Y 81 años después, reciben la última carta de su familiar fusilado

Carmen y Loli (nietas), Ana Isabel (bisnieta) y Carmen (tataranieta) de Tomás. / RAMÓN GÓMEZ

Tomás escribió a su familia desde la cárcel en 1936. La misiva nunca llegó a su destino y acabó en un mercadillo, hasta que un coleccionista la encontró y se la envió a sus destinatarios

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

Tomás Gallego escribió esta postal de caligrafía aseada, de mayúsculas barrocas, la letra un poco echada hacia adelante, el 27 de octubre de 1936, en la celda de aislamiento (él mismo lo subraya) en la que llevaba encerrado mes y medio por su defensa de la República. Le contaba a su esposa, Tomasa Alonso, que podía ir a visitarlo los viernes, de 10:00 a 12:00, y le pedía, por favor, que le llevara un reloj, un Longines de oro, con cadena. Tal vez porque son muchos más largos los segundos en prisión cuando no se lleva la cuenta.

La carta salió de la Cárcel Nueva (en la calle Madre de Dios). Entró en el almacén de Correos que había junto a la Estación del Norte (como demuestra el matasellos de ese mismo día). Pero jamás fue entregada en su destino, la casa familiar de la Cruz Verde, donde un buzón esperaba la carta que nunca llegó. Hasta ahora.

Más de 80 años después, esta postal de caligrafía aseada, de mayúsculas barrocas, de letra echada hacia adelante está, por fin, en manos de la familia de Tomás. La muestran sus nietas, su bisnieta, su tataranieta, custodias ahora –como si ese trocito de papel fuera el tesoro que es– de la postal que contiene la última voluntad de un represaliado de la Guerra Civil que murió fusilado meses después de escribir estas letras: «Mandadme el reloj».

La postal escrita por Tomás.
La postal escrita por Tomás. / EL NORTE

¿Cómo ha llegado esta misiva, tantísimo tiempo después, a la familia de Tomás? La respuesta la tiene Luis Posadas Lubeiro, coleccionista y –una casualidad detrás de otra– cartero de profesión. «Es la carta más importante que he entregado en mis 35 años de profesión», dice. Suele Luis subir todas las semanas al rastro dominical junto al Zorrilla a la caza de nuevo material con el que alimentar su colección de fotos y recuerdos históricos de Valladolid.

«Eran las diez y media, un poco tarde, la verdad, porque a esa hora lo mejor ya se ha vendido; pero me fijé en una bolsa de plástico abierta, con un montón de papeles dentro, y una postal que asomaba –esta–, donde se veía la corona mural republicana». Era una postal firmada por un tal Tomás Gallego, en la que enviaba «abrazos cariñosos a su familia», y que Luis guardó durante un par de años en las carpetas de su hogar hasta que decidió publicarla en ‘Valladolid, recuerdos e infancias’, un libro con viejas imágenes de la ciudad del que se acaba de publicar la segunda parte. Allí, entre fotos y relatos alusivos, se reproducía la carta que un preso republicano envió al olvido porque nadie de su familia la llegó entonces a leer.

El siguiente paso de esta historia es un mensaje de ‘whatsapp’ que Loli, una de las nietas de Tomás, recibió de su amiga Rufi. «He visto una carta que el padre de tu madre le envió a tu abuela desde la cárcel», le decía. Rufi había comprado en la Feria del Libro la publicación de Luis y se fijó en esa postal que escribió alguien con los apellidos de la familia de Loli, su amiga de la infancia. «Cuando me envió al teléfono una foto, nos dimos cuenta de que nunca la habíamos recibido, de que esa carta jamás estuvo en nuestra casa, que pudo ser la última que escribió nuestro abuelo». Loli Álvarez Gallego (72 años) se dirigió a la imprenta que publicó el libro para saber algo más sobre el origen de ese escrito.

