Jesús Rueda: «Toda creación es reciclaje»

El compositor Jesús Rueda. /Henar Sastre
El compositor Jesús Rueda. / Henar Sastre

La OSCyL estrena hoy en Madrid su cuarta sinfonía, ‘July’, una «resonancia de la promesa veraniega en la infancia »

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Se está quitando de la ficción. Jesús Rueda (Madrid, 1961), que escribió bandas sonoras con su maestro, Francisco Guerrero, y con sus colegas David del Puerto y Javier Arias, vive ahora en el mundo de las ideas que traslada a la música. A dieta de cine y de novelas, recicla los materiales que han ido conformando su oído, de la zarzuela a las arias, de Pink Fluid a los Beatles, con el jazz como «leche materna». La Orquesta Sinfónica de Castilla y León estrena hoy su cuarta sinfonía en el Auditorio Nacional, dentro del ciclo Ibermúsica, agencia que le ha nombrado compositor en residencia.

–Ha estado en el ensayo, ¿cómo vive su música desde el patio de butacas del Miguel Delibes?

–Se está bien viendo a todos trabajando como locos, haciendo un gran esfuerzo y yo disfrutando. Siempre respeto la versión del director. El autor solo tiene la versión del autor. La que rige en un concierto es la del director, que es quien toma las riendas. En el ensayo puedo ser consultado en algún momento de duda, o cuando los músicos te señalan alguna errata. Estoy para ayudar, para frenar vías de agua.

–¿De verdad que la versión del director es la que rige?

–Sí, te pasa en la ópera, donde hay un regidor o en el teatro. El director tiene un guion y debe desarrollar su idea global. El director tiene que crear, generar lo que entiende en ese guion, en esa partitura y lo que quiere sacar de ella. Como soy un autor vivo se me puede preguntar, cotejar, pero me empobrecería si yo fuera la referencia. Mi versión ya la conozco, en cambio la del director incluso me puede llegar a dar ideas para futuros trabajos. Con su mirada suceden cosas más allá de lo que está escrito, lo ve de otro modo. Hay veces que las versiones de director y compositor están enfrentadas, entonces hay que buscar un punto de encuentro.

–Inaugura la figura del compositor residente en una agencia, Ibermúsica, ese milagro que cumple 48 años.

–El caso de Alfonso Aijón es excepcional. No solo basta con hacer la mejor música con los mejores intérpretes, hay otras cuestiones que hacen que las cosas crezcan. La crisis no perdona pero ya hace tiempo que Alfonso sugirió la posibilidad de dejar en manos de Llorenç Caballero su agencia. Llorenç tenía en mente la figura del compositor residente, algo que acostumbra a suceder en relación a un orquesta. Pero en este caso, es un compositor, yo, que escribe para distintas orquestas y que estas interpretan tu música, no solo la de estreno, sino la anterior. La Orquesta de Cadaqués hará dos de mis orquestaciones de ‘Iberia’, un plan ambicioso que comencé en el 2000, cuando todos los que lo habían intentado habían muerto. Esta temporada se estrenarán ‘Rondeña’ y ‘Eritaña’. Llevo la mitad. Es como subir al Everest y estar a 5.000 metros, quedan los 3.500 más duros.

–¿Cuándo aborda una sinfonía?

–Es una forma que en mi caso culmina un período, una etapa de ideas estéticas, técnicas, de sistema, también de alcanzar cierta finalidad que en mi caso tiende a aspectos abstractos. Por ejemplo, me interesa la idea del absoluto, del infinito. Mi primera sinfonía se llama ‘Laberinto’, un camino, un trayecto hacia un centro que difícilmente alcanzamos. La segunda es ‘Cerca del límite’, el límite es una frontera pero no tanto divisoria como comunicadora de dos espacios distintos que se entienden por osmosis. La tercera es ‘Luz’, que conlleva la idea de viaje. Una sinfonía es una forma grande, un viaje inicia tico largo. En una obra corta te concentras en un aspecto muy concreto. En esta cuarta sinfonía sumo lo que ha ocurrido en los diez años que median con la anterior. He cambiado de caminos, de estrategias musicales, de técnica, hay una transformación personal, me he hecho más mayor, no sé si más maduro, pero sí he aprendido del oficio, de la técnica, de la síntesis. Sé que se viaja mejor con alforjas más ligeras. Creo que hay un cambio estético drástico en esta cuarta.

–¿Qué cuenta ‘July’?

–El título habla del verano, una mirada atrás a ese atrás del Joyce del ‘Retrato del artista adolescente’. Planteo esa época feliz para la infancia que era el verano, el sueño de la posibilidad, cuando crece el trigo y todo son promesas. Ese tiempo en el que el ser no se ha escindido de lo absoluto, no hay conciencia individual, tienes una comunión con la plenitud. ‘July’ es ese sueño, esa resonancia. No puedes retornar al pasado pero sí crear la resonancia que ha pervivido todos estos años. Es un intento de asir lo inefable.

–¿Cómo es su forma?

–La he dividido en tres movimientos clásicos sin solución de continuidad, no muy separados, con apenas una cesura para limpiar el sonido. Hay un primer ‘allegro’ con sus temas muy reconocibles. Es una obra bastante repetitiva aunque llena de metamorfosis constantes, pero los temas son asertivos. El segundo movimiento es un tempo lento, con una música creciente al inicio que luego se calma, como una dilatación del paisaje musical. El tercero es más breve, ágil, rítmico. Es una obra en la que he reducido todo a cuatro acordes, cada uno muy rico, que según los invierta las notas tienen unas funciones armónicas diferentes, aunque por momentos suene exuberante, el principio sonoro constructivo son cuatro elementos, los mismos ladrillos para todo el edificio que suenan distintos según sean ordenados.

–Habla de temas, melodías ¿es un contemporáneo clásico?

–Todos hemos sufrido esa etapa. Cuando era joven también atizaba a los mayores y ahora soy yo el atizado. Me han llamado de todo pero me da igual, ya no formo parte de ese contexto, de esas tribus. Diría que soy hasta reaccionario, aunque los extremos se tocan, y esta puede ser otra forma de radicalidad.

–¿Un intento de conciliar al público con la composición coetánea?

–Esas peleas sobre el juego de la modernidad ocurren al margen del público, se dirimen entre pandillas. El público es autónomo y variopinto. Tanto el público como el intérprete deciden la música. La cuestión es que en el fondo toda creación es reciclaje y el experimentalismo no deja de ser pura combinatoria de algo existente. La novedad surge de un contexto social y de la combinación de unos parámetros que no dependen del creador sino de la conexión que viene a ser tan caprichosa como la combinación de una caja fuerte. Y por otro lado siempre hay como un ‘déjà vu’ de lo nuevo. En la historia se repite el mensaje de creadores como Mahler o Montaigne, de descontento con su época, de no sentirse cómodos en su contexto.

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