El cine español funde a negro

Escena de 'Tarde para la ira'./
Escena de 'Tarde para la ira'.

El género del ‘thriller’ vive una época dorada en nuestro país, como demuestran las películas aspirantes este año a los Goya

OSKAR BELATEGUI

Tres de las cinco películas candidatas al Goya encajan en la definición canónica de thriller. Tarde para la ira, Que dios nos perdone y El hombre de las mil caras son la última muestra de la pujanza de un género que parece vivir una época dorada en nuestro país. Habría que remontarse a la Barcelona de los años 50 y 60 para encontrar tantas cintas policíacas o de intriga: Apartado de Correos 1001, A tiro limpio, Distrito Quinto... Y eso que hubo un tiempo en que no nos creíamos a un madero en una película española. Los personajes parecían caricaturas de sus homólogos estadounidenses y las tramas resultaban mecánicas.

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Menos mal que siempre ha habido cineastas que han cultivado el thriller siendo respetuosos a la tradición de Hollywood, pero a la vez situándolo en un aquí y un ahora que es su razón de ser. Porque el género negro es el instrumento perfecto para denunciar la corrupción y el resto de miserias de una sociedad, como bien sabía José Luis Garci en la saga de El Crack o Enrique Urbizu, que a finales de los 80 inaugura con Todo por la pasta una filmografía que tiene en el thriller su columna vertebral.

No habrá paz para los malvados resulta modélica en ese sentido, una intriga seca y dolorosa protagonizada por un héroe de western (ahí es nada llamarse Santos Trinidad) que se mueve por un Madrid real y apocalíptico al mismo tiempo donde resuenan los ecos del 11-M. Esa ciudad que muestra Urbizu tan poco explorada en el cine español tabernas, locutorios, polígonos industriales de extrarradio, estaciones, centros comerciales es prima hermana de la que Raúl Arévalo enseña en Tarde para la ira, presumiblemente la gran triunfadora en esta edición de los Goya.

La ópera prima del Arévalo ya conquistó a la crítica en Venecia por el pulso firme con el que su director novel conduce una durísima historia de venganza que arranca con el fallido atraco a una joyería y prosigue ocho años después cuando uno de los atracadores sale de la cárcel. Oriundo de Móstoles y crecido en el bar de sus padres en Chamberí, Arévalo conoce a la perfección los ambientes de barrio que retrata tascas de serrín en el suelo, gimnasios peligrosos, primeras comuniones a ritmo de rumba y logra interpretaciones pasmosas de sus actores, comenzando por Antonio de la Torre y Luis Callejo.

Al igual que Tarde para la ira, Que dios nos perdone no ha obtenido en la taquilla el reconocimiento que merece. Si Raúl Arévalo toma como referencias el cine quinqui y el mejor Saura, Rodrigo Sorogoyen firma un thriller cañí inspirado inequívocamente en las atmósferas malsanas de Seven. Su película no cuenta nada que no hayamos visto en otras historias de policías antitéticos en pos de un psicópata. Pero lo hace tan bien y en un paisaje tan reconocible que no queda sino quitarse el sombrero ante el desparpajo y el oficio del realizador, que ambienta su historia en el tórrido verano madrileño de 2011, cuando el 15-M aún coleaba en la Puerta del Sol y la ciudad se llenó de un millón y medio de jóvenes peregrinos llegados de todo el mundo para ver al Papa.

El hombre de las mil caras confirma por su parte el talento de Alberto Rodríguez para el cine de intriga. Después de la atmosférica La isla mínima, reverso en clave tenebrosa de la Transición, el sevillano vuelve a repasar la historia reciente de España deteniéndose en los años más negros del felipismo. Los chanchullos de Francisco Paesa son inabarcables en un solo largometraje, así que Rodríguez se detiene en su relación con Luis Roldán. Su descripción de las las cloacas morales de un país proyecta su sombra hasta el presente. Pese al aura de fascinación que rodea a su héroe, no estamos ante un Oceans Eleven de tramposos. No hay glamour en estos servidores públicos que anticipan a los Bárcenas actuales, mostrados a un ritmo frenético en una cinta que quizá debería haber sacrificado algo de información.

Cien años de perdón, nominada a mejor guion (Jorge Gerricaechebarría) y actor revelación (Rodrigo de la Serna), viene firmada por otro director que ha mamado del mejor thriller urbano, Daniel Calparsoro. Arranca como tantas películas de atracos: con la irrupción en el banco de una banda armada que obliga a los clientes a tirarse al suelo. Sin embargo, el inteligente libreto ya nos ha dado pistas de que estamos ante algo que trasciende de la mera intriga criminal. Los trabajadores de la entidad andan a la greña. La amenaza de un ERE se cierne sobre ellos y la ambiciosa directora de la sucursal acaba de descubrir que tiene un pie en la calle.

Poco a poco iremos descubriendo que el dinero del banco no es tan importante como los secretos que alberga una de las cajas de seguridad perteneciente a un político en la picota. Cien años de perdón muta de peli de atracos a thriller político empujada con brío por Calparsoro, que acierta a administrar tensión y humor. Comparte con la estupenda El desconocido (donde Luis Tosar era un director de banco víctima de la venganza deun preferentista) la habilidad de unir entretenimiento y denuncia social. Como en los buenos thrillers, el espectador quiere que el golpe salga bien.

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