Alberto Veiga: «La arquitectura es un arte siempre social»

Alberto Veiga, en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Valladolid. /Henar Sastre
Alberto Veiga, en la Escuela de Arquitectura de la Universidad de Valladolid. / Henar Sastre

El proclamado 'Arquitecto del Año' junto a su socio Fabrizio Barozzi inauguró el curso en la Escuela de Valladolid

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑO

Su estudio está en Barcelona, pero el gallego Alberto Veiga y el italiano Fabrizio Barozzi siempre pensaron en Europa. Lo mismo construyen la sede de la D.O. Ribera de Duero en Roa (Burgos) que la Filarmónica de Szczecin (Polonia) o el Museo de Bellas Artes de Coria (Suiza). La falta de raíces en la ciudad condal y de contactos en el sector les abocó a concursar desde el principio y ese sigue siendo, tras 15 años, su entrenamiento habitual. Veiga, que junto con su socio luce desde julio el premio AD a los 'Arquitectos del Año', inauguró este viernes el curso en la Escuela de Arquitectura de la UVA. 'Monumentalidad sentimental' era el título de su conferencia y el resumen de la filosofía de su trabajo.

«Sentimental alude a que todo lo que hacemos necesita una conexión más allá de lo racional. Intentamos relacionar el sitio y sus necesidades pero hay que ir más allá, hay una conexión emocional por eso necesitamos entender el contexto y responder de manera adecuada a cada uno. La monumentalidad tiene que ver con nuestra obsesión con que la arquitectura es una línea, un continuo entre el pasado, el presente y el futuro del lugar. Por eso debe tener un significado por sí misma, el concepto de monumento es ese, dignifica el emplazamiento. Son dos palabras que juntas quieren provocar», explica Veiga.

Han ido atesorando premios –el Ajac Young a la Arquitectura Catalana, el de Arquitectura Barbara Cappochin, la Medalla de Oro a la Arquitectura Italiana para el Mejor Trabajo debutante hasta el Premio Mies van der Rohe de Arquitectura Europea en 2015–, sin embargo eso no ha atraído a clientela privada. «Solo tenemos un cliente particular. Quizá por nuestra trayectoria nos identifican más con obra pública o quizá crean que puede ser caro, no lo sé. Los concursos fueron al inicio una necesidad y después, ha sido nuestra manera de descubrir la arquitectura que queremos hacer. En el concurso tienes que usar el tiempo en cuestionarte y definir tu proyecto». Esa mirada hacia el espacio público les otorga «una mayor responsabilidad. Lo público alude a lo común, hacer algo para compartir. Eso lo debes tener siempre presente al recibir un encargo que te convierte en gestor de lo público. Por eso la arquitectura es siempre un trabajo social, los arquitectos no solo somos artistas sino que nos atenemos a unos condicionantes. Por eso la arquitectura es un reflejo de la sociedad y del momento».

Sus edificios-esculturas (otra muestra, el auditorio de Águilas, en Murcia) van «detrás de los urbanistas, trabajamos en los márgenes que nos ponen». Veiga define su trabajo como «responder al solar y los requisitos, entender el sitio sin prejuicios y proponer algo que recoja sus esencias y resuelva las necesidades en el tiempo y con el dinero del que se dispone». Y una vez levantado, «esa es nuestra capa, la hacemos lo mejor que podemos pero el edificio ya no es nuestro. El entorno seguirá cambiando por fuera y el usuario determinará cómo quiere usarlo por dentro. En definitiva, se independiza y así debe ser», explica quien defiende una arquitectura de línea sobria «lo que podemos resolver con dos movimientos no lo hacemos en tres. No nos gusta añadir complejidad, ya es demasiado complejo el mundo».

Veiga se dirigió a los alumnos de su disciplina y ante ellos defendió una carrera «de las pocas humanísticas que quedan, te da una visión general del mundo importante», aunque no necesariamente pase por construir. «Da igual si luego te dedicas a crear decorados para videojuegos, a las mediciones o eres funcionario. Esa visión te ayuda personalmente».