Isabel Gemio y las enfermedades «peores que el cáncer»

Isabel Gemio, con Enrique Cornejo./Henar Sastre
Isabel Gemio, con Enrique Cornejo. / Henar Sastre

a periodista y presentadora presenta en el Teatro Zorrilla 'Mi hijo, mi maestro'

Samuel Regueira
SAMUEL REGUEIRAValladolid

Fue Josep Carreras quien le enseñó a Isabel Gemio para qué sirve realmente la fama. El tenor puso su nombre y su legado al servicio de una fundación que persigue ayudas, financiación y visibilización para la leucemia; en la misma línea, una comunicadora de la trayectoria de Isabel Gemio se vio ante la tesitura de dar ese mismo paso de bautizar a una fundación, esta vez en torno a la investigación de la distrofia muscular y las enfermedades raras, a raíz de un drama personal que sacudió los cimientos de su propia vida familiar. La presentadora habló este jueves de esta historia en el marco de la presentación de su libro 'Mi hijo, mi maestro', desde la sala principal del Teatro Zorrilla en un nuevo acto del Aula de Cultura de El Norte de Castilla, patrocinado por Obra Social La Caixa con la colaboración de la Junta de Castilla y León.

Enrique Cornejo, director del Zorrilla, se reservó unos minutos de bienvenida para reivindicar el teatro mismo como un «templo de la cultura», y destacó, de la invitada, «su alta personalidad, su sensibilidad y su humanidad».

«Antes que empresarios, médicos o periodistas somos personas», comenzó Gemio, que arranca su libro con la adopción del niño, los trámites y el posterior diagnóstico que le hacen de la dolencia incurable a Gustavo, la conocida como enfermedad de Duchenne, una distrofia muscular enmarcada dentro del mundo de las enfermedades raras. «Todo el mundo habla del momento decisivo que les cambia la vida; algo como esto, para lo que nadie está preparado, no solo te la cambia: te la rompe».

«El paisaje de las enfermedades raras es desolador, y hace veinte años resultaba mucho más terrible que lo que tenemos hoy», expuso. Gemio, en sus pesquisas, no solo hubo de comprobar que su drama no era tan único y especial como en el primer momento pudiera haberle parecido, también que el mal que aquejaba a Gustavo no era, ni mucho menos, el más terrible de los que podría haber tenido: «Las enfermedades degenerativas son peores que el cáncer, porque en el cáncer el hijo vive o muere, y en estas es como una cárcel perpetua donde ves cómo la vida se va apagando poco a poco».

«Es posible ser feliz en medio de tanto dolor, al ver a un hijo del que aprender, que se considera un afortunado», trató de suavizar. «Todos podemos hacer algo, sin necesidad de que nos ocurra algo dramático», dijo acusando una falta de solidaridad que apenas despunta ocasionalmente, a golpe de impulsos: «Estamos muy lejos de los países más generosos», se lamentó.