Elecciones EEUU

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Las elecciones estadounidenses son un observatorio privilegiado para para estudiar y poner en práctica nuevas tendencias en la comunicación y los medios. En 2012 presenciamos el aterrizaje de los “big data”, la “geolocalización”, los móviles y el iPad en estrategias y campañas. ¿Cuáles son las novedades que aporta el duelo entre Clinton y Trump? ¿Qué podemos aprender de esta campaña volátil y polarizada cuando aún estamos tan cerca de los hechos? En estas elecciones puede que el aprendizaje tenga más que ver con los contenidos que con los medios o canales. En cierto modo, en la victoria de Trump se puede aprender una antigua lección: lo importante no es qué decimos, sino qué entienden los demás. El público es el verdadero centro de la comunicación, no los medios o las “élites”. La aparatosa derrota del “establishment” (también el “establishment” mediático) merece un análisis más atento que escapa el alcance de estas líneas.

La pregunta que muchos se hacen hoy es ¿cómo ha podido ganar Donald Trump? Es una pregunta lógica para los que han seguido la campaña en los medios tradicionales europeos, que, en general, se han mostrado favorables a Clinton siguiendo sus propias inclinaciones y el consenso general de las encuestas que daban a la candidata demócrata tres puntos de ventaja (un dato que está dentro del margen de error, como señalaron expertos como Nate Silver).

¿Qué sabía el equipo de Trump que no sabía o no entendió el de Hillary Clinton? Parafraseando a Alejandro Navas, sabía que había un malestar de fondo; que Clinton no encandilaba al electorado y tenía un techo; que había ciudadanos irritados con los dos grandes partidos y podía crearse un espacio nuevo. No hay que olvidar que parte de la campaña de Trump ha sido contra el Partido Republicano. Trump también sabía que no todos los demócratas estaban convencidos después de unas primarias donde Bernie Sanders había ganado 23 estados; que según las encuestas más del 60% de los estadounidenses consideraba que el país iba en la dirección equivocada; que el mapa electoral está en movimiento y es posible ampliarlo… En otras palabras, que existía una opinión pública distinta a la opinión publicada, una “mayoría silenciosa” que se expresa por cauces distintos a los tradicionales.

Nada ha podido con esa corriente: ni la intensa dedicación de un presidente con notables índices de aprobación como Barack Obama; ni el apoyo entusiasta y brillante de Michelle Obama, la carismática Primera Dama; el vicepresidente Biden y Bernie Sanders, su antiguo rival; ni el apoyo de astros de la música y el deporte como Beyoncé, Jay-Z, Katy Perry, Bon Jovi, Bruce Springsteen o LeBron James; ni el compromiso de Hollywood y gran parte de Silicon Valley con Hillary Clinton; ni el apoyo editorial explícito de 40 diarios, comenzando por el New York Times y el Washington Post, referentes de la prensa estadounidense.

Hay muchas otras lecturas e investigaciones que habrá que hacer. Pero al final, Kellyanne Conway y los demás gestores de la campaña de Trump han sabido conectar con un público que no está en los medios tradicionales y dispone de sus propios cauces de difusión de ideas. Los que nos dedicamos a la comunicación sabemos que siempre pueden producirse sorpresas. Pero se puede decir que hay algo que no cambia: el público está en el centro. Tenemos que seguir siempre aprendiendo a comprender su contexto, a conectar con sus afanes y sus necesidades. A escucharle.