«Si duermes en la calle, arriesgas tu vida todas las noches»

Jesús mira por la ventana de su piso, cedido por Intras hasta que logre su reinserción. /ALBERTO MINGUEZA
Jesús mira por la ventana de su piso, cedido por Intras hasta que logre su reinserción. / ALBERTO MINGUEZA

Jesús dormía al raso en el paseo de Zorrilla, se lavaba en el Campo Grande... la Fundación Intras le facilita un piso como primer paso para su reinserción

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

Donde para Jesús ahora hay un techo (con su lámpara, sus esquinas, su moldura de escayola), hasta hace tres meses tan solo el cielo estaba ahí arriba (con sus lluvias, sus estrellas, la niebla y la intemperie). Se quita hoy el pijama como antes se sacudía «la escarcha de los hombros». Comienza la jornada bajo la ducha, que hace unos meses sustituía con el chorrito de una fuente del Campo Grande. Desayuna caliente la leche que con suerte antes bebía a morro del tetrabrick. «Mi casa era el DIA del paseo de Zorrilla», asegura Jesús Álvarez (Valderas, 1972), el primer beneficiario de un programa pionero en Castilla y León que ofrece acompañamiento y vivienda a personas con enfermedad mental y sin hogar, una «doble exclusión» que El Ayuntamiento, a través de la concejalía de Servicios Sociales, y la Fundación Intras se han propuesto combatir.

El Instituto Nacional de Estadística (INE) dice que el 17% de las personas sin techo presentan algún tipo de trastorno mental. Que son más hombres que mujeres, ya que ellas suelen «evitar la calle, buscarse recursos, por el peligro que pueden correr, vinculado con la violencia de género o la prostitución». Así, entre las mujeres que duermen en la calle, suele ser más profunda la enfermedad que padecen, en comparación con los hombres. El 48% presentan problemas por abuso de sustancias. El 30%, por alcohol.

Lo explica Teresa Orihuela, directora técnica de Intras, entidad que gestiona los dos pisos con los que ha comenzado este programa en Valladolid. «Se ha invertido la forma tradicional de intervenir, que comenzaba con el tratamiento, el internamiento y luego la oferta de una vivienda temporal hasta hallar la casa definitiva. Con este modelo, el piso es lo primero. Y los resultados, allí donde se ha implantado (tiene su origen en Estados Unidos), son mejores, entre el 75%y el 98% de inclusión. En la calle no hay posibilidad de mejora», dice Orihuela. Porque no hay seguimiento de la medicación. Porque no hay tratamiento. Porque no hay futuro ni voluntad de mejorar. Solo hay noches infinitas al raso.

Eso pensaba Jesús cuando amontonaba su «macuto, cuatro ropas, un peine y un bote de champú» junto al DIAdel paseo de Zorrilla.Allí estaba su 'casa'. No iba al albergue. «Siempre lo he dicho: si duermes en la calle, arriesgas tu vida todas las noches. Es mejor hacerlo en un sitio por el que pase gente, las patrullas de la Policía. Por eso me quedaba siempre por el paseo de Zorrilla», recuerda. El sábado 25 de agosto, de madrugada («cuando el Valladolid jugó con el Barcelona»), sufrió un brutal ataque en la calle Santiago.Tres personas («hablaban en inglés») le partieron dos dientes. «En la calle lo he pasado muy mal. Lo único que quería era desaparecer del mapa», dice hoy en la casa de alquiler sufragada por Intras hasta que logre Jesús rehacer su vida, encauzarla por un lecho que un día se desbordó.

–¿Qué pasó?

