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Algoritmos en la mesa

SR. GARCÍA/
SR. GARCÍA
Benjamín Lana
BENJAMÍN LANA

Mientras en este rincón nos dedicamos a cantar las alabanzas del buen género y de las manos más diestras en los fogones, mientras nos hacemos la boca agua los unos a los otros y nos rascamos nuestras hedónicas barrigas, las máquinas más listas van inoculándose en nuestro mundo como los anisakis en la panza de las merluzas.

Se me cae el tenedor y hasta algún pedazo de la boca cuando leo cómo el aprendizaje automático y otras ramas de la inteligencia artificial son ya herramientas con más presente en la cocina que los cuchillos cebolleros. IBM acaba de centrar sus «cinco innovaciones que cambiarán nuestras vidas en los próximos cinco años» en la alimentación. La utilización de redes inteligentes que ahora llaman 'block chain' va a permitir la reducción de los desperdicios de alimentos gracias a la revisión continua de la cadena de suministro alimentario. La tecnología podría hacer posible el históricamente ansiado «del campo a la mesa», de los agricultores a los consumidores, de modo que los primeros puedan saber cuánto plantar de qué alimento y cómo se distribuirá y los segundos tengan la seguridad de que recibirán productos de calidad con una trazabilidad garantizada.

Otras tecnologías como la visión computerizada van a facilitar el monitoreo de la calidad de los productos en las casas y la secuenciación del microbioma –el conjunto de genes de los organismos microscopios– puede contribuir a suprimir las bacterias dañinas presentes en lo que comemos. Los modelos de cultivo virtual democratizarán el acceso a la agricultura más productiva y las nuevas técnicas bioquímicas que ya se están ensayando revolucionarán el concepto y los ratios de lo que ahora entendemos por reciclar.

Todo eso y más es lo que nos va a llegar dentro de nada, al menos si creemos a los tecno-optimistas convencidos de que todas las puertas que abre el conocimiento humano –ahora también el de las máquinas– va a ser utilizado para hacer el bien a la humanidad. Los más escépticos, sin embargo, se alarman y no niegan que todo eso pueda tener lugar, pero dudan de que no vayan a orientarse a objetivos economicistas, cuando no directamente perversos y de control de unos grupos humanos sobre otros, así los llamemos países, empresas o etnias.

Menos tierra cultivable

Dicen los expertos que la población del planeta puede llegar a aumentar hasta un 45% para finales de este siglo y que la disponibilidad de tierras cultivables no se va a ampliar sino a reducir, por lo que el único camino para lograr alimentarnos será dotarnos de sistemas de producción mucho más efectivos. Ya se está trabajando con perfiles de conocimiento y seguimiento de cada árbol, con tratamientos individualizados y visitas in situ con drones, como si se tratara de la mejor medicina para humanos. Los sapiens y las máquinas trabajando juntos para ser más productivos, eso que hasta hace un rato sonaba a ciencia ficción.

Reconozco que me despierta la curiosidad y hasta me emociona pensar que podamos reducir la tasa de alimentos desperdiciados, que actualmente llega al 30 o al 40%, gracias a la cantidad de datos de consumo de los que la industria va a disponer, o que vayamos a poder producir vegetales con menor consumo de recursos hídricos y de suelo, por primera vez limitado e insuficiente para alimentar a la humanidad que viene.

Leo por ahí como un hecho incontrovertible que los robots nos servirán comidas preparadas por máquinas que utilizan recetas creadas por sistemas informáticos que han interpretado la información disponible en redes como Instagram y han afinado los productos y presentaciones de los platos para ser del gusto de las mayorías o de grupos determinados con perfiles similares. Pienso en las fábricas que sustituyan al restaurante después de 200 años produciendo platos elaborados con los ingredientes que más se buscan en las redes o los que reciben más 'likes' y no me siento nada cómodo.

Los sabores

Lo increíble es que la última frontera, la única que parecía inexpugnable, el mundo de los sabores, donde la tecnología no tenía capacidad de intervenir, está siendo también territorio de exploración de la inteligencia artificial. Las máquinas actuales no pueden probar como un humano por lo que crear nuevos sabores e imitar a los conocidos exigía una experimentación larga y costosa. Pero según reconoce IBM en su revista, ya están trabajando con empresas de especias como McCormick, la más grande del mundo, en el desarrollo de nuevos sabores con conocimientos proporcionados por inteligencia artificial que acelera y facilita las combinaciones de gustos disponibles a partir del análisis de millones de datos que permiten crear sabores nuevos con relativa facilidad.

Quizás sea entonces, cuanto todo eso ocurra, cuando peregrinemos a la España vacía, a lugares donde las redes telemáticas hayan dejado de actualizarse por falta de rentabilidad, para encontrar restaurantes aislados donde nos garanticen platos elaborados por seres humanos, copiados de la tradición o fruto de la creatividad de un cocinero que utiliza productos cultivados a la antigua, tan poco eficientes como deliciosos. ¡Qué perversión!

PD. Disfruto del AOVE como un poseso, pero no entiendo por qué en restaurantes del Norte, donde lo natural sería ofrecer una maravillosa mantequilla de la vaca o la cabra del vecino, siguen empeñados en llenarte de oro verde la bacinilla.