Fue así como Luis y la familia de Tomás entraron en contacto. Loli le pidió una copia de la carta. Luis le dijo que de copia nada, que el original era suyo, aunque llegara a su destino con más de ochenta años de retraso. «Lo primero que hicimos fue pensar en nuestra madre. A ella, que siempre tuvo a nuestro abuelo en el recuerdo, le habría encantado saber que esta carta existía», cuenta Carmen Álvarez Gallego (75), nieta también de Tomás. Junto con Ana Isabel Esteban (52 años, bisnieta) y Carmen (14 años, tataranieta) cultivan un árbol genealógico que no se ha olvidado de esas raíces republicanas que un día fueron arrancadas de cuajo.

«Nuestro abuelo era muy temperamental. Mucho», dicen Carmen y Loli con una sonrisa. «Eso es lo que nos contaba mi madre, porque nosotras no lo llegamos a conocer». Por eso no les extraña cuando, después de un repaso por la hemeroteca de El Norte, ven el nombre de Tomás Gallego en varias gacetillas de sucesos. Como esa vez en marzo de 1932 en la que denunció el robo de un abrigo de cuero («valorado en 200 pesetas»). O como aquella otra, en junio de ese mismo año, en la que fue atropellado por un coche en la calle Angustias.

«Era muy elegante, muy chuleta, muy simpático, le encantaban los zapatos bonitos... Era muy cariñoso con su mujer, con sus hijos (el pequeño, Enrique, moriría de una infección a los 15 años, meses después del fusilamiento de su padre)y puede ser que se metiera en refriegas por ese carácter», cuenta su bisnieta.

En mayo de 1936, días antes del inicio de la Guerra Civil, fue atendido en la Casa de Socorro por las heridas leves que se produjo al romper un cristal durante una pelea en un bar. La última referencia con su nombre en El Norte de Castilla informa de su detención, el 2 de septiembre de 1936, junto a otras siete personas.

Tomás pertenecía al sindicato CNT. Trabajaba de herrero en los talleres principales de la compañía de Caminos del Hierro del Norte de España. Era ferroviario. El 9 de septiembre de 1936, apenas unos días después de su detención, el jefe de Tomás firmaba un documento en el que se le retiraban los documentos oficiales que tuviera en su poder, como los de libre circulación.

Semanas después, escribía la carta en la que pedía el reloj. Meses más tarde, el 16 de marzo de 1937, cuando apenas había cumplido los 40 años, sería fusilado en San Isidro y su cuerpo trasladado al cementerio del Carmen, donde una lápida y un perenne ramo de flores recuerdan su nombre aunque no se sepa con exactitud dónde están sus restos. «Mi madre, Flora, siempre nos contó que el 13 de mayo, tres días antes de que lo mataran y cuando ella estaba a punto de cumplir 18 años, fue con nuestra abuela a ver al abuelo a la cárcel. No me quiero imaginar aquella despedida, lo que se pudieron decir sabiendo que no se iban a ver más», asegura Loli, cuando unas lágrimas se asoman a su rostro.«No son lágrimas de pena ni de rencor, son lágrimas de emoción. Creo que ahora nuestro abuelo por fin descansa en paz, que puede esta tranquilo porque la carta que envió a su familia ya está con nosotros. Nos han llegado esos abrazos que mandaba en su postal», indican Loli y Carmen, quienes subrayan que «la crudeza de una tragedia como la Guerra Civil, que sufrieron tantas personas, se ve en historias como esta» de la que ellas son protagonistas principales.

Tomás murió. Su viuda, la abuela de Loli y Carmen, comenzó a trabajar en el Yago, un restaurante de la calle Santiago. «Servir y lavar para ganarse la vida», rememoran sus nietas, eslabón intermedio de una cadena de mujeres que recibió el legado de la memoria de Tomás de su madre y abuela y que han trasladado después a sus hijas y nietas. Tres generaciones que hoy sobreviven para recibir la última carta de Tomás, que se han reunido para agradecer a Luis el hallazgo y también para resolver una duda: ¿Qué pasó con el reloj?«Está en mi casa, bien guardado». Como lo está ahora esta postal que, 81 años después, llegó ahora sí a su destino.

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