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El toque mágico de toda la vida

Julio Alcalde lleva tres años al cargo del restaurante El Carpio, en Fuentespina. /A. D. S.
Julio Alcalde lleva tres años al cargo del restaurante El Carpio, en Fuentespina. / A. D. S.

Cocina castellana tradicional con las manitas de cerdo, los callos o las asadurillas en Fuentespina

ANDREA D. SANROMÁ

Calidad y atención, insiste. Tiene claro que estos son los motivos por los que funciona un negocio de restauración en el medio rural, porque «de otra forma» optaría por la ciudad. Julio Alcalde lleva tres años al cargo del restaurante El Carpio, en Fuentespina, un pequeño municipio burgalés (784 habitantes) que por su cercanía a Aranda de Duero (32.535 habitantes) ha conseguido esquivar los estragos de la despoblación que sufren la mayoría de los pueblos de la comunidad.

«Si ofreces calidad y buen servicio, la gente responde y regresa», explica convencido, mientras se dirige a despedir a los últimos clientes de la jornada. Una atención personal y familiar «sin excederse» también ayuda, según su experiencia, a conseguir una clientela fiel, aunque lo que se pone en la mesa es el factor clave. Platos de guisos, alubia blanca, garbanzos, lentejas, sopa de pescado, sopa castellana, parrillada, algún plato de pasta, secreto ibérico, lomo de cerdo a la plancha, pinchos morunos, filetes de ternera, bacalao al ajo, a la riojana, la lubina… Y así va enumerando algunos de los platos que maneja en los menús diarios de la semana. «La mayoría vienen a comer rabo y carrillera de ternera», señala.

Cocina castellana tradicional en la que tampoco faltan las manitas de cerdo, los callos o las asadurillas, ya que «se está intentando mantener la cocina de siempre». Ubicado en la entrada del pueblo y junto a la carretera N-1 (si se entra desde Aranda de Duero), tiene capacidad para 130 comensales, y llaman la atención los grandes arcos de ladrillo que comunican las dos salas, las paredes de piedra y la combinación de colores ocres y azules que le otorgan un aspecto diferente a los locales tradicionales.

«Este es un negocio familiar que ha estado abierto durante muchos años y hemos querido mantener la misma esencia». Dedicado al mundo de la hostelería desde hace varias décadas, Julio, natural de Milagros (460 habitantes), no se resigna a que la dificultad de mantener una actividad empresarial en un pueblo se convierta en normalidad. «El problema de la hostelería es el mismo que el de cualquier otro sector, la gente joven no quiere estar en el pueblo», explica. Para el encargado del restaurante El Carpio el problema está en que no hay «regeneración hostelera rural», porque «ahora llega una generación que se jubila y que no tiene relevo».