La osadía de retratar un alma

Antonio Moreno, en el patio de Santa Cruz. ./
Antonio Moreno, en el patio de Santa Cruz. .

Antonio Moreno habló de los últimos días de Machado, experiencia que recoge en su poemario ‘Esas rachas de marzo’, en el Aula de Cultura de El Norte celebrada en Santa Cruz

VICTORIA M. NIÑO

. El Aula Triste de Santa Cruz acogió ayer el triste y simbólico final de Antonio Machado, según las palabras de Antonio Moreno Herrera. El autor de Esas rachas de marzo volvió a protagonizar una sesión del Aula de Cultura de El Norte, patrocinada por CaixaBank, con el apoyo de la Junta de Castilla y León y el Ayuntamiento de Valladolid.

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Cántabro de nacimiento, Antonio Moreno ha ido recorriendo España por mor de su dedicación a la docencia, como le pasó a su admirado Antonio Machado. Moreno enseñando literatura, el sevillano, francés. Recaló en Ávila y en otros destinos antes de llegar a Valencia. Allí es donde se interesó por el paso del poeta sevillano, cuando, una vez comenzada la guerra, sus amigos Alberti y León Felipe le urgieron a dejar Madrid. «La primer vez fue un no rotundo, porque él quería estar donde se defendía la República, donde se luchaba por la libertad. A la segunda vez que se lo pidieron, acabó diciendo sí pero con la condición de llevarse a su familia», contó Moreno Herrera a través de unas imágenes ilustrativas de la historia española de 1936. En la foto de familia, esa que le acompañó aparece Antonio con su hermano José, el que escribió la biografía Ultimas soledades de Antonio Machado, su mujer, sus tres hijas y Ana Ruiz, la madre de la estirpe. Valencia era el destino, pero apenas estuvieron una semana. «Poca gente sabe la importancia de Rocafort», la última de las ciudades machadianas incorporada a esa lista geográfica sentimental en 2015 gracias al empeño del escritor que protagonizó la conferencia de ayer.

Antonio Moreno mostró su interés por ese momento de la vida de Machado por «su carácter simbólico, de un ideal que no cuajó, de una ideología que aún continúa», que representa Villa Amparo, el chalet de Rocafort en el que vivió durante año y medio. Literariamente «es un momento muy prolífico. Escribió sus libros de prosa (Juan de Mairena, La guerra), unos quince poemas y muchos artículos. En ese momento publica asiduamente en La Vanguardia, La Hora de España, Solidaridad obrera o El mono azul, citó Moreno Herrera.

Villa Amparo era frecuentada por amigos de Machado como Azaña, que vivía cerca, Negrín, Octavio Paz, Max Aub, Tristan Tzara o María Zambrano, cuyo padre era amigo íntimo. A pesar de sentirse arropado, «es un momento durísimo. Hay que tener en cuenta que en 1936 se le muere su amigo Valle-Inclán, Villaespesa o su querido Unamuno». También le pesa la opción nacional que elige Manuel Machado, «su adorado hermano, su complemento. El 16 de julio marchó a Burgos con su mujer porque tenía una cuñada monja. Cuando le preguntaban los periodistas a Antonio por Manuel, siempre le defendía, decía que le obligó un compromiso familiar». En esta integridad del poeta prende su admiración este profesor que quiso «reflejar en un poemario cómo debió sentirse Machado entonces». Hace seis años ganó el Premio FundaciónMachado de Colliure por su primer intento. «Pero me pareció que estaba más presente mi yo lírico, mis sentimientos sobre Machado que el poeta. Por eso lo revisé».

Yla editorial vallisoletana Páramo ha publicado la tercera edición bajo el título Esas rachas de marzo que ya le ha satisfecho a su autor. «Lo primero destacar el prólogo de Carlos Aganzo, que me hizo hace seis años y no ha perdido vigencia. El libro tiene la estructura de las estaciones y en cada una hay un verso de Machado sobre esa época del año», explicó el autor. «No sé si lo he conseguido pero esta versión me ha contentado.Quería reflejar el sentir de Machado en ese peregrinar, en esa huida, que representa la de esa otra España». Reconoce que hubiera sido más fácil «hacer un texto de investigación, atenerse a los datos, constatarlos en diferentes fuentes y sacar unas conclusiones. Mi osadía ha sido intentar meterme en el alma de Machado, captar su sentir. He tenido que reencarnarme en él con los pocos datos que da, pero a la vez sí dejan traslucir estados de ánimo. Esa es mi osadía».

Antonio Moreno sigue empeñado en difundir y ampliar el radio de los estudios machadianos. Por eso tras Rocafort, donde levantaron una escultura del poeta a partir de un dibujo de Ramón Gaya, «se está luchando por incluir París en la ruta de ciudades machadianas».

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