José Ulloa, Tragabuches Reproducción íntegra del tomo III de 'Los toros', del J. M. Cossío. Espasa-Calpe.

ULLOA (José), Tragabuches. Este matador de toros, nacido en Ronda durante la segunda mitad del siglo XVIII, fue uno de los famosos bandidos que formaban la cuadrilla de Los siete niños de Écija. Su figura de novela, aprovechada ya por el exuberante folletista Manuel Fernández y González, nos tienta a hacer una biografía un tanto diferente en intención y ambiente de las demás. Hemos de declarar ante todo que el torero de que empezamos a ocuparnos nos interesa más como tipo de hombre de la vida ordinaria, tan extraordinaria en casos como el suyo, que como lidiador. Gitano de origen, o castellano nuevo, como se ha venido llamando en España a los descendientes de Faraón, recibió de su padre un apellido ilustre de clásico sabor y un apodo gracioso, además de la vida. El Ulloa lo adoptó su padre cuando la célebre pragmática de Carlos III autorizó a los gitanos a tomar los apellidos que tuvieran por conveniente con la condición de naturalizarse en los dominios de España. La cetrina raza escogió los más ilustres, y así hubo muchos simples tíos Petacas, Asaúras, Riñones, que se llamaron al mismo tiempo Antonio de Guzmán, Pedro Vélez de Guevara, Juan Ponce de León... El Tragabuches le venía a Pepe Ulloa, padre de nuestro héroe, de haberse comido, según la voz popular, un pollino recién nacido en adobo. Esta fue la herencia paterna del gitano de nuestra atención que, como gitano, nació de condición indolente, concentrada, pausada, vehementemente amorosa e incapaz de toda iniciativa. Establecida en la casa-matadero de Ronda por Pedro Romero una escuela de toreo, bajo la protección de la Real Maestranza de Caballería de la misma ciudad, con intención de mantener la gloriosa tradición de su nombre dando a las plazas toreros bien aleccionados, ingresó en ella como discípulo el segundo José Ulloa. Era entonces un muchacho, perfecto de facciones, de arrogante presencia y de movimientos graciosos. Su cuerpo, aun en el período de adolescencia, esbelto y proporcionado, prometía adquirir la robustez precisa para desenvolverse armoniosamente ante las fieras. Pero Romero, maestro sagaz, advirtió inmediatamente las gallardas disposiciones del gitano, le aseguró un porvenir esplendoroso y comenzó a cultivarlo preferentemente sobre los demás. Esto fue en un principio; luego, el glorioso torero, con sus prejuicios como cada hombre, atendió cada día menos a la formación taurina de Ulloa, corroborándose equivocadamente en su voluntad de dar a la luz de las plazas diestros de puro origen español. El adolescente aprendiz de torero se resintió de las desatenciones de su maestro, se apartó de su enseñanza y se amparó en la de José Romero, noticioso maliciosamente, gitanamente diríamos, de la pugna latente entre ambos hermanos. José aceptó satisfecho a su nuevo discípulo, y con más satisfacción le dio lecciones al conocer los reparos que su hermano Pedro había puesto ante la vocación de Ulloa. Veinte años no cumplidos contaba éste cuando comenzó a acompañar como banderillero a José y a Gaspar Romero por las plazas andaluzas, extremeñas y manchegas. A los veintidós ya figuraba junto a ellos como sobresaliente de espada, y cumplía su cometido a plena satisfacción de sus jefes. En 1802 recibió la alternativa de manos de Gaspar Romero, con quien toreó en la plaza mayor de Salamanca, y con tanto éxito, que la empresa le hizo un soberbio regalo como premio a su actuación en las tres corridas en que tomó parte. En aquella época 'José Ulloa -escribe Velázquez y Sánchez- era el único estoqueador de Ronda de quien podían disponer los contratistas de plazas para muestra de aquella escuela severa, sosegada y efectiva, que los Romeros habían