Unamuno y Cossío: «Usted es sospechoso»

Miguel de Unamuno posa junto a algunos lugareños durante su destierro en la isla de Fuerteventura. /Archivo Cabildo Fuerteventura
Miguel de Unamuno posa junto a algunos lugareños durante su destierro en la isla de Fuerteventura. / Archivo Cabildo Fuerteventura

Desde las páginas de El Norte, Cossío se mostraba como un furibundo defensor de los autores del 98

Carlos Aganzo
CARLOS AGANZO

hay que llegar a lo alto! Peñas arriba, los 59 años de don Miguel de Unamuno pesan en las piernas y en el fuelle. Aun así, rechaza taxativamente el auxilio de las caballerías. En el ascenso le acompaña un joven Francisco de Cossío, veintitrés años menor que él. Vienen caminando desde la Casona de Tudanca, el santuario cultural de su hermano, José María de Cossío, en Cantabria. ¡Hay que llegar a lo alto! Así que alcanzan la cima, contemplan el paisaje. Y Unamuno se aplica a su costumbre: poner espalda en tierra para perderse entre las nubes. El pensador está una vez más en el ojo del huracán. Se ha librado por los pelos de una condena de dieciséis años de cárcel por injurias al Rey. Busca sosiego en este caserón montañés por el que pasarán más tarde Lorca, Miguel Hernández o Alberti, quien escribirá aquí buena parte de 'Sobre los ángeles'.

No fue ésta sin embargo, la única coincidencia entre los dos escritores en ese mismo año de 1923. El 10 de mayo, Francisco de Cossío publicaba en El Norte de Castilla una elogiosa 'Glosa' a la lectura que cinco días antes había protagonizado Unamuno en el Ateneo de Valladolid. El autor de 'La tía Tula' leyó entonces los versos de sus 'Rimas de dentro', que su hermano José María publicaría en su colección 'Libros para amigos' con el número 4. Desde las páginas de El Norte, Francisco de Cossío se mostraba desde hacía tiempo como un furibundo defensor de los autores del 98, especialmente de Valle y Azorín. También de Unamuno, a pesar de que éste le escribiera un poco más adelante: «Yo no soy de la generación del 98; creo que no soy de ninguna generación (…) He arado solo, demasiado solo». No le faltaba razón.

Sólo unos meses después de aquel encuentro vallisoletano, el 13 de septiembre, el capitán general de Cataluña, Miguel Primo de Rivera, encabezaría un golpe de Estado propiciado, fundamentalmente, por el desastre de la guerra de Marruecos. Un desastre que, en la cabeza del que enseguida se convertiría en dictador, tenía un responsable claro: el entonces ministro de Estado y propietario de El Norte de Castilla, don Santiago Alba. Alba se exilió en Francia. Y Cossío y Unamuno quedaron a partir de entonces sólidamente unidos no solo por su amor a la literatura, sino también por su férrea oposición a Primo.

En 1924, Unamuno será desterrado a Fuerteventura. A pesar del indulto, decidirá seguir los pasos de Alba y pasar al otro lado de los Pirineos. Y en París se volverá a encontrar con Cossío, a quien le habían dado el soplo de que el Gobierno tenía la intención de deportarle a Larache. Cossío se librará de este intento, pero no del siguiente. Al final, un artículo publicado en 'La Razón' de Buenos Aires le valdrá el confinamiento en la fortaleza-penal de la isla de Isabel II, en Chafarinas. Una experiencia que contará después en sus 'Confesiones'. Y también en el ensayo 'París-Chafarinas, cuatro expatriados-cuatro desterrados', reseñando las peripecias del cuarteto que completaban Blasco Ibáñez y el infante Don Jaime de Borbón. En Chafarinas Cossío coincidirá con Salvador Vila, un contestatario que pasaba precisamente por ser el alumno más aventajado de Miguel de Unamuno.

Con el mismo entusiasmo con el que recibieron la caída del dictador en 1930, Cossío y Unamuno celebraron enseguida el advenimiento de la Segunda República. Para el bilbaíno, repuesto en el rectorado de la Universidad de Salamanca, comenzaba «una nueva era». Y terminaba «una dinastía que nos ha empobrecido, envilecido y entontecido». Para el segoviano, a la sazón amigo de Azaña, llegaba el nombramiento como director de El Norte, en sustitución de su amigo Federico Santander.

Tardarían poco en cambiar de opinión. En 1933 Unamuno decidió no presentarse a la reelección en Salamanca. Y aunque al año siguiente fue nombrado ciudadano de honor de la República, no quiso esconder sus críticas abiertas a la reforma agraria o a la política religiosa de Azaña. A Cossío, su censura permanente al Gobierno le valió la suspensión del periódico durante cuatro días. El enfrentamiento abierto con los últimos gobiernos republicanos propiciaría que, una vez más, Cossío y Unamuno coincidieran. Esta vez en su defensa de la rebelión militar. Ahora Cossío habla del alzamiento del 18 de julio como de una «epopeya moderna». Y Unamuno no sólo acepta el acta de concejal que le ofrece el alcalde sublevado, el comandante Del Valle, sino que hace un llamamiento a Europa para que apoye a los rebeldes, defensores de la civilización occidental…

Y de nuevo, tras la euforia, la decepción y la toma de conciencia. Unamuno asiste en Salamanca en 1936 al encarcelamiento o al asesinato de algunos de sus amigos más cercanos, como el último alcalde republicano Prieto Carrasco. En el mes de octubre le pide a Franco que interceda por ellos. Pero es inútil. El día 12, en la Fiesta de la Raza, se produce su histórico enfrentamiento con Millán Astray: «Venceréis, pero no convenceréis». Diez días después es ejecutado Salvador Vila, que ya no era el estudiante revolucionario de las Chafarinas, sino el rector de la Universidad de Granada. Es entonces cuando Unamuno le escribe a su amigo para prevenirle: «Usted es sospechoso. No creo que vayan a fusilarle a usted, pero acaso a confinarle o retenerle confinado en su casa, como me retienen en la mía».

Acuciado por la censura, el editorial de El Norte del 2 de enero de 1937 trataba de dar una de cal y otra de arena ante la muerte de Unamuno. Decía, por un lado, que el escritor «iba creando disidencias por donde pasaba, hasta adquirir una silueta de extravagante y solitario incapaz del diálogo». Pero por otra reclamaba respeto hacia él, como «uno de los españoles que más afirmaron fuera de España las esencias de nuestra cultura y de nuestra tradición». A Cossío no le sirvió de nada asegurar en su novela 'Manolo' que Azaña, Alcalá Zamora y Portela Valladares eran los tres nombres «más funestos que ha tenido la historia de España». Ni siquiera viajar con Giménez-Arnau , Josep Plá y Manuel Aznar a Barcelona para rebautizar a 'La Vanguardia' como 'La Vanguardia Española'. La campaña de acoso y derribo por parte de sus competidores directos, el falangista 'Libertad' y el católico 'Diario Regional', terminaría dando sus frutos. Cossío fue depurado en 1943, sospechoso de un liberal. Un enemigo del régimen. Como le había advertido el viejo profesor. La penúltima vuelta de tuerca.