«Es hora de que espabilen los programadores de las orquestas españolas»

Pardo, en el festival murciano de San Javier en 2017. /M. Guillén-Efe
Pardo, en el festival murciano de San Javier en 2017. / M. Guillén-Efe

Protagoniza hoy 'Por Bach. Improvisaciones entre el barroco, el flamenco y el jazz' con Hippocampus en el Museo de Escultura

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Frecuenta los escenarios del jazz y del flamenco, no tanto el del barroco al que sube este viernes. Jorge Pardo interpreta con su flauta al Bach que le es más propio junto al ensemble Hippocampus. Premio Nacional de Música Actuales y Mejor Músico de Jazz Europeo, al versátil instrumentista le gusta desaprender cada día. El concierto (20:30h.) acompaña la exposición 'Un moderno entre los antiguos. Baltasar Lobo en la Casa del Sol' en el Museo de Escultura.

–En su primera incursión en el barroco, ¿cómo es la relación con Hippocampus?

–Hay un entendimiento mutuo. Fue Pablo Martín Caminero, contrabajista del grupo y amigo, con quien he colaborado en otros proyectos quien me propuso esta iniciativa. Me ofreció desarrollar mi visión de Bach, que si bien estaba durmiendo en alguna parte de mi ser, se ha despertado y animado por Alberto y los demás. Es un atrevimiento ofrecer mi visión personal.

–¿En alguna momento Bach formó parte de su repertorio?

–Lo he tocado en privado, pero nunca tuve el empuje de interpretar a Bach en público. Todas las músicas que han pasado por mis manos las he hecho a mi manera. Si bien la música popular es más dada a que cada intérprete infunda su aliento, también en la clásica se puede no dar por supuesto los patrones cerrados.

–¿Qué traverso traerá?

–Tengo uno de madera que desde hace años me acompaña y me hace feliz su sonido, los armónicos diferentes, se acomoda muy a mi manera de ver el sonido de la flauta.

–La improvisación es barroca, pero ¿cómo se lleva con el flamenco?

–Para mi Bach es barroco por ser momento en el que hace su obra y vive. Pero en realidad es diferente a los demás barrocos y es único, por eso te lleva a soñar, a tocarlo de mil maneras. El barroco y el jazz tienen la vocación de improvisar, pero no solo esa música, también el flamenco y otras. Así que me remito a la vocación del arte en sí mismo y también de la música, esa que espera que el artista deje su impronta en cualquier momento en el cual está interpretando cualquier obra. La carta está siempre abierta a lo que sucede en el momento.

–Saxofón y flauta, ¿cuándo elige cada uno?

–Es todo anímico. De repente identifico un sonido o melodía con un instrumento u otro.

–Ha roto las fronteras entre estilos, ¿más difícil es romper los prejuicios de los músicos?

–Las fronteras nacen en nuestra educación. Desde que empezamos a aprender las cosas, la educación se encarga de ponernos límites para que todo tenga cierto orden. Pero me gusta mucho el concepto de aprender para desaprender, aprender a convivir con las normas que nos hemos marcado y con las fronteras. Pero las personas, no solo los artistas, debemos de, una vez aprendido, tomar el control y dominio de la situación y dedicarnos a desaprender a volvernos niños primero.

La sorna de Paco de Lucía

–La OSCyL ha tocado recientemente con su amigo Chano Domínguez ¿esas colaboraciones son una puerta abierta a cambiar la recepción de la clásica?

–Hay ciertas estructuras en la política musical nacional y autonómica, que hay que cambiar. Estas experiencias se están haciendo desde hace años en otros países más clásico que nosotros como Alemania, Estados Unidos o Gran Bretaña. Veo que hay un gran escape, sin que suene peyorativo para el estancamiento del repertorio clásico, que a veces parece sota-caballo-rey en las programaciones. Se puede programar música popular, que muchas veces tanto se denosta, para darse cuenta de que hay grandísimos músicos que tienen cabida en esos circuitos tan cerrados. Ya es hora de que espabilen los programadores de las orquestas en España y nos hagan un poco de caso a músicos que trabajamos en otras direcciones que sin duda van a suponer el futuro musical de este país.

–Paco de Lucía, Camarón, Tete Montoliu, Iturralde ¿qué bebió de cada uno?

–Se me viene a la cabeza la frase de Paco que me dijo en broma «estás aprendiendo lo peor del flamenco». A mí me gusta, cada uno aprende lo que coge al vuelo. En todas las disciplinas, de esos artistas –estoy honrado por compartir música con ellos–, uno no toma clases. La clase es escuchar y estar al lado, ir pillando lo que puedes. Eso es lo bonito de la formación, que no es pétrea, sino que coges lo que te va sonando o interesando como artistas. Conformas tu propio universo. Me han enseñado a construir mi propio universo como ellos lo hicieron.

–¿Se ha ido haciendo más bailón, hasta su 'Metaflamencojazz'?

–El baile es la cumbre de la música, una música que se baila es una música que funciona tanto a nivel popular como clásico. Una música bailada es la representación en 3-D de esa música. Acepto que sea bailongo, sí, que la gente baile es lo mejor que te puede pasar.

 

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