Los cien minutos de felicidad de Mahler

Eliahu Inbal, al frente de la OSCyL y los coros. / Gabriel Villamil

Inbal dirige su 'Tercera sinfonía' con la OSCyL, los Coros de Castilla y León, la Escolanía Harmonia Pueri y la mezzosoprano Maite Beaumont

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

La más larga del sinfonismo, la que sumó más formas musicales, más instrumentos, más ingenios sonoros, la 'Tercera' de Mahler fue la más feliz del catálogo del compositor bohemio. Hoy y mañana la dirige un especialista mahleriano, Eliahu Inbal, que se pone al frente de la Orquesta Sinfónica de Castilla y León, junto a los coros Valle de Aguas, Coro Piccolo y la escolanía Harmonia Pueri, todos preparados por Jordi Casas. La mezzosoprano que cantará los versos de Nietzsche será Maite Beaumont. En total casi 200 personas en el escenario, 101 instrumentistas, coralistas y directores.

Todos ellos se pondrán al servicio de una partitura que se extiende durante casi cien minutos, dividida en dos partes; una primera de unos 30 minutos, un movimiento, y una segunda que abarca otros seis. Las voces entran en el cuarto y quinto movimiento.

Entre esos cantantes hay 24 niños, de entre 7 y 16 años, que llevan tiempo aprendiendo una de las canciones alemanas del ciclo 'El cuerno mágico de la juventud'. Forman parte de la escolanía Harmonia Pueri, que dirige Valentín Benavides. Dice su maestro que lo llevan al dedillo, que lo tienen muy controlado y que «aunque solo sean cuatro minutos, tienen una gran responsabilidad porque deben coger el tono solos, inician el quinto movimiento y pasan de un Re mayor a un Fa mayor, imitando a las campanas, sin introducción orquestal». Pareja a la dificultad musical, surge la de la compostura. ¿Cómo mantener a los chavales hora y media atentos? «Creo que la gran motivación de este concierto es cantar a las órdenes de alguien como Inbal, junto a una orquesta profesional con tantos recursos alrededor. No muchos niños podrán decir cuando sean mayores que han cantado la 'Tercera' de Mahler», dice este mahleriano incondicional.

Cualquier creador pasa la vida buscando su voz y hay algunos que disfrutan de la intuición de haberlo logrado. En el caso de Mahler ese punto de inflexión lo halla con esta obra subtitulada 'Sueño de una mañana de verano'. Y esa mañana casi infinita transcurre en los Alpes austriacos, en Steinbach, en el estío de 1895, cuando el director de la Ópera de Hamburgo tenía 36 años.

El silencio anhelado, en una cabaña junto al lago Attersee, le habla y se traslada al papel pautado en los evocadores títulos de cada movimiento: 'El despertar del dios Pan', 'El verano hace su entrada', 'Lo que me dicen las flores del prado', 'Lo que me dicen los animales del bosque', 'Lo que me dicen los ángeles', 'Lo que me dice el amor'. Mahler vive un momento dulce, se aproxima a los podios ambicionados, sigue componiendo más allá del verano, y la gran sinfonía va sumando melodías populares, ideas de poema sinfónicos, autocitas, instrumentos –hay un trompa de postas fuera del escenario, campanas–, posibilidades vocales –un coro femenino, uno de niños, una mezzo–, todo es válido para cantar la felicidad de un Mahler que vivió atenazado por la muerte, pero que en ese momento acariciaba la fortuna. Sentía, como dice Nietzsche en el poema que canta Beaumont, que «¡el gozo es más profundo que las penas del corazón!»

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