Doñana

«Todo paisaje nos habla y es necesario saber escucharlo. Si tenemos que elegir un paisaje, elegiríamos un atardecer en Doñana, porque allí la luz permanece hasta tarde sin querer irse»

Doñana
Soledad Porras
SOLEDAD PORRASValladolid

La conmemoración el 5 de junio del día dedicado al medio ambiente, a la naturaleza, nos induce a reflexionar sobre uno de los parques naturales más importantes de Europa, el Coto de Doñana. Decir Doñana es hablar de belleza, la naturaleza se ha recreado en este lugar dejándonos uno de los más privilegiados del mundo para gozo de los sentidos y reposo del alma.

Allí se desarrolló la civilización de Tartessos, culta y enigmática, que muchos investigadores han identificado con la Atlántida. En época romana, estas tierras fueron regadas por el vecino mar, dando lugar a una albufera, Lacus Lagustinus, donde sopla un viento del suroeste denominado Foreño.

En Doñana se encuentra ese resultado espléndido de la composición de fuerzas que desde tiempos remotos han ido desarrollando los elementos míticos como la tierra, el viento y el agua, sin olvidar los arenales permanentes y un sistema de dunas único en Europa.

Alrededor paz y silencio, solo las dunas empujadas por el viento avanzan y desvían cuanto se opone a su paso, dando lugar a las llamadas 'cruces de Doñana'. Doñana fue declarado Parque Natural en el año 1979.

Describir Doñana con la pluma o con la palabra es imposible, hay que sentir la inmensidad del parque, su luz, su atmósfera.

Existe un manuscrito del siglo XIV donde por primera vez se citan con carácter de documento histórico las tierras que pasarían a conformar Doñana, que para el rey Alfonso XI constituyó una gran sorpresa, citada en su libro de montería, cuya redacción puede datarse entre los años 1342 y 1348. Precisó que al ser una tierra muy seca solo puede recorrerse en invierno. En el siglo XIII y tras la reconquista de Niebla por Alfonso X, en 1262, el rey sabio hace de las Rocinas lugar de caza y crea las Reales Cédulas; con Carlos V y Felipe II, aparece con los nombres de Coto Real, Real Parque y Palacio de las Rocinas. Tal vez sean válidas las palabras de Juan Ramón Jiménez: «Platero espera, vamos a oír el rumor de la mañana y el bosque de Doñana».

La extensa comarca comprendida entre Arenas Gordas y la desembocadura del Guadalquivir pasa a Alfonso Pérez de Guzmán por donación de Sancho IV; posteriormente, en diversas sucesiones, se traspasa a los Medina Sidonia. Personalidades como Francisco de Goya o la emperatriz Eugenia de Montijo pernoctarán en este lugar. En 1897 el conde de Niebla lo vende para finalmente constituirse en propiedad de los duques de Tarifa. Gracias al biólogo José Antonio Valverde, impulsor de Doñana, se han podido celebrar los cincuenta años del espacio protegido, si bien hay datos de alarma y una llamada de atención a la problemática del parque. El régimen de lluvias, el cambio climático y la pérdida de biodiversidad constituyen un riesgo, a lo que se le añaden los vertidos de la empresa Boliden, el crecimiento del hábitat urbano, el aumento de la población y un plan de irrigación dañino, factores todos que vienen a alterar el equilibrio natural de un espacio que constituye un regalo de la naturaleza.

La creación de la estación biológica de Doñana, se construyó para proporcionar un refugio a las especies en peligro de extinción, entre ellas el lince ibérico o el águila imperial, y que las aves migratorias tuvieran un lugar seguro donde pasar el invierno. La humedad es un componente central en la investigación sobre las aves acuáticas, anfibios, reptiles o invertebrados acuáticos. Y hay que contemplar la costa, las dunas y pinares, así como la laguna pendular, las manchas de pinar introducidas en estos cotos en el siglo XVIII, sustituyendo a los alcornocales que, a medida que se aproximan a la marisma, son mucho más frondosos y llevan en sus copas los vientos y los soles del sur.

En Doñana es bello caminar y caminar hasta el infinito, hasta cansarse y dejar las huellas de las sandalias en los arenales y sentirse libres.

En el desván de nuestra memoria, Sanlúcar, la Bahía de Cádiz y, como Rafael Alberti desear morir en las dunas de Doñana cuando se pone el sol. Nuestra alma está llena de exilios interiores, de vacíos apacibles.

El eminente escritor italiano Enzo Biagi eminente afirmaba en su obra 'Encuentros y adioses' que cuando se era feliz en un lugar, deberíamos ocultar un objeto querido y al cabo del tiempo volver a recogerlo.

Creemos con Dacia Maraini que todo paisaje nos habla y es necesario saber escucharlo. Si tenemos que elegir un paisaje, elegiríamos un atardecer en Doñana teniendo enfrente Bonanza, la desembocadura del Guadalquivir y Bajo de Guía, porque allí la luz permanece hasta tarde sin querer irse. Por la mañana, la bruma marina hace que el paisaje sueñe dormido.