«No quiero volver a vivir la experiencia de ir a un piso y tener que regresar a la calle»

Dos de los habitantes de las chabolas de Juana Jugan, en Valladolid/Alberto Mingueza
Dos de los habitantes de las chabolas de Juana Jugan, en Valladolid / Alberto Mingueza

Las administraciones quieren erradicar las chabolas en 2020 pero en las barriadas los vecinos no confían en que sea una medida definitiva y temen «el paso de la gloria al infierno»

ÁLVARO GÓMEZValladolid

Las zapatillas de los niños se secan sobre la cubierta de la chabola junto a los neumáticos que hacen que la estructura permanezca firme. Los más pequeños se vestían unas horas antes, preparándose para ir al colegio, con el calor que les llegaba de una hoguera en el interior de la que es su casa. El humo alertó a una patrulla de agentes que se acercaron hasta el camino Juana Jugan, donde hay seis chabolas en las que viven once personas, dos de ellas menores. «De madrugada hace frío y ha sido para calentar a los críos para que vayan al cole», les explica Raúl Fernández, de 41 años, que vive en este poblado desde que tenía dos.

«No quiero volver a vivir la experiencia de ir a un piso y tener que volver a la calle. Es como si vas del infierno al cielo, a la gloria, pero luego cuando tienes que volver, se hace muy difícil», confiesa Raúl Fernández. Él es quien relata su historia y los dos jóvenes le apoyan. «Yo creo que no hacemos mal aquí, y no hemos tenido ninguna queja de los vecinos, ni por ruido, humo ni por nada», asegura Ángel. Óscar, por su parte, recuerda que es el lugar en el que nació, se crió, fue al colegio y creció, y ahora no quiere abandonarlo.

Sabe que la Junta de Castilla y León quiere acabar con el chabolismo para el año 2020, y asegura que el Ayuntamiento de Valladolid les ha ofrecido en alguna ocasión mudarse a una de las viviendas de VIVA, pero ya no se fía de nadie. «En 2006 me ofrecieron una casa desde el Consistorio. Lo primero que dije es que si en dos o tres años nos iban a tirar a la calle, yo no me movía de mi chabola. Me dijeron que en la calle no me iban a dejar. Estuvimos dos años en el barrio de Belén, uno de ellos ilegal porque al primero ya me querían echar».

Raúl recuerda aquel 17 de diciembre como uno de los días más negros de su vida, pues tuvo que entregar las llaves del piso y quedarse en la calle con cuatro hijos menores. «En la vivienda nos comía el frío, porque había una caldera de bombona y cada botella me valía 54 euros, y no podía poner otra estufa porque en ese momento nos echaban a la calle», relata. «Ahora ya no me fío de nadie. Quieren que desaparezca el chabolismo, pero si nos dan una vivienda y a los dos o tres años nos tiran a la calle tendremos que volver y hacer otra chabola», insiste.

Desconfianza

Y es que, las experiencias pasadas hacen desconfiar a los habitantes de estas infraviviendas, pero esa no es la razón principal de su miedo al traslado. Lo cuentan Óscar y Ángel, de 26 y 18 años, quienes han vivido toda su vida en este lugar. «Nosotros lo único que queremos es un cachito de parcela, porque si no estuviera la abuela o mi tío, que está enfermo, sería distinto», explica Óscar. Ella es una señora de cerca de 90 años, fundadora del asentamiento junto a su marido, fallecido en 2016. Si la llevan a una vivienda, cuentan sus nietos que acabarían con ella, pues no conoce otra forma de vida.

Un proceso educativo para abandonar el entorno degradado

En cuanto a su tío, sufre esquizofrenia, y los jóvenes detallan los problemas que los abuelos tuvieron en las dos ocasiones que dejaron una vivienda. «Los vecinos se quejaban porque mi tío, por su problema, cantaba y voceaba a las cuatro o cinco de la madrugada. Un día puede pasar, la gente lo entiende, pero cada uno tiene su trabajo y tiene que madrugar, nosotros lo comprendemos», cuenta Raúl Fernández.

Además de por su abuela y su tío, tampoco quieren aceptar las viviendas porque «nos quieren meter en el foco de la droga y en sitios donde no hay convivencia». A pesar de sus deseos, reconocen que las condiciones en las que viven, sin agua, con un servicio deficiente de luz, con el frío de las chabolas y sin trabajo, hacen que «el día a día sea muy duro». Raúl actualmente cobra una renta de 640 euros, que apenas llegan a 700 con la venta de chatarra y de palés. Ahora está de baja porque le tienen que operar de una mano, pero ha buscado trabajo mucho tiempo. «Mi último empleo fue en 2007, seleccionaba material de construcción en una empresa, pero se me acabó el contrato y desde entonces me presentaba en los sitios que me mandaban del Inem, pero en todos me decían que ya no había plazas». La miseria es cada vez más grande al no tener garantizados unos ingresos y «vas a buscar trabajo y no te lo dan. No sé si es porque te ven que eres gitano, no sé si creen que te vas a llevar las herramientas o el material».

Ni dinero, ni comida

La falta de dinero hace que haya días en los que falte la comida. Algunos se solucionan gracias a Cruz Roja, que les da sobre todo leche para los niños. También ayudan los vecinos, pues acuden con bolsas llenas de comida, ropa o incluso madera.

Ante estos problemas económicos, una vivienda que requiere ciertos gastos mensuales, con el riesgo de volver a la calle si no pueden afrontarlos, asusta a los habitantes de las chabolas del camino Juana Jugan. Y más con la situación de su abuela y su tío. Por eso piden a las administraciones que actúen, pero acondicionando la zona en la que están o dejándoles otra parcela municipal en la que establecer casas prefabricadas y poder asumir tan solo los costes de agua y luz.