Arte por partida doble

Los otros 'fusilamientos' del Prado

Armando Arroyo copia un óleo de Van Dyck en una de las salas de pintura barroca del Prado. /Elvira Megías
Armando Arroyo copia un óleo de Van Dyck en una de las salas de pintura barroca del Prado. / Elvira Megías

Picasso, Fortuny, Renoir... fueron copistas en el gran museo español. Sus sucesores de hoy cuentan cómo sienten la magia de pintar observados por los más grandes

José Antonio Guerrero
JOSÉ ANTONIO GUERREROMadrid

A Bernardo Pajares, responsable de la oficina de copias del Prado, le dieron el susto de su vida hace dos años cuando recibió una llamada de la seguridad del museo alertándole de que había un hombre paseándose por la pinacoteca con ¡un Rubens bajo el brazo! ¿!Cómo!? A este filólogo de 36 años, los doce últimos en El Prado, le faltó tiempo para volar por los pasillos y plantarse con el corazón desbocado ante aquel tipo que los vigilantes habían retenido de inmediato ante la duda de si estaba llevándose el retrato ecuestre del duque de Lerma que Pedro Pablo Rubens pintó en 1603. «Pero Ángel, no nos des esos sustos, hombre… ¡cómo se te ocurre hacer esto si ya conoces las reglas!». El monumental despiste de Ángel había disparado las alarmas, requiriendo la inmediata presencia de Bernardo para verificar que aquel señor mayor, burgalés para más señas, y de aire ciertamente despreocupado no era un Erik el Belga cualquiera, sino uno de los suyos, un copista, uno de los pintores que acuden al Prado a reproducir alguna de las obras de arte que cuelgan de sus paredes, no sin antes poco menos que jurar por su honor cumplir a rajatabla las normas que regulan el desempeño de esta labor. Y entre ellas figura subrayada en rojo la prohibición expresa de mover la copia o sacarla de la sala sin previo aviso al responsable del área, y la obligatoriedad de documentarla con una fotografía una vez concluida.

Armando Arroyo trabaja en 'Cabeza de anciano', de Van Dyck.
Armando Arroyo trabaja en 'Cabeza de anciano', de Van Dyck. / Elvira Megías

Bernardo recuerda ahora la anécdota con humor pero en aquel momento de tensión le rondó por la cabeza una réplica de los fusilamientos de Goya. «Era un copista de los de toda la vida que había decidido sacar la copia de la sala porque un médico le había llamado para decirle que le compraba la obra, y estaba tan entusiasmado que, como ya la había acabado, se la estaba llevando tranquilamente a su consulta sin habernos avisado ni nada. Fue un susto tremendo; imagina lo que pensaría la gente al verle por los pasillos».

Lo que pudo haber acabado con el gran duque de Lerma por los suelos y los GEO tomando El Prado se resolvió en cuanto Bernardo identificó al copista, comprobó que su nombre figuraba en el libro de registros y examinó la parte de atrás del lienzo, donde siempre debe figurar una etiqueta con los datos y el sello oficial del museo.

Copistas en la galería principal del Prado hacia 1902. Museo del Prado
Copistas en la galería principal del Prado hacia 1902. Museo del Prado

De jóvenes promesas a maestros

Ser copista del Prado es «un privilegio, un lujo, un regalo impagable…». Los calificativos se quedan cortos para definirlo. Lo corroboran los copistas de hoy, hombres y mujeres enamorados del arte, faltaría más, que recogen el testigo de los grandes maestros que aprendieron reproduciendo 'in situ' los tesoros de la mejor pinacoteca de España y una de las más admiradas del mundo. En sus 200 años de historia, han paseado por allí sus pinceles los más grandes, entre ellos Pablo Ruiz Picasso, que ya figura como copista en el libro de registros de 1897 en el que firmaba con un tímido 'Pablo Ruiz'. Tenía solo 16 años y ya se codeaba con los Tiziano, Rembrandt, Bosco y demás ilustres nombres del Prado, que él mismo dirigiría durante la Guerra Civil (1936-1939).

