Jiménez Lozano: «España siempre está en obras y para construir un paraíso imaginario»

José Jiménez Lozano, en su jardín. /Henar Sastre
José Jiménez Lozano, en su jardín. / Henar Sastre

El Premio Cervantes publica 'La querencia de los búhos', su duodécimo libro de cuentos

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

No hay día sin escritura en la vida de José Jiménez Lozano. Acaba de publicar 'La querencia de los búhos' (Encuentro), una colección de 28 relatos, que han reposado en su ordenador, algunos habían emergido en revistas de sus amigos, y ahora conforman el duodécimo libro de cuentos del Premio Cervantes. El escritor abulense alterna relatos, ensayos, diarios, y en cola de espera están otros libros. Como quien «echa una parleta» con sus conocidos, así se suceden fábulas sobre ocurrencias políticas y burocráticas, sobre dilemas morales, sobre hombres de otro tiempo y pueblos de este, constatación de que «el mundo está en perpetuo cambio y nunca podremos decir que algo está o se va para siempre».

–La vida a pie de calle, con vecinos conocidos ¿ya no tiene quién la cuente, aunque sí quién la viva?

–En el mundo de hoy todo está muy ordenadito y es reflejo del alto grado de convicciones y logros sociales y políticos adquiridos. Y lo que llamábamos entonces vivir ya no cuenta, ni tiene ya sentido como ocurre con todo lo demás. Esta es la doctrina. Por eso, los camaradas, por ejemplo, fueron puestos en jaque no con la documentación sobre los campos de muerte, sino con la publicación de 'La Casa de Matrovna', de Solzhenitsyn. Se trataba de la historia de una vieja pobre con un gato cojo y una cabra en una vieja casa, que vive feliz. Se sintió como un insulto a todo el sistema, porque se comprendía que, para vivir, la vieja no lo necesitaba. En Occidente, entonces, se diseñó otro tipo de literatura ordenadita de final de la Historia, y ahí sigue, constituyendo un sistema también literario de producción y consumo infinitos. Ya son pocos los que esperan ser felices con una narración, pero en mayor número en el Este que en el Occidente europeo según me aseguró un profesor del Este, cuando publiqué 'Los grandes relatos'.

–Mantiene su elegante perplejidad ante el absurdo vestido de lógica (el fuego que no se puede apagar sin la autoridad, la orden municipal sobre los hombres anuncio,...) ¿solo cabe la ironía?

–Desgraciadamente, la ironía no se entiende en absoluto, si uno piensa con la lógica impuesta y aceptada. Pero desde la literatura no queda sino confiar en que todavía haya gente que piense por su cuenta, y se ría de sí misma y de la sociedad entera. Y la hay, desde luego.

–¿El cuento 'La estética' es un dardo en la diana de la sociedad del espectáculo?

–La nuestra es, sin duda, una sociedad del espectáculo, pero un poco cansina y repetitiva y que sigue a cualquier flautista de Hamelin u otros parecidos. Y así para siempre.

–¿Le interesa algo la pelea política? ¿les llevaría al Escorial?

–Seguramente lo dice usted por el cuento 'Curación por el espíritu' (los personajes son invitados a constatar ante las tumbas del palacio el fin de todo ser vivo), pero lo que resulta sorprendente es que parece que España siempre se está en obras y para construir un paraíso imaginario, un continuo milenarismo. La fidelidad a sentires y pensares de siglos con logros racionales y consolidados no parece ser lo nuestro, sino el deporte de lo imaginario, y en un lenguaje de palo y supertécnico. Parece que no nos cansamos de estos ejercicios. Y parece que España no nos importa mucho.

–Preocupación estacional es la despoblación. ¿Tiene remedio?

–Si a las gentes del campo se las paga bien su trabajo y no se las ahoga con burocracia e impuestos, o extraños dislates culturales, y no se desafía su inteligencia o su mismo 'yo' con otras ocurrencias que se llaman europeas, esas gentes decidirán por sí mismas dónde quieren vivir y cómo. Ya se las ha robado hasta el lenguaje y un grosor cultural de siglos para cambiarlo por las canicas de las supersticiones de moda.

–Hubo libros que se salvaron entre arenques y se leyeron con ese aroma. Ahora terminan en tiendas de segunda mano, sin desprecintar, apilados como arenques ¿la lectura pasa a ser arqueología?

–Sí. Pero la civilización se asienta sobre los libros y sobre la conversación, y si no hay civilización terminaremos inexorablemente bajo el látigo de un esclavismo. Nunca ha fallado. Robert d'Anjou ordenó guardar en su reino los viejos libros, en un armario, para si un día ya no se supiese lo que es la libertad, y nadie se atreviese a hablar lo hicieran ellos. Si no pudieran hacerlo, iríamos rodando a una situación de la que ya no se vuelve.

–De los templos quedan arcos con los que no pudo el tiempo, ¿de los creyentes que los habitaron, las exposiciones de Las Edades del Hombre?

–En España ha sido rápida y extensa la liquidación, no digo de la fe –porque esto no puede saberse – pero sí de la cultura cristiana. Y no hay otra. El racionalismo sabe de sobra que sólo puede vivir en una cultura cristiana y el artista también. Oriana Fallaci lo repitió mucho y «los hombres oscuros» de los que hablaba Erasmo no dejaron que volviera a Italia sino muerta. Ésta es una sociedad liberal y deslumbrante, en cuanto digas lo que debes decir, y compres lo que debes comprar.