Doce tatuajes, doce

Doce tatuajes, doce

El singular forense de Tierra de Campos, con sus sorprendentes informes periciales, vuelve a protagonizar la novena entrega de 'La toga en el perchero'

M. J. PASCUALvalladolid

No tenía mala pinta mi indocumentado cuando me lo trajo el mozo, va para veinte años ya. ¡Hay que ver qué vocación más grande tenía Pedrito! Cuando sus compadres le daban la matraca en el vermú, «porque ¡algo raro tenía que tener, que a una persona cabal no le podía gustar estar entre cadáveres todo el santo día!», les respondía, con toda el alma saliéndole de aquellos ojos inocentes que, «visto un muerto, vistos todos» y que lo de las autopsias es... «coser y cantar». Lo creía así Pedrito, y lo llevaba a término con fervor, sin cuestionar su cometido de cargar, lavar, abrir y cerrar cuerpos. Siempre con dignidad, con respeto y mimo, como un monstruo de Frankestein feliz a las órdenes de su doctor y creador.

Pedrito fue el mejor. Así fue hasta que se casó y le convenció su mujer para sustituir los cadáveres por el turismo rural. Ya hace casi veinte años que me trajo a mi muerto. De unos 52 años, 1,70 centímetros, 55 kilos, pelo fino de color castaño. Vestía chaqueta azul, jersey verde, camisa blanca, pantalones gris verdoso y calcetines grises. Pero, como pasa con los huevos Kinder que le gustan tanto a mi nieto, la sorpresa estaba dentro. En el antebrazo derecho, una mujer desnuda, y en el brazo una inscripción: recuerdo del tercio, con el emblema, y, en la región deltoidea, una rosa de los vientos con unas iniciales que me tienen obsesionado: INTP. ¿A quién o qué pertenecen esas iniciales? Yo no hice la mili, tuve la polio, así que se me escapa la simbología de la milicia. Pero en Psiquiatría son las siglas, en inglés, de uno de los 16 tipos de personalidad: Introversión, Intuición, Pensamiento y Percepción. No, no es corriente. Como tampoco es común hacerse 12, no 11 ni 13 tatuajes. «Todo el mundo sabe que da mal fario, la gente se hace siempre tatuajes impares», me decía Pedrito, y yo le contestaba, mientras seguía haciendo fotografías para adjuntar al escueto informe que, en efecto, suele ser así.

Pero ¿por qué mi legionario se tatuó flores en el dorso de la mano izquierda, concretamente en el primero y segundo metacarpiano? ¿Para disimular dibujos o letras anteriores que no le gustaban? Los que presentaba en la extremidad izquierda eran los típicos: una mujer en el antebrazo (vestida) y, en el brazo, una inscripción. Seguramente fue producto de una madrugada etílica, que llo mismo pudo estar inspirada en una arenga presidencial que en un pasodoble manoloescobariano: '¡Viva el vino y las mujeres!' Remataba este jubiloso himno un corazón en llamas, también ubicado en la región deltoidea.

No, es verdad que tampoco resulta muy original el corazón con una fecha y una inscripción de amor que lleva en la cara anterior del muslo derecho, pero los tatuajes que llevaba en las extremidades inferiores sí que no los había visto nunca. En el pie derecho: «Estoy cansado, pie». Y el izquierdo le responde: «Yo también, idiota». ¿Acaso fue demasiada instrucción para este soldado?, me pregunto.

Ahora, los tatuajes que más le tuvieron que doler fueron los de las detalladas cabezas de gato que presentaba en las mamas. Menuda dentera le tuvo que dar, si es que no se anestesió previamente a base de aguardientes. Luego, en el tórax, tenía un batiburrillo de líneas verdosas, antiguas y de mala factura, en el que destacaba, a la altura del hipocondrio derecho, el inquietante dibujo de una mano, como si quisiera proteger la víscera que estaba debajo. ¿Qué le habría pasado a este hombre para decidir tatuarse, para toda la vida, una mano sobre el hígado? Pero, lo que es peor, ¿Qué le pasaría por la cabeza para realizarse 12 tatuajes, ni 11 ni 13? A no ser que el último se lo hiciera por fuerza mayor, vamos, con una pistola en la cabeza. No dejo de pensar que, si no fuera por ese tatuaje número 12, tal vez no habría llegado a mi mesa.

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