Navarra tampoco es lo mismo

«Serenar el debate permite reconocer el desafío del pacto del PSOE porque la Comunidad Foral aporta una razón histórica y otra práctica a las aspiraciones independentistas»

La secretaria general del PSN y nueva presidenta de Navarra, María Chivite y el lehendakari, Iñigo Urkullu, se abrazan en el acto de toma de posesión de Chivite como nueva presidenta de Navarra. /Europa Press
La secretaria general del PSN y nueva presidenta de Navarra, María Chivite y el lehendakari, Iñigo Urkullu, se abrazan en el acto de toma de posesión de Chivite como nueva presidenta de Navarra. / Europa Press
Ángel Ortiz
ÁNGEL ORTIZ

La semana pasada traté de explicar en mi carta dominical por qué el pacto de gobierno en Navarra, gracias al cual esta semana la socialista María Chivite ha tomado posesión como presidenta de la Comunidad Foral, no era un pacto como otro cualquiera. Titulé el artículo 'Bildu no es lo mismo' y me refería al hecho de que, en cualquier caso, pero en este muy especialmente por el enorme peso relativo del partido abertzale en el Parlamento navarro, era de una clara asimetría comparar los acuerdos con la formación proetarra y los acuerdos con Vox en otras instituciones. Analistas, tertulianos, políticos –mencioné a Manuel Valls– ven equiparable la vinculación que pueda tener la organización de Abascal con el franquismo y la que une a Bildu con ETA. Estos días hemos escuchado además valoraciones exageradas desde el PP, como la de Cayetana Álvarez de Toledo, que dijo que el PSOE presidirá Navarra «gracias a la abstención de un partido que justifica las masacres del 11-M, Las Ramblas y Bataclán». ¡Qué barbaridad! Incluso víctimas del terrorismo de ETA, como las que rescataba eldiario.es en una de sus informaciones, han cargado contra el PP al considerar que en este caso usan a las víctimas con intereses partidistas. El resumen es que, como con tantos otros temas complejos, sensibles y muy serios, en un momento de extrema fragilidad política de todos los partidos, de sus líderes y de las instituciones, el debate público se diluye en la parafernalia de lo noticioso, lo polémico y lo efectista, pero olvida lo sustancial. Y aquí lo sustancial es grave, por lo que explicaré a continuación.

La historia de España se conoce de sobra en Castilla y León porque este territorio es el principio y origen administrativo de lo que hoy conocemos como España. Se sabe bien qué pasó cuando se casaron en Valladolid Isabel y Fernando –el 19 de octubre próximo se celebrarán 550 años de aquella boda–, cuáles eran los reinos de la época, qué sucedió cuando en 1512 el reino de Navarra, vivo cinco siglos, y aún antes otros dos como reino de Pamplona, pasó a formar parte de la Corona de Castilla. Navarra es una comunidad que arma con sus cadenas una cuarta parte del escudo de España, junto con Castilla, León y Aragón. Su estatuto de autonomía no se llama así, sino Ley Orgánica de Reintegración y Amejoramiento del Régimen Foral. Pero lo más importante es que pesa sobre ella un vestigio propio de las necesarias cesiones y remiendos que hubo que tejer en la Transición, aquella que, por cierto, sirvió entre otras cosas para resolver por vía pacífica el paso de una dictadura de cuarenta años impuesta tras una sangrienta guerra civil. Ese vestigio se llama Disposición Transitoria Cuarta de nuestra Constitución y establece lo siguiente: «En el caso de Navarra, y a efectos de su incorporación al Consejo General Vasco o al régimen autonómico vasco que le sustituya, en lugar de lo que establece el artículo 143 de la Constitución, la iniciativa corresponde al Órgano Foral competente, el cual adoptará su decisión por mayoría de los miembros que lo componen. Para la validez de dicha iniciativa será preciso, además, que la decisión del Órgano Foral competente sea ratificada por referéndum expresamente convocado al efecto, y aprobado por mayoría de los votos válidos emitidos. Si la iniciativa no prosperase, solamente se podrá reproducir la misma en distinto período del mandato del Órgano Foral competente, y en todo caso, cuando haya transcurrido el plazo mínimo que establece el artículo 143». O sea, a los cinco años. Fue muy significativo que en la toma de posesión de Chivite no asistiera ningún presidente regional del PSOE: ni Puig ni Vara ni Lambán ni García Page. Lo fue porque quien sí estuvo fue el lehendakari vasco, Íñigo Urkullu, ya que su franquicia, Geroa Bai, sostiene al PSOE y le aporta varios consejeros. Lo fue, significativo, porque los líderes nacionales del Psoe deberían saber que su partido, que es uno de los elementos primordiales de vertebración del país, con este pacto está homologando las aspiraciones nacionalistas y separatistas de peneuvistas y abertzales. Recordemos qué pasó en Cataluña cuando Maragall primero y Montilla después ocuparon la Generalitat sostenidos por tripartitos con Esquerra e ICV. En el plano meramente electoral, en 1999 sacaban 52 escaños y en las sucesivas citas con las urnas, seis nada menos, los siguientes: 42, 37, 28, 20, 16 y 17. No es que, ni de lejos, la situación en Cataluña actualmente responda solo a ese sello de legitimidad que dio a los nacionalistas el partido que, se dice, más se parece a España, pero sería inocente pensar que aquellos tripartitos fueron inocuos.

¿Qué sucede ahora de especial en Navarra? Al margen de otras valoraciones, forofismos y demás exageraciones, que Navarra dispone de dos singularidades cruciales: aporta al independentismo una razón histórica y una razón práctica. Si el proceso vivido en Cataluña desde 2003 se reprodujera en Navarra, conviene recordar que en el territorio foral sí existe la posibilidad, mediante referéndum constitucional, de cambiar la configuración territorial del país. Esa disposición transitoria cuarta es tan válida, auténtica y constitucional como el artículo 155. Y tanto o más practicable. Pero además, Navarra es la esencia misma de Euskal Herria. El País Vasco guarda 25 escaños para los diputados navarros en su Parlamento, los mismos que tienen ahora Álava, Guipúzcoa y Vizcaya. Ningún proyecto panvasquista en Vitoria cuajaría sin Navarra porque en ese reino comenzó todo. En el momento en que se produjera la anexión, los nacionalistas vascos tendrían la razón histórica de un reino que sí lo fue, pero de verdad. Uno con entidad propia, desde Íñigo de Arista, al margen del reino de España, del reino de Castilla y del reino de Francia. Paradojas de la historia, al otro lado de los Pirineos la Revolución de 1789 –aquello sí que eran las izquierdas– vacunó al país de líos nacionalistas para los restos. Por eso, si en Cataluña se ha llegado al punto en que estamos solo con una consulta de cartón piedra, con un referéndum ilegal y con relatos históricos manipulados... ¿Alguien duda de la gravedad del estado al que se podría llegar con la convocatoria de un referéndum vinculante en Navarra, uno que cambiara de hecho las fronteras internas del país? ¿Luis Tudanca, secretario general del PSOE de Castilla y León, o los presidentes que mencioné antes deberían valorar estos pequeños detalles y mostrar con claridad, al menos ante sus paisanos, qué idea de país prefieren? ¿La que pretenden los diputados de Geroa Bai, Izquierda-Ezquerra y Bildu, que han dado la presidencia a Chivite? No sucederá pronto (el nacionalismo es paciente) ni siquiera se sabe si sucederá o no, pero qué duda cabe de que hoy estamos más cerca de un momento plebiscitario al norte del Ebro que situaría al país ante un desafío descomunal. Y, visto lo visto, de resultado totalmente incierto.