«Apartheid» entre criadas y señoras

Uno de los campos de golf de Nordelta. /Efe
Uno de los campos de golf de Nordelta. / Efe

Empleadas de hogar de una urbanización de lujo argentina se rebelan contra la prohibición de compartir autobús con las dueñas de las casas

MARCELA VALENTEBuenos Aires (Argentina)

Más de 60 años después del gesto de la trabajadora negra Rosa Parks que marcó un hito en la lucha por los derechos civiles en Estados Unidos, empleadas de hogar de una exclusiva ciudad situada a 30 kilómetros de Buenos Aires denuncian ser víctimas de «apartheid». Las dueñas de las casas les exigen que se abstengan de usar el mismo transporte público que ellas y sus familias con el argumento de que «hablan mucho y en voz muy alta y además huelen mal».

Esto está ocurriendo en Nordelta, una ciudad residencial inspirada en las pequeñas urbes cerradas de Estados Unidos. Fue construida a finales del siglo XX para atender la demanda de sectores con alto poder adquisitivo que buscaban un refugio seguro y en contacto con la naturaleza cerca de la ciudad. Está en Tigre, al norte de Buenos Aires, y tiene una treintena de barrios con escuelas, centros de salud, tiendas, bancos, gasolineras y hasta un helipuerto.

Protegidas por muros y alambradas, en viviendas de hasta 4,3 millones de euros junto a campos de golf y lagos donde practican deportes náuticos, viven más de 30.000 personas. Para entrar hay que pasar barreras y someter el vehículo al control de uno de los 340 efectivos de seguridad que custodian las entradas. Los minibuses recorren los barrios y se dirigen al centro de Buenos Aires.

En este escenario es donde a petición de un grupo de vecinos, que administran sus barrios y toman decisiones soberanas, el transporte interno ha dejado de llevar a las empleadas junto a los propietarios de las viviendas. Sólo lo hacen algunos buses y exclusivamente para ellas, lo que implica que la frecuencia, que antes era de 15 minutos, ha pasado a ser de una hora o más.

«Algunas compañeras escucharon a sus patronas decir que no querían viajar con nosotras por nuestra manera de vestir, porque hablamos mucho y porque tenemos mal olor», cuenta una de ellas, que prefiere mantener el anonimato. Ya habían notado que ocupaban el asiento del acompañante con carteras o abrigos para evitar que se sentaran a su lado. Ahora el transporte pasa de largo.

Un pequeño grupo ha decidido impedir el paso del autobús en señal de protesta. «Se corren o las pasamos por encima», les gritó una mujer que viajaba en el transporte. «Les molesta que viajemos en sus micros (autobuses) pero no que sudemos lavando sus pisos o cuidando a sus hijos», respondió la portavoz del grupo. Vecinos de la urbanización han mostrado su rechazo a esta discriminación. «Es gravísimo», denuncia la legisladora Myriam Bregman, que ha presentado una queja ante el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo. «Es inadmisible que en pleno siglo XXI a las trabajadoras se las trate como en EE UU en la década de los 50», se lamentó recordando a la valiente Rosa Parks, que se negó a ceder el asiento a un joven blanco y terminó presa en 1955.

 

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