mantenido en sus principios y trámites frente a los recursos y novedades ingeniosas de los lidiadores sevillanos. Si Tragabuches acierta a ser hombre de cálculo y de más trato social, con su arrogante presencia, su bravura y su imponente calma en las suertes más expuestas de su profesión, habría sido un rival temible de Jerónimo José Cándido'... Ulloa, como legítimo gitano no procuraba rivalidades, ni pedía ajustes, y acudía a torear donde se le llamaba solamente. Indudablemente, la influencia mayor sobre su indolencia nativa la ejercía la compañera que había elegido para su vida: La Nena, una bailaora bellísima y popular, de quien estaba profundamente enamorado. Al mismo tiempo que a torear y amar, se dedicaba al contrabando, y las ropas y objetos que él introducía furtivamente eran vendidos por la Nena en las casas principales de Ronda, en las que hallaban amistosa acogida. Para proveerse de su mercancía vedada, Tragabuches hacía expediciones con partidas de contrabandistas, y como el comercio no revestía ningún carácter lícito ni honrado, su vida, bajo su doble aspecto taurino y particular, se desenvolvía dentro de una atmósfera preñada de incidentes y peligros. Como percibirán nuestros lectores, vagamos en un ambiente de pintoresquismo exacerbado, por el cual avanzo gustosamente. Tenía fama en Ronda la armonía y felicidad con que el ayuntamiento de Tragabuches y la Nena estaba organizado. Al principio echaron de menos un hijo, que apetecieron; pero al cerciorarse de que no llegaría, llegaron a la conformidad y a la renuncia de sus esperanzas con el gesto un poco amargo. Al correr del año de 1814, Fernando VII es devuelto a España por el soberbio Napoleón. Nuestras provincias celebran con festejos tal acontecimiento, y en Málaga se organizan jubilosamente tres corridas, para las que se ajusta a Francisco González (Panchón), que había sido compañero de José Ulloa en la cuadrilla de José Romero. El diestro ajustado concierta con el gitano ir como segundo espada a la plaza malagueña; acepta éste, y aquél le advierte que se ponga en el camino de Málaga, donde le esperaba, con la mayor prontitud posible. Ulloa mandó su equipaje con un trajinero, y a los dos días, en las primeras horas de una noche transparente, se despide de su mujer y sale de Ronda a caballo. Tres leguas se habría alejado de la ciudad, y un accidente le impidió continuar su marcha. El caballo que montaba tropezó contra un tronco violentamente, y Tragabuches salió despedido de la silla, cayó, y en su caída se produjo varias fuertes contusiones y la desarticulación del brazo izquierdo. Recomido por la rabia, mordió las crines al caballo, y regresó al punto de partida despacioso y grave. Ronda dormía, y la luz de la luna le llevó hasta su casa, a cuya puerta llamó sin obtener respuesta durante un gran rato. Impaciente y extrañado, dio un silbido particular a que su mujer estaba acostumbrada, y cuando se disponía a forzar la puerta del corral, asomó aquélla por la ventana. A poco se descorrió el cerrojo de la puerta, y José Ulloa advirtió a la luz de un candil la cara de su mujer cubierta de temor. Se apoderó del torero una vaga sospecha, que fue tomando cuerpo arte la inquietud que observó desde aquel momento en las facciones y movimientos de su compañera. Subieron ambos las escaleras hasta el piso del dormitorio; José, que había empuñado, arrebatándoselo a ella, el instrumento de luz, recorrió todas las habitaciones, celoso y olvidado de los dolores de su accidente. Abrió las ventanas, respiró a todo pulmón, y pareció descargado de un enorme peso tras el infructuoso registro. La Nena llanteaba en un rincón, hundida en una silla, perdido el rostro entre sus manos, y José la contempló en silencio, procurando librarse de las dudas y