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La magia del viñedo, de madre a hijos

Belén Sanz, Mailuz Cid e Iván Sanz, en Dehesa de los Canónigos. /Agapito Ojosnegros Lázaro
Belén Sanz, Mailuz Cid e Iván Sanz, en Dehesa de los Canónigos. / Agapito Ojosnegros Lázaro

Mari Luz Cid ha logrado transmitir a sus hijos Belén e Iván la pasión por el campo, la viña y el vino en la Bodega Dehesa de los Canónigos

Agapito Ojosnegros Lázaro
AGAPITO OJOSNEGROS LÁZARO

recer felices en un entorno; amarlo a través de la pasión que transmiten los padres, del cariño que reciben de la gente con la que comparten cada día, de los juegos trasteando en los majuelos o entre el cereal de la panera, o en las eras…, es una fórmula cargada de la suficiente magia para que unos niños, cuando dejan de serlo, quieran seguir aferrados a ese mundo. Como relata María Luz Cid, es el hechizo que se obró en sus hijos Belén e Iván Sanz Cid, quienes ahora están al frente de Dehesa de los Canónigos, una finca ubicada en la localidad de Pesquera de Duero, en la Ribera del Duero vallisoletana. Sus otros dos hijos se decantaron por la Medicina y la Farmacia, pero «también les encanta la Dehesa».

Como explica María Luz entre risas y bromas: «Belén hace el vino e Iván se encarga de venderlo». Belén fue la primera en decantarse por el mundo del vino estudiando Enología, mientras que Iván, el benjamín, cursó Ingeniería Agrónoma y ahora dirige Dehesa de los Canónigos, propiedad que adquirieron los abuelos de María Luz, que luego pasó a su padre y su tío, y, tras venderla estos, al mes la recompraron para convertirse en el proyecto de vida de María Luz y Luis, su esposo. «Yo tuve mucha culpa porque para mí no había otra cosa que la Dehesa: la Dehesa, Dehesa, Dehesa», repite y sonríe la matriarca. «El cariño que yo tengo a esto se lo he inculcado a ellos como mis padres me lo inculcaron a mí».

Aún mantiene muy vivas en la memoria «las meriendas en el majuelo con mis primos, donde, de niños, nos llevaban en un carricoche que teníamos, o cuando pisábamos la uva en el lagar». «Todo eso me encantaba y se lo he contado a mis hijos», a los que, también en las viñas, «preparaba un juego para entretenerles». Consistía en buscar entre las cepas de uva tinta –la mayoría–, aquellas de albillo y coger de ellas toda la uva blanca que pudiesen, con premio para el mejor vendimiador. Los típicos y divertidos lagarejos de vendimias entre ellos tampoco han faltado entre sus juegos.

«Es una satisfacción muy grande que les haya gustado lo que a mí me ha gustado, lo que a mis padres y abuelos les ha gustado», pero sobre todo, lo que a ella le hace estar especialmente orgullosa «es que mis hijos son, sobre todo, muy buenas personas. Eso es lo fundamental, porque en esta vida es lo que vale».

 

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