«Se ha avanzado mucho, pero aún hay barreras, sobre todo, sociales»

María José Castaño toca el acordeón en su casa. A la izquierda, hojas con canciones escritas en braille. /R. V. J.
María José Castaño toca el acordeón en su casa. A la izquierda, hojas con canciones escritas en braille. / R. V. J.

María José Castaño cuenta las dificultades que tuvo que afrontar después de perder la visión por completo cuando tenía 13 años

RUBÉN V. JUSTOValladolid

Todo lo que tiene lo labró con el trabajo de 35 años como telefonista de la Junta. Dejó atrás su Asturias natal con 23 años. El trabajo es el trabajo. Se crió entre instrumentos y voces. «La música es como encontrar el amor, solo te enamoras de un instrumento pero antes coqueteas con varios». María José Castaño recibe a El Norte de Castilla en su casa con unas casadiellas artesanales (dulce asturiano) que recuerdan a su «tierrina».

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– ¿A qué se debe su gusto? ¿Lo cultivó desde la infancia?

–Cuando era niña escuchaba mucho la radio. Mi prima tocaba el piano y mi padre tenía muy buena voz para la tonada Asturiana. Y, luego, en los colegios de la Once se fomentaba la música a través de la enseñanza. Mucho más que fuera.

– ¿Por qué?

–Yo creo que porque los ciegos podemos disfrutar totalmente la música. Es cuestión de oído y nosotros lo tenemos más desarrollado.

– ¿Nació sin visión?

– Sí. Tenía un pequeño resto visual a través del que veía colores y bultos pero lo fui perdiendo a causa de una catarata que nadie se atrevió a operar. A partir de los 20 años el oculista se sinceró y me dijo que no había nada que hacer.

– ¿Cómo vivió esa noticia?

–Bien, bien. Comencé a perder la vista a los ocho años y la perdí definitivamente a los trece. Tenía una vida por delante para adaptarme.

– ¿Cómenzó a estudiar en un colegio de la Once?

–Primero fui al colegio del pueblo. Iba con mi hermana y la acompañaba porque tan solo tenía cuatro años. Además, había una monja que enseñaba piano y como me gustaba tanto iba de vez en cuando a hacer las escalas. A los siete ya comencé en el colegio especial de Sevilla.

– Allí aprendió braille.

–Me costó muchísimo porque tenía un pequeño rastro visual y el tacto no lo tenía tan desarrollado como debiera. Me costó más que al resto de compañeras.

– Porque entonces la mayoría de colegios no enseñaban braille

– De aquella no había colegios con integración, que comenzó a verse en los años 80. Mi hija ya estudió en un instituto de Valladolid con una profesora que le enseñaba braille.

– ¿Desde los 80 se avanzó algo al respecto?

–Va muy despacio. Una cosa es la intención que tenemos todos de que haya integración y, otra, las barreras mentales que hay.

– ¿Dónde?

– En mucha gente. Yo lo notaba en los padres del colegio de mi hija.

– ¿Hay desprecio?

–No directamente. Hay desconocimiento y miedo a meter la pata. No creen que podamos hacer una vida normal. Cuando mi hija contaba en el colegio que yo cocinaba todo el mundo se echaba las manos a la cabeza.

–¿Qué dificultades encuentra en Valladolid?

–Echo en falta que en las marquesinas te avisen de qué autobús llega. También hay algunas zonas con señales de tráfico o farolas que nos dificultan la marcha. El sonido acústico lo quitan a las nueve de la noche y cuando llegas a un semáforo no sabes si cruzar. Los ciegos, lógicamente, también salimos a tomar copas y a cenar. Y a veces volvemos tarde. A esas horas no hay tanta gente que te pueda indicar. Yo propondría que pusieran todos los semáforos de mando porque no existe la necesidad de apagarlos.

– ¿En qué se ha avanzado?

– Por lo demás, hay que decir cosas positivas. La señalización de los pasos de cebra con el granulado del suelo está genial. El sonido acústico de los semáforos, igual. Es verdad que hay aceras más anchas y han arreglado aceras desiguales.

–¿Y en qué se debería avanzar?

–En educar. Que la gente sepa que somos personas normales a las que lo único que les pasa es que no pueden ver. Salimos, hacemos nuestras actividades, trabajamos...

– Parece de sentido común.

–A veces cuesta. Los padres decían a sus hijos que ayudaran a mi hija cuando estaba en el colegio. Hay mucha falta de información. Cuando llegaba a clase todos los compañeros le daban el 'baby' en la mano y, no señor, ella sabe donde están las perchas.