tempestades que sentía en su corazón. Sintió sed, entró en la cocina y al destapar la tinaja para sacar agua con la caldereta tropezaron sus ojos y su mano con una cabeza. Ulloa reconoció en ella la de un acólito de la parroquia conocido por Pepe el Listillo, un adolescente apenas, cuyo cuerpo hizo sonar sordamente el agua recorrido por el espanto. El gitano dejó la luz con que se alumbraba sobre una mesa; sacó con mucha lentitud de la faja una navaja guadixeña, de hoja de rejón, la abrió con los dientes de un tiró y se la hundió en el cuello al pobre muchacho. Luego salió hasta la sala donde se encontraba su mujer, y con su solo brazo útil, el derecho, alzó el cuerpo femenino sobre su cabeza, llegó con él hasta una venta y lo precipitó contra las piedras de la calle. La Nena quedó con el cráneo destrozado y las ropas revueltas. Un vecino oyó el golpe sordo de la caída; se puso en observación, y vio salir a Tragabuches, acercarse al cadáver de la que tanto había querido, ordenarle los vestidos, montar a caballo y alejarse, reposado y sombrío, Ronda abajo. En el proceso instruido, después de convocarlo a prisión por medio de edictos y pregones, José Ulloa fue condenado a la pena de horca, con los bárbaros agravantes de que había de ser arrastrado antes de encubado después de la ejecución. Nadie pudo o nadie quiso saber su paradero. Al término de la guerra, en 1815, surgieron una multitud de ladrones en cuadrilla que cometían crímenes, depravaciones, violencias y robos. Una de estas cuadrillas radicaba en los alrededores de Écija, y los siete hombres que la componían se hicieron famosos por las enormidades que llevaban a cabo cada día, teniendo amedrentada y desolada toda aquella parte de Andalucía la Baja. Eran temidos los apodos de Ojitos, el Fraile, El Cojo, Minos y Escalera, sangrientas glorias del bandolerismo español. En todos los pueblos de la Península se conocían y repetían sus hazañas de ferocidad y escándalo. En 1816 los hombres del campo, cortijeros, guardas, arrieros y trajinantes dieron en hablar de otro bandido, agregado a la partida de los anteriores, como del más feroz de todos ellos. Se le llamaba el Gitano, y sus fechorías superaban en mucho a las de sus compañeros, que, al parecer, habían de contenerlo para que no asolara tan descomunal y bárbaramente. Enviadas varias partidas de escopeteros, en alianza con la tropa, en persecución de Los siete niños de Écija, lograron la captura de casi todos ellos en 1817. Por declaraciones de los capturados resultó que el Gitano no era otro que José Ulloa (Tragabuches), de quien Juan Antonio Gutiérrez (el Cojo) dijo que había matado hombres bastantes para llenar un cementerio. José Escalera, ejecutado en Sevilla el 15 de septiembre de aquel 1817, refirió varias aventuras y algunos pormenores del Gitano que aterrorizaron a los jueces. Antonio Fuentes (Minos), que entró en la cárcel condenado a muerte, cantaba en su prisión la siguiente copla, que él llamó y ha quedado como la copla de Tragabuches, compendiadora de toda una tragedia brutal:

'Una mujer fue la causa

de mi perdición primera;

que no hay perdición de hombres

que por mujeres no venga.'

Ahorcados y ejecutados en agosto y septiembre de 1817 Luis López, Antonio Fernández, Fray Antonio de Lagama, José Alonso Rojo, y Juan Antonio Gutiérrez el 7 de febrero de 1818, la cuadrilla de bandoleros, reducidas y quebrantadas sus fuerzas, se disolvió hacia el 1819, al publicar las autoridades un pregón que prometía el indulto a cuantos se presentasen a la justicia y no estuviesen procesados por delitos anteriores a su ingreso en el bandidaje. José Ulloa desapareció sin dejar rastros de su paradero, al quedar solo y exceptuado de todo perdón humano.

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