre el campo, el delantero de Lagarto se reivindica y deja de estar bajo sospecha en la selección

Jon Agiriano
JON AGIRIANOEnviado especial a Krasnodar

En el fútbol conviene relativizarlo todo un poco. No hasta el punto de no creer en nada, claro que no, sino hasta el límite de no olvidar que se trata de un juego donde todo es posible. Ir por ahí aplicando o predicando verdades absolutas suele ser un plan destinado al fracaso. Hay una buena anécdota de un famoso entrenador español, muy metódico, de la escuela científica y estadística. El hombre creía tenerlo todo bajo control. Se había estudiado las virtudes y defectos de todos los jugadores rivales y presumía de conocer los movimientos de cada uno de ellos. En una charla de amigos, un periodista quiso ponerle en aprietos. «Todo eso que dices está muy bien. Pero, ¿y si fulanito dribla esta vez hacia dentro y pega un zurdazo que entra por la escuadra?», le preguntó. «Eso es imposible», sentenció el técnico. «¿Por qué es imposible?», inquirió el periodista, sorprendido. «Porque no ha sucedido nunca», remachó el técnico, convencido.

Pasado el tiempo, aquel entrenador tuvo que ver de todo, cosas que no habían sucedido nunca, milagros, jugadas imposibles, rayos C brillando en la oscuridad cerca de la puerta de Tannhäuser... Pero ahí sigue el hombre día a día, frente a su pizarra, buscando las verdades absolutas del fútbol como el alquimista buscaba la piedra filosofal. En los últimos años, en concreto desde que en marzo de 2014 debutó con España en un amistoso contra Italia, una de estas supuestas verdades absolutas del fútbol ha sido que Diego Costa no podía encajar de ninguna manera en la selección. Delantero vertical, voraz y agresivo, muy poderoso con espacios por delante, el hispano-brasileño era un sujeto extraño en la Roja, un equipo al que la inmensa mayoría de sus rivales se le encerraban en casa como si fuera a pasarles por encima un huracán.

Agobiado por la falta de aire, poco dotado para combinar rápido en espacios reducidos, el jugador de Lagarto sufría y hacía sufrir al equipo. Su papel en el Mundial de Brasil no pudo ser más desafortunado. Ante Holanda, sólo acertó a provocar el penalti que sirvió para que España se adelantara. Luego cayó por el precipicio como el resto de sus compañeros. Ante Chile, peleó sin fortuna y contra Australia ya no jugó. Desde entonces, en el ciclo de cuatro años entre Brasil 2014 y Rusia 2018, poco o nada pudo cambiar en la percepción que había sobre Costa como delantero imposible de la Roja. Del Bosque le dejó fuera de la convocatoria de la Eurocopa de Francia. Se habló entonces de que, aparte de no encajar en el estilo de España, de ser un manazas en medio de tantos finos amanuenses, su carácter bronco y pendenciero le había condenado. Él se defendió. «Si ha sido por mi carácter no voy a venir más a la selección porque yo no voy a cambiar mi manera de jugar»,aseguró, dolido.

Cuando llegó Julen Lopetegui en el verano de 2016, Diego Costa era, pues, una pieza rara de esas que uno no sabe donde colgar porque parece que no pegan en ninguna parte. Y seguía siéndolo dos años después, cuando el técnico de Asteasu fue fulminado por Luis Rubiales en vísperas del debut de España en el Mundial. Costa no había conseguido dejar de estar bajo sospecha. Sus números habían sido pobres con Lopetegui -sólo cinco goles en partidos oficiales, ante Luxemburgo (1), Liechtenstein (2), Israel (1) y Macedonia (1)-, y también con el Atlético, afectado por su parón hasta enero. En trece partidos de Liga, tres goles.

Nadie podía presagiar, por tanto, que el delantero de Lagarto fuera decisivo para España en esta Copa del Mundo. Es cierto que, antes de viajar a Krasnodar, aseguró en rueda de prensa encontrarse «muy bien, a tope», pero eso lo dicen todos. Tras analizar al detalle sus cifras, el entrenador científico y estadístico del que hablábamos al comienzo de este texto hubiera dicho que la eclosión de Costa era imposible. Al fin y al cabo, nunca había sucedido. Bueno, pues lo ha hecho. Ha ocurrido. Diego Costa fue clave ante Portugal con dos goles, uno buscándose la vida en solitario y otro culminando una jugada ensayada. Y volvió a serlo también contra Irán, esta vez con un golpe de fortuna; algo importantísimo. Y es que un goleador en racha, al que le entran hasta los rebotes en la rodilla, vale un potosí en un Mundial.

El hispano-brasileño ha cerrado el debate sobre el delantero centro con goles, la única manera de hacerlo. Además, se le nota sereno en el campo. Parece que Fernando Hierro, que como futbolista tampoco fue una monja de la caridad, le ha dicho que se contenga, que siga yendo a los partidos como a la guerra, algo que suele repetir el jugador del Atlético, pero que al menos respete la Convención de Ginebra porque ahora los árbitros lo ven todo. Y lo está haciendo. Salvo una pequeña tontería con Beiranvand, el portero iraní, no ha hecho ninguna de la suyas. Costa comienza a sentirse importante con España por primera vez. Como los goles lo cambian todo, hasta sus compañeros le ven ahora con menos suspicacia. A su juicio, la clave ha sido «el tiempo», el hecho de conocerse mejor entre ellos. Veremos en qué queda el efecto Diego Costa en este Mundial. Ahora bien, no se discute que es la mejor noticia que ha tenido la selección desde su llegada a Rusia.