Cuenta Jesús que de su padre, Eugenio, se quedó con «el humor y la capacidad de trabajo» y que de Ciriaca, su madre («aunque si le llamabas así, te sacaba los ojos; prefería Nina»), heredó «los nervios». «Apenas salía de casa, se encerraba cuando tenía muy fuerte la depresión». Fue el pequeño de los cinco hijos que tuvo la pareja. «Yo nací porque se me murió una hermana. De pequeña. De meningitis. Era la segunda. Mis padres quisieron tener otra niña. Fueron a por más, pero todos vinimos varones. Y conmigo se pararon». La familia tenía una taberna, trescientas cerdas de cría, 22 hectáreas de terreno, vendían uva, gaseosas... «Podía haber vivido muy bien, pero...».

En 1993, Jesús se marchó de casa, de aquel pueblo de León, «para no ver sufrir a mis padres y no tener que robarles... Me fui a robar fuera». La droga, la heroína, el consumo y trapicheo. La mujer que dejó embarazada y con quien se fue a Francia a vivir. «Allí me desintoxiqué, empecé el tratamiento de metadona. Estaba en un pueblo a 15 kilómetros de Clermont-Ferrand, me hicieron tres contratos de media jornada en el Ayuntamiento: segaba el césped, abría zanjas. Estaba feliz con mi familia, pero...».

–¿Pero?

Volví a la mierda. Me puse a venderla. Me venía a Valladolid, la compraba por tres mil pesetas y allí en Francia la colocaba siete veces más cara. Hasta que los vecinos me denunciaron y tuve que salir. Dejé 150.000 francos a mi mujer y me marché a Barcelona, donde tenía un hermano. Empecé a trabajar en la construcción. Me han dado oportunidades, pero la pifié de nuevo. Las cosas de mi cabeza.

Otra vez la droga. Agresiones serias. Delitos que lo llevaron a la cárcel. «Allí hice planes. Cuando saliera, quería trabajar con mi padre en la chatarra. Pero seis meses antes de que dejara prisión mi padre murió.Entré en una depresión muy grande. Otra vez empecé a estar mal. Me daban ataques. Me autolesionaba. Me intenté matar. Al pueblo no quería volver porque allí era el delincuente. Si pasaba algo en la zona, ya tenía a la Guardia Civil en la puerta de casa».

Jesús, en una de las habitaciones de su nueva casa.
Jesús, en una de las habitaciones de su nueva casa. / ALBERTO MINGUEZA

Pasó una temporada en Madrid –«estuve por malos sitios, barrios de esos»–, lo intentó en Barcelona, recaló luego en Zamora («ya dormía en la calle, en las pensiones me conocían, me robaron la documentación...) y terminó por llegar aquí, a Valladolid. A ese rincón con manta y un gurruño con sus cosas en el Paseo de Zorrilla. «Desde que salí de la cárcel he perdido veinte kilos. Llevaba veinte años con la medicación psiquiátrica y la dejé de tomar porque los efectos secundarios no me venían muy bien. No tenía dinero. Cobro 430 euros al mes, pero entre las multas y lo poco que compro para comer...».

Hasta que un día...

«Yo estaba pidiendo en el Paseo de Zorrilla cuando se me acercó una mujer rubia que me preguntó que dónde estaba la Universidad. Yo le dije: 'No soy de Valladolid, pero he oído que está por allí'. Me dijo que si le podía acompañar. Me levanté, cogí todos mis trastos y fui con ella hacia la catedral. Eran las once de la mañana. Y me invitó a desayunar», recuerda.

«A la semana siguiente, volvió a aparecer junto con otra persona. Se sentaron conmigo.Me invitaron a desayunar. Yo estaba alucinando porque nunca nadie se había preocupado así por mí. La gente te echaba de vez en cuando una moneda, casi sin mirarte, sin preguntar. Yo les conté lo que ellas ya sabían, que vivía en la calle, y lo que no: que había estado en la cárcel y no quería volver, que había vivido en la droga y quería salir, que estaba en tratamiento de metadona, que no tenía dónde ir».

