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El alma de Valsaín

El río Eresma, a su paso por las Pesquerías Reales. /Antonio Tanarro
El río Eresma, a su paso por las Pesquerías Reales. / Antonio Tanarro

Numerosas rutas ofrecen la posibilidad de disfrutar de las entrañas de un monte privilegiado

ÁLVARO GÓMEZSegovia

lejarse del tráfico, el ruido, la contaminación lumínica y, en definitiva, de la artificialidad de la ciudad, es fácil en la provincia de Segovia, pues cuenta con una joya natural de riqueza incalculable, con una extensión superior a las 10.000 hectáreas. Los Montes de Valsaín, pertenecientes al Parque Nacional de la Sierra de Guadarrama, son el lugar perfecto para escaparse, disfrutar de parajes naturales y recorrer varias de las rutas diseñadas para que los usuarios optimicen al máximo su visita.

Espacio protegido desde el siglo XVI, cuando se prohibió la caza y la pesca, así como la tala de ciertas especies de árboles, hoy en día los Montes de Valsaín son un ejemplo de buena práctica en el aprovechamiento de recursos naturales y la conservación de la fauna vegetal y animal. Para apreciar su riqueza, no hay nada mejor que recorrer a pie la zona, por lo que miles de usuarios deciden perderse unas horas por el monte o utilizar alguna de las rutas diseñadas por las instituciones y los expertos que trabajan allí a diario.

Una de ellas, además de proponer siete kilómetros de camino rodeados de una amplia variedad de flora vegetal, cuenta también con un aspecto muy presente en el bosque pinariego: la leyenda. Tras partir del Centro de Montes y Aserradero de Valsaín, y enfilarse hacia el sendero de los Reales Sitios, el paseo se detiene en el Puente del Vado de los Tres Maderos. Un lugar tranquilo, donde el sonido del agua que cae del arroyo acompaña la marcha. Más tarde y, tras ascender ligeramente de manera progresiva, el escenario legendario de la Cueva del Monje invita a divagar sobre lo allí ocurrió. Son muchas las historias, pero una de ellas asegura que un vecino de la zona que planeaba suicidarse tras haber perdido a su pareja le vendió su alma al diablo a cambio de la felicidad. Después del encuentro, el vecino se arrepintió del cambio en su vida y se retiró a los pinares de Valsaín, con el propósito de hacer el bien para deshacer el trato con el diablo. A partir de aquí, la historia tiene varias versiones, llegando incluso a considerar una de ellas que el alma del hombre sigue vagando por los alrededores de la Cueva del Monje.

En la misma zona donde la leyenda ubica el intercambio, los amantes de la naturaleza encaminan esta ruta, que tras pasar por el paraje de la Cueva del Monje, retoma sus pasos para volver al punto de partida. Después de cruzar una zona asfaltada y descender por un aserradero, los caminantes pueden vislumbrar la llamada Fuente del Ratón.

Desde este lugar y siguiendo el aserradero se alcanza una conducción de agua y, continuando de frente, los andariegos se topan con el Centro Nacional de Educación Ambiental (Ceneam). Es recomendable visitar este lugar, pues posee elementos pedagógicos sobre el monte, como la biblioteca o las exposiciones temporales que suele alojar. Una vez visitado el Ceneam, la ruta concluye con el recorrido del tramo que llega a la Pradera de Navalhorno, lugar donde se encuentra el Centro Montes y Aserradero de Valsaín.

La Guerra Civil

Esta es tan solo una de las muchas posibilidades que ofrece la zona, en este caso más ligada a la leyenda, pero también con la posibilidad de ser testigo histórico. Los pinares de Valsaín fueron escenario de la confrontación bélica entre los republicanos y los nacionales durante la Guerra Civil española. Hoy, gracias a una de las rutas que propone el propio Ceneam, es posible visitar los restos que la contienda dejó en el monte.

El recorrido parte del citado centro ambiental en dirección a las laderas del Cerro del Puerco, llenas de pinos de la posguerra y de algunos robles anteriores, en un paraje conocido como La Pinochera. Ahí cruzaba la trinchera que comunicaba a los hombres de la posición 35, pertenecientes al bando nacional, con los que permanecían junto a la carretera. No era una trinchera continua, sino que se trataba de reductos aislados y defendibles por la vanguardia y la retaguardia.

El siguiente paso lleva al excursionista a un puesto de tirador, en el que se colocaban los fusileros, y avanzando por la ladera, llegaría hasta el puesto de mando, en la retaguardia de la trinchera. El enclave era privilegiado por su ubicación y porque muy cerca había una fuente. Además de trincheras, hay restos de algún parapeto. Piedras y sacos terreros eran los materiales que empleaban para construirlos.

La visita termina en el fortín, con su nido de ametralladora. Allí aún se puede ver el emblema de la Falange, el yugo y las flechas y un castillo en el centro, símbolo de los ingenieros del ejército, quienes diseñaron este escenario de guerra que hoy forma parte del patrimonio histórico y natural de un lugar para disfrutar.

 

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