Entre brasas, pinos y leyendas

Vista general de Traspinedo desde el mirador del Pico de la Atalaya, con su robusto roble. /Juan Vargas
Vista general de Traspinedo desde el mirador del Pico de la Atalaya, con su robusto roble. / Juan Vargas

La tradición culinaria le asigna el origen del pincho de lechazo a la brasa, plato que acuna entre senderos de frutales y amplias zonas micológicas

Lorena Sancho
LORENA SANCHOValladolid

Hay que remontarse varias décadas para encontrar el origen de lo que hoy es Traspinedo, una población vallisoletana que tiene casi el mismo número de plazas de hostelería que de habitantes (1.150). Hay que buscar en el siglo XIX las señas de identidad que hoy sitúan a este municipio, casi puerta de entrada a la DO Ribera del Duero, en un santuario de peregrinación de los amantes de la gastronomía. Porque Traspinedo, que acuña su nombre entre los miles de pinos que abrazan el casco urbano (Tras los pinos), no sería hoy lo que es sin la tradición ganadera y trashumante de los pastores que en otros tiempos poblaron sus tierras. Ellos, presos de la necesidad y de unos tiempos donde la jornada se antojaba larga en el campo, idearon el origen del pincho de lechazo a la brasa; quemaban el sarmiento y asaban sobre sus ascuas la carne de cordero lechal ensartada en palos de viñas o juncos. De ahí surgieron, décadas después, las casi mil plazas que los seis restaurantes del casco urbano ofrecen para comensales que buscan el sabor rural de la gastronomía entre el tradicional olor a leña y los vetustos muros de típicos mesones castellanos.

Traspinedo, a 25 kilómetros de Valladolid –en la carretera de Soria– es gastronomía en estado puro, pero aliñada al alimón con la naturaleza. En los montes donde hunde su origen el pincho de lechazo perpetúan las huellas trazadas por pastores y ganado trashumante. En senderos que la mitología atribuye al amor profesado entre jóvenes parejas y cuyos árboles frutales explosionan en un intenso color durante los meses de marzo y abril. Capítulo aparte merecen los almendros, cientos, que pueblan las sendas de su denso monte y tiñen de blanco el paisaje primaveral.

Son estas veredas, caminos, que en época otoñal son un vergel micológico –enmarcadas dentro de las rutas Montevalduero– las que atraviesan el barrio de bodegas situado a medio kilómetro del casco urbano y donde la gastronomía se fusiona con el vino casero, elaborado aún de forma artesanal y aficionada por un puñado de vecinos de la localidad. Aquí se conservan vetustos tinos y lagares, ahora en convivencia con merenderos más modernos. Su ubicación, en las faldas del monte, son paso obligatorio para enfilar la atalaya o mirador del pueblo que buscan los aficionados al senderismo, a unos dos kilómetros de las casas del pueblo. En el pico, y supervisando la población, se encuentra un viejo roble, centenario, que atesora la leyenda de Traspinedo. La tradición oral ha transmitido de padres a hijos que en este árbol buscó cobijo un pastor para resguardarse de una fuerte tormenta. Pero no pudo esquivar un potente rayo que cayó sobre él, cuya marca, según narran, quedó de por vida con un enorme agujero en el tronco del olmo. Su interior custodia ahora los deseos de los traspindejos, que encuentran en este árbol su emblema, el de un municipio en constante crecimiento que lucha por mantener con vida cada uno de sus símbolos.

Elogia así el oficio del resinero en un concurrido museo de la resina donde rinde a su vez culto al pino; esboza un guiño a la arquitectura en su porticada calle Mayor, una de las más antiguas de Valladolid, y guía los pasos de rutas jacobeas en el escudo que aún mantiene una vivienda que en otro tiempo fue hospital peregrino y donde pudo pernoctar Carlos V.