El Norte de Castilla

 R. Otazo
R. Otazo

Rosa Villacastín, lectora del amor
de su abuela y Rubén Darío

  • Hablará en el Teatro Calderón sobre esta historia novelada en ‘La princesa Paca’

Hace dos años que publicó la biografía novelada de su abuela Francisca, la amante española de Rubén Darío con la que vivió 16 años y tuvo varios hijos. Esa romántica historia llega ahora a la televisión mientras Rosa Villacastín (Madrid, 1947) se «desengancha» del tema familiar. «Te dejas la piel al descubrir lo mucho que vivieron y sufrieron. En enero vuelvo a escribir de mis temas, el periodismo, la vida y la mujer».

–Rubén Darío fue uno de esos lazos invisibles entre ambos lados del Atlántico. ¿Sigue siéndolo?

–Sí, no ha parado de reeditarse el libro desde 2014. Ahora está triunfando en Nicaragua y en México. Se ha hecho una serie protagonizada por Irene Escolar y Daniel Holguín. En Nicaragua está teniendo un gran éxito, los pósteres de Darío cubren la ciudad. Allí quieren mucho a Francisca, la sienten como la mujer que le dio tranquilidad, sosiego e hijos. Él solo tuvo un hijo con su mujer nicaragüense, pero no vivió con él. En cambio sí lo hizo con Rubén Darío Sánchez, que a su vez tuvo tres hijos y nietos. Su hijo con Paca está enterrado en México, pero no sabemos dónde, y Nicaragua quiere enterrarlo junto a su padre, en la catedral de León.

–¿Qué relación tuvo después su familia con el legado de Darío?

–He tardado mucho en hablar de ello, porque mientras mi madre vivía no quería hurgar en la vida de su familia. Su padre era José Villacastín. Sin embargo, el marido de mi abuela se gastó su fortuna en recuperar la obra dispersa de Darío. El alcalde de León me decía que tenía fotos de mi abuelo en la tumba del escritor. El amor del segundo marido por la obra del primero es llamativo. Paca logró que su segundo esposo se enamorara de Rubén Darío.

–¿Cuál es el legado de Darío?

–Fue un innovador del lenguaje, además de un gran poeta. Pocos autores lo manejaban como él. Ahora en la sede de su archivo, en la calle Noviciado de Madrid, hay un exposición estupenda. Mi abuela legó al Gobierno español su archivo, en el que yo trabajé durante 20 años catalogando. Es muy interesante por las cartas, por las relaciones que refleja. Paca tuvo mucha relación con los hermanos Machado. En París le regalaron un mantón de Manila que era de su madre y que ahora tengo yo. Cuando Antonio va a París con una beca junto a Leonor, Paca es quien enseña la ciudad a la joven. Cuando cae enferma, Paca la acompaña en el hospital y ella logra el dinero para que vuelvan a Soria a morir. Todo eso estaba en el baúl azul, donde mi abuela guardaba todo. Cuando Carmen Conde va a ver a mi abuela, yo escucho por primera vez una conversación sobre Rubén Darío. Tenía nueve años. Le pregunté quién era él. Yme contestó: «El gran amor de mi vida». Me dejó planchada. Me había hecho a la idea de que el citado baúl guardaba un tesoro de joyas de princesas. Así que me llevé una gran desilusión cuando vi que eran papeles. La novela está basada en esa documentación.

–¿Por qué quiso escribir esta historia a cuatro manos?

–No sé escribir novelas. Es difícil mantener la atención del lector durante tantas páginas. Ahora todo el mundo quiere ser novelista, pero veo que es un género complicado. En una cena le dije a Manuel Francisco que tenía un regalo para él, que necesitaba que me ayudara a novelar ese material.Solo le pedí que no omitiera nada.

–Empezó en los setenta en el periodismo ¿qué ha cambiado?

–Llevo 45 años y no tiene nada que ver. Para las mujeres hoy está mejor que en mi época. Entonces llevar minifalda era un escándalo por el que te podían echar. Yo trabajaba en la Complutense y escribí un día un artículo sobre Rubén Darío que le di a un amigo. ¡Qué sorpresa cuando lo vio mi padre en el diario ‘Pueblo’ a doble página! Me llamó Emilio Romero para proponerme una columna. Me tocó el final del franquismo, fue genial, en la universidad había follón todos los días. El público estaba ansioso de información, había un renacer. Con las primeras Cortes, retiraron a unos cuantos santones y nos hicieron hueco a las ‘constitucionales’, a unas diez jóvenes –Amelia Sampedro, Julia Navarro, Susana Olmos, yo...–. Ahí sí éramos el quinto poder. Ahora no somos nada, es denunciable la utilización de los periódicos, de los periodistas y la información por parte de los poderes, es una pena. Tengo suerte de que esto me haya tocado al final de mi carrera, ¡pobres los que empiezan!