Marta Guerras, actriz: «El teatro es un templo en el que el público y los actores hacen un pacto»

Marta Guerras, en su papel de Emma durante una representación de La fuerza del cariño. /El Norte
Marta Guerras, en su papel de Emma durante una representación de La fuerza del cariño. / El Norte

La artista madrileña destaca la complicidad de todo el equipo y el trabajo de Lolita, que «es una bestia en el escenario y verla actuar hipnotiza»

INÉS MACHO

Ha viajado desde la Antigua Grecia de 'Lisístrata' o 'Edipo Rey' a la sierra andaluza decimonónica de 'Bandolera', y a la actual era digital de 'Neuroworld'. A lo largo de su carrera, Marta Guerras ha conocido la gran pantalla, la televisión y las tablas del teatro. Ahora, recorre estas últimas y se prepara, entre funciones y bambalinas, para las representaciones de 'La fuerza del cariño', que el teatro Ortega acoge hoy lunes, y mañana martes, en su programa de San Antolín, y en la que trabaja junto a artistas de la talla de Luis Mottola, Lolita Flores y Antonio Hortelano, bajo la dirección de Magüi Mira.

–¿Qué es lo que a grandes rasgos cuenta 'La fuerza del cariño'? ¿Qué puede esperar de ella el público palentino?

–Es una obra que trata los grandes temas: la vida, la muerte y el amor, tan recurrentes como inagotables, de los que no nos cansamos nunca. Además, los personajes femeninos tienen un rol importante y tejen la trama de la historia, que es la relación de una madre y una hija.

–¿En qué medida la obra bebe de la película homónima que James L. Brooks dirigió en los ochenta?

–La película fue un punto de partida, una inspiración, pero, al final, esta versión es muy diferente, se desarrolla de otra manera.

–En la película, la relación madre-hija muestra su evolución a lo largo de treinta años. ¿Cómo puede reflejarse en una obra de teatro?

–En la adaptación, el tiempo que pasa es menor, de unos 15 años. Yo, como Emma, empiezo teniendo 18, en plena adolescencia, y acabo con 30 ó 32, así que se nota mucho esa evolución, pero todos los personajes tienen arcos muy interesantes.

–A lo largo de su carrera, ha pasado por papeles muy diferentes. Este, que trata de la rutina y la tragicomedia cotidianas, puede ser un poco más cercano a su realidad. ¿Resulta por ello más fácil?

–Realmente, la obra está ambientada en los ochenta, así que no me resulta tan cercana. Hay cuestiones sociales que, a día de hoy, han cambiado mucho. Por ejemplo, Emma se siente liberada cuando se casa, encuentra en el matrimonio una forma de escapar del control de su madre, y esto ya no se mantiene.

–Es la primera vez que trabaja con Magüi Mira. ¿Qué tal está siendo la experiencia?

–La verdad es que hay una complicidad increíble. Siempre he admirado muchísimo a Magüi, y aún más desde que salió a la luz el año pasado su obra 'Consentimiento', con la que ha ganado el premio Valle-Inclán. Recuerdo que fui a verla al Centro Dramático Nacional y me quedé alucinada, deseaba trabajar con ella y sigo profundamente agradecida por esta oportunidad. Además, a pesar ser de generaciones diferentes, compartimos una idea muy similar de lo que es el teatro. Yo me formé en la escuela de William Layton, y ella fue alumna directa suya. Eso se nota en la terminología y en la técnica que manejamos.

–Y con el resto del equipo, ¿qué tal se han entendido? ¿Cómo resulta ser 'la hija de Lolita'?

–Somos un equipo pequeño, de cuatro actores, y eso me encanta porque permite crear un vínculo muy estrecho y una comunicación muy cercana, que lo hace todo más fácil. En la obra, la conexión que tenemos es genial y Lolita... qué decir de ella, que es una bestia. Cuando se sube al escenario, parece que se conecta a algo, no sé, al wifi, y entra en el papel de cabeza. Verla, hipnotiza.

La puesta en escena

–¿Cuánto trabajo esconde una obra de teatro? ¿Cuándo empezaron a trabajar en esta?

–Entré en el proyecto en febrero, que hablé con Magüi. Luego, desde junio, no hemos parado, suele ser así. Durante unos 45 días, seis horas al día, ensayo tras ensayo hasta el estreno, y ahí tampoco se acaba.

–A principios de agosto fue el estreno absoluto de la obra en el teatro de Avilés. ¿Cómo fue la respuesta del público?

–Muy buena. El Palacio Valdés, que es precioso, estaba lleno, con unas 800 personas. Y lo cierto es que hasta que no estás allí, frente al público, en contacto con ellos, no sabes cómo va a ser. El teatro necesita de esa respuesta para adaptarse y ver qué funciona más y qué menos.

–Imagino que eso sea algo intrínseco al teatro, que cada representación sea diferente, según el público, el escenario...

–Sí, claro. Hay tipos de público, está el público de los jueves, el de los viernes, el de los sábados. Según su respuesta, la puesta en escena toma uno u otro color. Por ejemplo, si todo el mundo está riéndose, no será lo mismo que si están serios y muy atentos. Ya descubriremos cómo es el de Palencia, que además es un teatro en el que nunca he estado.

–Ha pasado por el cine, el teatro, la televisión... ¿Qué es lo que más le apasiona?

–El teatro me encanta y es con lo que ahora estoy, pero todo son etapas, cada forma espectáculo tiene su funcionamiento, sus códigos y su magia. Del teatro es apasionante lo que tiene de templo, de espacio en el que público y actores hacen un pacto para creerse y vivir una historia durante el tiempo que dura la función.