Esa mujer rubia es Silvia Pascual, coordinadora en la Fundación Intras del programa de atención a personas sin hogar con enfermedad mental. Recorre las calles, los portales, los cajeros de la ciudad para saber dónde pasan la noche los vagabundos aquejados de problemas de salud mental.Y a partir de ahí, despliega un plan de intervención para conseguir que se acerquen a los recursos públicos (albergues, comedores, centros de día)o que participen en planes pioneros como el que ha estrenado Jesús.

Un día, a mediados de enero, a las puertas del supermercado, Silvia le comentó: «Jesús, tenemos que hablar contigo seriamente». Dice Jesús que pensó: 'Vaya, lo bueno se acabó'. Fueron juntos hasta una cafetería de la calle María de Molina. «Allí me dio un sobre y me dijo: 'Esto es para ti'. Yo no sabía qué pensar porque vi que estaba llorando. Recuerdo que le dije que no estuviera triste, que en la vida hay que reírse. Y cuando abrí el sobre, vi que había unas llaves. 'Son las llaves de tu piso'. Yo les dije que no podía pagarlo, que cómo iba a hacer frente a los gastos». Desde Intras le explicaron que no se preocupara, que ellos se harían cargo de las facturas hasta que él pudiera rehacer su vida.

«Cuando entré por la puerta, cuando vi la vitrocerámica y todo, pensé:'¡Madre mía'. Menudo pisazo. '¿Aquí voy a vivir yo?'». Solo, además. «Eso lo agradecía. Había pasado demasiado tiempo entre gente antisocial, como era yo, y quería salir de eso. Vivir con gente normal, en un bloque de pisos normal». A partir de aquí, Jesús ha comenzado a rehacer su vida. Se sometió a análisis de sangre («me sacaron 23 botes, por lo menos, y no me mareé»), siguió con la metadona y recuperó el tratamiento psiquiátrico, las terapias de salud mental.Ahora lleva gafas.Ha renovado su documentación (el DNI), está en trámites de empadronamiento. «Quiero salir adelante, que me suban las defensas, eso lo primero. Y trabajar, quiero trabajar en la obra, en lo que salga, quedarme aquí en Valladolid».

Y quiere echar una mano, colaborar con Intras («ellos me han sacado del hoyo») para «ayudar a la gente que está en la calle y que pasa por lo que yo pasé». Acompaña a los psicólogos y técnicos de la asociación en su recorrido por la ciudad para animar a los sin techo a recurrir a los servicios (como centros de día) que les ayuden a abandonar la mendicidad. «Otro de mis objetivos es ir al pueblo, aunque muchos me quieran ver lo más lejos posible, y conocer a mi nieto. ¡He tenido un nieto! En Francia. Ojalá algún día lo pueda ver».

Reconocen en Intras que no es fácil poner en pie un programa de este tipo, que ofrece vivienda a los sin techo con enfermedad mental como palanca para provocar en ellos un cambio que les permita recobrar una vida normalizada. «Este es un proyecto de baja exigencia para conseguir mejores resultados. Se apoya a las personas, pero no se les exige de entrada un tratamiento. Si se hace a través de imposiciones (como no haces esto, no te damos esto)se consigue muy poco», explican Teresa Oirhuela y Silvia Pascual (de Intras). «Cuando a las personas se les da una oportunidad, les cambia la vida», indica Rafi Romero, concejala de Servicios Sociales.

El convenio suscrito entre Intras y el Ayuntamiento es de 35.920 euros (en dos años), para el programa de centro de día y para sufragar los gastos de la vivienda hasta que Jesús (hay también una mujer en otro piso)pueda coger las riendas de su vida. «La idea es facilitar una vida digna y acompañar a la persona para que, a su ritmo, asuma todo este proceso de cambio», apunta Romero. «Nuestra intervención tiene una fase de detección (les buscamos en la calle, en recorridos nocturnos y diurnos), vínculo (entramos en contacto con ellos para saber por qué no acceden a los recursos), acompañamiento para, finalmente, conseguir la autonomía», enumera Pascual.