Dos deudores castellanos de Rulfo

Agustín García Simón y Luis Mateo Díez, en el café Zorrilla. /Henar Sastre
Agustín García Simón y Luis Mateo Díez, en el café Zorrilla. / Henar Sastre

Luis Mateo Díez y Agustín García Simón conversaron sobre la lenta conquista de una geografía propia, Celama y Hontanalta

Victoria M. Niño
VICTORIA M. NIÑOValladolid

Deudores de su infancia, de su terruño, de Rulfo, de Borges y de Faulkner, así se mostraron ayer dos amigos. Luis Mateo Díez y Agustín García Simón conversaron ante el público de la Feria del Libro de Valladolid, mientras la lluvia volvía a tomar la Plaza Mayor. Castellanos ambos, del valle de Laciana y del páramo de Montemayor, revivieron una Castilla metafórica y una historia que se remonta a comienzos del siglo XX.

El editor García Simón comenzó asaeteando al «maestro» con un elogioso recorrido por la trayectoria literaria de Luis Mateo que comienza en el León de los cuarenta, donde es cofundador de la revista 'Claraboya'. «A partir de la poesía y esa infancia, desarrolla su capacidad descriptiva para rescatar un mundo rural que empieza a desaparecer. El concepto de memoria y el descubrimiento de la narración como forma de metamorfosear sus recuerdos y crear un mundo literario nuevo a través del humor, del mito y el retrato son los puntos de partida de Celama», explicó el autor de 'Cuando leas esta carta, yo habré muerto'. Ese mundo transformado se enmarca dentro de la «escritura realista, en la tradición que va desde la picaresca hasta Jardiel, ya que Luis Mateo se vindica como lector deudor de los mejores escritores españoles». Luis Mateo subrayó de Agustín «su entusiasmo y su amargura, esta última resultado de una reflexión sobre lo mal que van las cosas en España, con el desasosiego de la gente de bien». Yes que ambos han conocido una Castilla más prometedora. En el caso de escritor de Villablino «tuve un pasado montañés, como decía mi padre: 'de la cultura del prado y la mina'.Vivía en un valle cerrado que, sin embargo, tenía una ventana al exterior. Laciana conoció la revolución industrial, los ingenieros que venían de Bélgica, el milagro de Sierra Pambley, ese hijo de la Institución Libre de Enseñanza que con sus escuelas elevó el índice de alfabetización. Gente como él, como Gumersindo de Azcárate, como Julio Senador, tuvieron una visión que prendió en el valle y aquello ayudó a que un niño como yo recibiera ciertos saberes ilustrados», aunque después esas escuelas y valores «fueron arrasados por Franco». Entre el público, historiadores como Rafael Serrano, experto en el momento referido por Díez, y Teófanes Egido, el modernista con el que cuenta Simón para sus inmersiones en el Archivo de Simancas.

Leyendas universales

Díez recordó las leyendas de sus filandones y una en concreto, la del la niña perdida, que rememoró tiempo después «siendo mozo estudiante en Madrid. Me llevó un amigo al cine, con el jersey de ir a las películas de arte y ensayo, es decir puesto al revés. Cuando vi 'El manantial de la doncella', de Bergman, me di cuenta de que era el mismo cuento que mi pueblo». Y volvió a la obra de su amigo, en sus inicios más entregado a la historia que a la literatura. Del libro testimonial de 'Valcarlos', al ensayo sobre la muerte de Carlos V, 'El ocaso del emperador'. «La Castilla desamortizada y malvendida es el sustrato de sus novelas». Y pasó la pelota a Simón que le interpeló sobre su salto del cuento a la novela. «El cuento es la matriz de ficción, el género narrativo estricto. Hay una idea, una imagen y una palabra que se ponen en marcha y de repente una idea narrativa te lleva a un destino, que pide otra dimensión». Y el maestro de los cuentos escribe 'Las estaciones provinciales'. «Mis personajes necesitaban una geografía y de ahí surge mi provincia imaginaria». Ese territorio «no nace espontáneamente sino que es un espacio que se va conquistando», y entonces entrega el relevo a su compañero: «¿Qué es Hontanalta?». Y el autor de 'La herida del tiempo' reconoce su ventaja respecto a Díez, Rulfo o Márquez. «Tuve amigos, muy leídos, con Antonio Basanta y tú a la cabeza, que me incitasteis a ello. Tú dices en un ensayo que 'uno tiene que hablar de sí mismo porque más allá no sabe de nada'. Y Hontanalta fue un recurso para hablar de mi infancia, de mi paisaje, de mis pasiones, que están allí mismo». Y siguieron citando a Borges, y a Chéjov, y de ahí a sus preferencias entre los escritores rusos, y hubieran seguido, de haberles dejado. Eran dos amigos hablando de lo que les es propio.

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