Arriba, Marina Torres Medina, que firma sus cuadros como Marina Cotarelo, copia al natural un óleo de Rubens. Debajo, el apunte de Picasso (firmó como Pablo Ruiz, el número 677)en el Libro de Registros de Copistas del Prado de 1897. En pequeño, la etiqueta que toda copia debe llevar siempre pegada en la parte de atrás del lienzo con todos los datos. / Elvira Megías y Museo del Prado

Fortuny, Rosales, Federico y Ricardo Madrazo, Vicente Palmaroli, Antonio Gisbert, Francisco Pradilla (estos tres últimos fueron más tarde directores del museo), Sonia Delaunay, Renoir, Degas, Millet, Toulouse-Lautrec, Monet, Courbet, John Singer Sargent, William Merritt Chase… también fueron copiantes en el museo en algún momento de sus brillantes carreras. Jóvenes promesas que 'plagiaban' a Velázquez ('Las meninas', 'Las hilanderas', 'Los borrachos'…), a Goya ('La vendimia'…), a Murillo ('Los niños de la concha'…), a Ribera, a El Greco… De hecho hay copias de alguno de ellos colgadas en El Prado.

No aspiran a tanto, aunque claro que les gustaría, Armando Arroyo y Marina Torres Medina, el más veterano de los actuales copistas (50 años pintando en el museo) y la más nueva (se acaba de estrenar hace apenas dos semanas).

Armando ya es como de la familia del Prado. Autodidacta desde que empezó a dibujar de niño con acuarelas, este pintor profesional octogenario lleva como copista desde la década de los 60 del siglo pasado. Parece un personaje más de los que visten las paredes de la pinacoteca. Cuando extiende su brazo sobre el lienzo lo hace con una mueca de decisión subrayada por una poderosa mirada que no es que recuerde vagamente a Goya sino que se revela como una asombrosa copia de don Francisco. «Sí, sí, eso me dicen», se esponja el hombre acariciándose unas patillas que bien merecerían un Goya de lo cinematográficas que resultan y que le dan un aire bohemio de lo más chic.

Armando, que tiene un aire al maestro Goya, en plena acción.
Armando, que tiene un aire al maestro Goya, en plena acción. / Elvira Megías

Armando, que nació en Perú aunque no lo confirma («soy del planeta Tierra», cosas de artistas), da los últimos retoques al rostro barbado y cano de 'Cabeza de anciano', un pequeño óleo de ese genio de la pintura flamenca del XVII llamado Antonio van Dyck. Se trata de un boceto para un cuadro mayor, una pintura que sirvió al de Amberes para estudiar gestos y posturas y que, por alguna razón, ha cautivado a Armando, que viene dedicando a 'calcar' el original entre seis y ocho horas al día durante las últimas tres semanas. Ahora que está prácticamente terminado, uno no sabría distinguir la copia del verdadero. ¿Su precio? «Es complicado ponérselo. Depende de la economía del cliente. 500, 1.200, 4.000 euros... no sé».

«Hay energía en estas paredes»

Aunque dispone de su propio estudio en Madrid, las salas del Prado son la 'oficina' de Armando, un fascinante lugar de trabajo al que acude casi a diario con sus telas, su hule para no manchar el suelo y su maletín de pinturas (el caballete lo presta el museo). Allí plantado respira una atmósfera especial y siente la emoción y el estímulo de pintar bajo el influjo de colegas tan insignes. «Es mágico pintar arropado por los grandes maestros y sentir esa energía que se desprende de las paredes. Es como estar rodeado de sus espíritus. Todo se difumina y solo estamos el cuadro y yo. Me suele ocurrir que cuando miro a la gente que está en la sala les veo como pinturas que salen de un cuadro, es fascinante y extraño al mismo tiempo», lo describe.

La mano de Armando, la copia y el original que está recreando, 'Cabeza de anciano', una tabla del siglo XVII.
La mano de Armando, la copia y el original que está recreando, 'Cabeza de anciano', una tabla del siglo XVII. / E. Megías

El Van Dyck que copia Armando reposa discretamente en la esquina de una de las salas de pintura barroca del Prado, donde también cuelgan babilónicos Rubens que empequeñecen al resto. No es, sin embargo, de las más concurridas (no tanto como las de 'Las meninas' o 'El jardín de las delicias', donde no se permite copiar para no interrumpir el intenso tráfico de público), pero posee su afluencia. A nuestro 'Goya' del planeta Tierra no parece incomodarle nada que se le acerquen a curiosear. Más bien, disfruta con ese interés que muestran los visitantes por lo que hace. «Me agrada rodearme de gente, y si me preguntan yo respondo. Ni me molestan ni me despisto, sigo pintando sin problema y no me distraigo. La gente no suele interrumpir. Te respeta. Será por la calva y las canas, jajaja. A veces me hacen gracia los niños y los no tan niños que me preguntan si estoy pintando. Pues claro, hombre, ¿no lo ves?, jajajaja».

