Castrillo de Duero recrea ante cientos de visitantes la boda del 'Empecinado'

El templo estuvo lleno a rebosar de invitados a la boda del Empecinado. AGAPITO OJOSNEGROS</p><p>/
El templo estuvo lleno a rebosar de invitados a la boda del Empecinado. AGAPITO OJOSNEGROS</p><p>

Una ruta teatralizada, con galas goyescas, acompañó al héroe de la Guerra de la Independencia hasta sus esponsales en la iglesia

Agapito Ojosnegros Lázaro
AGAPITO OJOSNEGROS LÁZARO

Por sexto año, Castrillo de Duero se puso este sábado sus mejores galas para celebrar la boda del que es su hijo más ilustre, Juan Martín Díez el 'Empecinado'. Los vecinos de la localidad se fueron por la tarde de boda con la recreación de los responsales del héroe de la Guerra de la Independencia con Catalina de la Fuente, natural del cercano pueblo burgalés de Fuentecén. La asociación vecinal Empecinados por Castrillo de Duero y la asociación vallisoletana Cultyocio unieron esfuerzos para organizar y revivir la boda, que convierte las calles de la localidad en un improvisado escenario teatral. Sobre un guión base, los organizadores proponen cada año novedades que enriquecen la actividad.

Se trata de una teatralización en la que las diferentes escenas y diálogos se suceden en un recorrido por el municipio. No falta el humor ni a lo largo de la ruta, ni el momento cumbre, cuando los novios se dicen el sí quiero en la iglesia parroquial de Nuestra Señora de la Asunción, templo que conserva una cabecera románica. Ataviados con las mejores galas de la época de Goya, los 57 vecinos que recrearon la boda se citaron a media tarde en la Plaza Mayor donde, en festiva comitiva, partieron para recorrer distintas calles para pregonar la feliz noticia e invitar a todos a la boda. Y, por supuesto, para lo más importante: acudir a buscar a los novios y padrinos a sus viviendas para emprender la empinada ascensión a la iglesia donde, abarrotada de público, tuvo lugar la boda.

Entre los participantes, , quien ejerció de alcalde de Castrillo en época del Empecinado.La comitiva partió de la Plaza Mayor hacia la entrada del pueblo, donde un corro de niños jugaba a la rueda y el pregonero anunciaba los esponsales, invitando a todos al convite a la vez que lanzaba unas monedas que la madre del Empecinado regaló a los vecinos «para que comprasen mulas y tierras que labrar». De ahí la comitiva pasó y se detuvo ante una fragua, una cantina y junto a unas hilanderas, cuyos personajes conversaban sobre el gran acontecimiento y sus protagonistas.

A continuación, se fue a buscar al novio, que del brazo de la madrina salió en busca de la novia, a quien rondó cantándole una canción bajo el balcón en el que le esperaba. Tras ello, y apurándola, ya que «no sea que el cura se vaya, pues tiene otra boda en otro pueblo», el cortejo llegó a la iglesia, donde se consumó el casamiento, no sin un susto cuando el cura dijo aquello de «Si alguien tiene algo que decir…», pues una joven exclamó: «¡Yo!», sentándose ante la suplicante mirada del novio.