«No me importa nada que los visitantes me pregunten. Yo contesto y puedo seguir pintando sin distraerme» armando arroyo

Armando es un copista que huye de la palabra copiar; él prefiere definirlo a su manera, desplegando su mística particular. Tiene arte hasta para eso. «La copia es fría. Yo estoy recreando, estoy experimentando lo que experimentaba el pintor. Para mí –reflexiona apuntando con el pincel a la obra original– es como si este señor estuviera posando para mí. No estoy pintando un cuadro. Estoy pintando vida, y estar aquí con ese cuadro delante lo que me transmite es vida y eso es misterioso, no sé bien cómo explicarlo pero es así. El cuadro me envía fuerza, energía, y eso lo revierto en la tela. Mi intención es que no sea una copia sino que sea un cuadro vivo, que el espíritu, en este caso de Van Dyck, me guíe».

Un sueño cumplido

Ese misterioso efecto de sentir la magia de pintar en El Prado es también compartido por Marina, la otra protagonista de este reportaje y la última en aterrizar en el museo. Es la primera vez que esta albaceteña licenciada en Bellas Artes, de 62 años y recién jubilada como profesora de Dibujo en un instituto de Alicante, realiza una copia al natural de un cuadro del Prado, concretamente de 'Danzas de personajes mitológicos y aldeanos', de Rubens. No ha podido irle mejor. En realidad está cumpliendo un sueño al tiempo que rinde su particular homenaje al hombre que más la quiso, el que le enseñó el equilibrio de los colores, el dominio del claroscuro... y le contagió el amor por el arte. Su padre. Marina guarda como oro en paño una vieja fotografía en blanco y negro de él, el pintor Pedro Torres Cotarelo (que falleció en 2004) y de ella, entonces una niña de tres años, sentada en sus rodillas y con un pincelito en la mano. Y al fondo de la foto se aprecia un cuadro, el mismo que ahora está copiando, y que, curiosamente, un cliente le había encargado reproducir a su padre. Una conexión perfecta, como el ojo de la liebre de Durero.

Marina utiliza la técnica de la grisalla para copiar las 'Danzas de personajes mitológicos y aldeanos', de Rubens.
Marina utiliza la técnica de la grisalla para copiar las 'Danzas de personajes mitológicos y aldeanos', de Rubens. / E. M.

Marina no tiene ninguna prisa en terminar su Rubens. Ha plantado el caballete en la sala hace un par de semanas y no lo piensa desmontar hasta que sienta que su padre le da su aprobación. Ella calcula que aún le queda por delante mes y medio de trabajo, pero tiene el pálpito de que el duende del Prado la ha atrapado, y que no será fácil volver a pintar en su estudio de Alicante, donde se ha especializado en retratos de estilo cubista.

Cuando aún daba clases, solía visitar con frecuencia el museo y siempre que pasaba por la sala en la que ahora se encuentra (con un rosario de obras de Rubens en sus paredes) se quedaba parada un rato delante de 'Las danzas'. «Me decía que algún día querría pintarlo». Con el vacío de la jubilación y el golpe de la muerte de su madre hace unos meses, halló su 'ikigai' en el óleo al que ahora ha entregado su vida. Reunió toda la documentación que El Prado exige para ser copista (una carta de recomendación y el currículo con un dosier con cinco trabajos), la presentó y esperó la respuesta, que fue rápida y afirmativa. Y para ella, también muy liberadora. «He vivido momentos duros y pintar me ha ayudado. Aquí me siento arropada. A veces estoy pintando y siento a mi padre que me dice 'por ahí no, por ahí no'».

Una copista en el museo en 1977.
Una copista en el museo en 1977. / Museo del Prado

En estos días Marina ha comprobado que al público le puede llamar mucho más la atención la figura de una copista que todas las obras de arte que le rodean. «Quieren hablar contigo, pero yo no sé inglés, ni chino. Ayer mismo una turista china me empezó a teclear en el móvil y me lo daba para que viera la traducción y yo le contestara. Me preguntaba que por qué pintaba ese cuadro y por la técnica a blanco y negro que estaba empleando (la grisalla). Hay días que es una locura y otros días que es mucho más tranquilo», explica.

Alguna vez se ha llevado sobresaltos, como al descubrir la cabeza de un turista metida hasta el fondo del cuadro. «Estaba tan concentrada que cuando me di cuenta su cara estaba casi pegando con la mía, jajajaja. 'Señorita, muy bien, muy bien', me decía. La gente es muy amable».

«El otro día una joven de China me hacía preguntas que yo no entendía. Así que cogió el móvil y le dio al traductor. Quería saber qué técnica era esa que empleaba a blanco y negro» Marina Cotarelo

No siempre los copistas se muestran tan abiertos a interactuar con los visitantes. Hay algunos que deliberadamente se aíslan con auriculares, con los que pretenden marcar distancias. No es su caso, y eso que se declara una pintora «solitaria». «Me gusta la soledad y pensaba que no iba a poder pintar con gente alrededor, que iba a estar nerviosa, pero aquí estoy relajada y tranquila. Ha sido llegar y encontrar la paz… algo me transmite esta sala. Además, he descubierto que me encanta cambiar impresiones con la gente. Incluso me ha pasado estar fuera descansando y que alguien se me haya acercado saludándome 'Ah… tú eres la pintora' y se te sientan al lado y se te ponen a hablar de arte, de Rubens… una conversación muy interesante».

Armando y Marina, el primero y la última de los actuales copistas de la gran pinacoteca española, se despiden con dos besos y con una idea lapidaria que les ronda la cabeza: a ambos les gustaría morir pintando en El Prado, cerrar los ojos, sentir el pincel deslizándose a cámara lenta entre los dedos y catapum. Adiós.

– ¿Y pintando qué, Armando?

– Velázquez. Pero como 'Las meninas' no se puede, pues 'Los borrachos' o el 'Bufón con libros'.

– ¿Y tú, Marina?

– 'El descendimiento', de Van der Weyden. Es prodigiosa... y tampoco se puede copiar.

Para ser copista...

Carta de recomendación.
Además del formulario de solicitud, hay que presentar un dosier con cinco trabajos y la carta de un profesor universitario que avale la capacidad técnica y la trayectoria del aspirantes.
30% de extranjeros.
En 2018 El Prado recibió a 28 copistas y en lo que va de 2019 hay autorizados 24. El 30% son extranjeros.
'Las meninas' no se copian.
Desde hace ya algunos lustros hay una serie de cuadros que no se pueden copiar al estar en salas muy concurridas. Es el caso de 'Las meninas', de Velázquez; 'El jardín de las delicias', del Bosco; 'El descendimiento', de Van der Weyden; 'Las majas', de Goya; 'Judit en el banquete de Holofernes', de Rembrandt, y algunas obras de Sorolla.
Treinta
euros cuesta el permiso anual para copiar y 100 euros cada reproducción. Los estudiantes tienen descuentos. El tamaño nunca puede ser como el de la obra original y su medida máxima es de 130 cm por lado.
«Los he visto emocionarse»

Como responsable de la Oficina de Copias desde 2016, Bernardo Pajares ha tratado con decenas de copistas. Los conoce bien y ya detecta el que viene simplemente a copiar mecánicamente y quien se deja imbuir por la magia de tener a un gran maestro enfrente y poder copiar directamente del original, pero imprimiendo su propio estilo. Él se encarga de recoger y estudiar la documentación, y el visto bueno final lo otorga la coordinadora de Conservación del museo. Todos los aspirantes han de pasar unos filtros de calidad y seguridad. En El Prado no puede copiar cualquiera. «Hay que saber bien quién es la persona que viene porque va a tener acceso a las salas durante muchas horas, desde la apertura al cierre del museo», asevera Bernardo, que no se cansa de explicar a los copistas (él prefiere llamarlos copiantes, como se conocían antes) las normas de la Casa. A su juicio, el perfil de los copiantes está cambiando. Se está pasando del pintor que calca para vender y ganarse la vida (a veces por encargo) al que viene dentro de un proceso de aprendizaje y estudio, «que ha sido de siempre la finalidad de la copia».

El nuevo perfil es de jóvenes de 30 o 40 años y con la inquietud de formarse en la pintura al óleo. Hay veces que muestran interés por un artista determinado y quieren 'medirse' con él, probar su técnica, soltar la pincelada, mejorar sus trazos… y contagiarse del ambiente especial del Prado. De eso sabe mucho Bernardo, que no deja de recorrer las salas, atento a que no se produzcan situaciones de riesgo (una salpicadura puede arruinar una obra de arte). En esas idas y venidas, ha escuchado a visitantes animar a los copistas o desanimarles («pues no te está quedando muy bien ese cuadro» o «lo estás copiando para dar el cambiazo». Y los ha visto reconcentrados en sus lienzos, abstraídos del mundo, y en muchos casos emocionados hasta las lágrimas. «Esa parte de mi trabajo me parece maravillosa».