El cura que ofrece a los presos de Valladolid una almohada para los sueños de libertad

Valentín Díaz Velasco, párroco de Villanubla y capellán en el centro penitenciario de Valladolid. /H. SASTRE
Valentín Díaz Velasco, párroco de Villanubla y capellán en el centro penitenciario de Valladolid. / H. SASTRE

El capellán de la prisión de Villanubla atiende un piso de acogida para los condenados que salen unos días de permiso

Víctor Vela
VÍCTOR VELAVALLADOLID

En la mesilla de noche hay una lata abierta de pepsi light, una servilleta de papel, a sus pies una mochila gris y sobre la almohada descansan sueños de libertad. Aquí, en este cuarto casi desnudo, con colcha regalo de banco y vieja tele (de las de chepa en la espalda), aquí duerme sin barrotes durante seis días –solo seis días– un hombre que cumple condena en la prisión y que disfruta de su permiso gracias a la entrega, el empeño y la solidaridad de Valentín Díaz. Valentín es el capellán de la cárcel (todos le llaman padre allí), el cura de Villanubla, el sacerdote que arregló un piso sobre la iglesia del pueblo para acoger a los presos que no tienen dónde ir cuando disponen de unos días fuera de prisión.

Por un cuarto como este (hay tres en el piso, con cocina, salón y dos baños) han llegado a pasar hasta veinte personas al año. Eran los tiempos en los que no existía aún el Centro de Integración Social, el CIS, dependiente del Ministerio del Interior y abierto en la Cañada Real de Burgos en 2011. Eran épocas en las que dice Valentín que se encontraba mejor de salud (acaba de superar un bache, con los riñones dándole guerra). Eran otros momentos... Pero todavía hay presos que confían en él, que prefieren este cuartito en Villanubla para aprovechar unos días de libertad.

Valentín Díaz Velasco (Serrada, 1946) estuvo a punto de no ser sacerdote. Que no tenía vocación, le decían en el seminario, donde le hicieron esperar un año antes de la ordenación. Su padre emigró a Asturias para trabajar en las minas; murió, arrollado por un tren, cuando él tenía diez años. Valentín empezó a trabajar en la huerta desde muy joven, pero pronto se fracturó el brazo izquierdo al caer de un burro. Tuvo que refugiarse en los libros para labrarse el futuro que no encontraría en el campo. Durante su etapa en el seminario, atendía además a los menores del antiguo orfanato municipal.

«Creo que de aquellos años viene mi interés por ayudar a los demás, a quienes no se lo han puesto fácil, a los que no tienen otras personas a quien acudir», dice Valentín, titulado en Magisterio, en Química, en Derecho. «Soy muy aficionado a las ciencias, a la fisica cuántica, me hubiera gustado estudiar más sobre eso. Leo mucho, mucho. La vida puede pasar, la materia puede apagarse, pero la mente permanece, no muere. La mente, el espíritu, aunque tiene un sustento material, no lo es.Ese es el mayor misterio del ser humano, de eso es de lo que más trata la religión», afirma Valentín.

De su gusto por la lectura y el saber da muestra este piso de acogida en Villanubla. Hay estanterías llenas con todos esos libros que ya no le caben en casa. Las sillas llegaron de la donación de una sucursal bancaria que cambió de mobiliario. Con ayudas de fieles de Villanubla (y del propio bolsillo del párroco)se compró el microondas, la plancha... La parroquia se hace cargo de la luz. «Durante años tuvimos una asociación con la que atendíamos a los hijos de las madres extranjeras que estaban en prisión y se encontraban más desamparadas», cuenta Valentín. Ahora, la mayor parte de los usuarios son varones, adultos sin familia cerca, sin otro apoyo que el de Valentín para esos días en los que, por su buen comportamiento, pueden salir unas horas de prisión.

«Cuando digo que soy el capellán de la cárcel (desde 1996), la mayor parte de la gente se piensa que soy la persona que se encarga de decir la misa. Solo la misa. Pero eso es casi algo puntual. Lo más importante de mi trabajo en prisión es hablar. Hablar. Acompañarles. Convertirse no sé si en un amigo, pero sí en alguien de confianza. Compadrear con ellos y ofrecerles consejo». Todas las mañanas se acerca hasta el centro penitenciario. Allí departe con presos y funcionarios. Comparte impresiones con los trabajadores sociales. «Ellos saben de sus problemas, de los que tienen apoyo fuera y de los que no. Trabajo de acuerdo con ellos». Si alguno obtiene un permiso y decide que prefiere el piso de Valentín antes que el CIS, el sacerdote se hace cargo de él. Con su Peugeot 208 blanco lo acerca hasta la comisaría de Las Eras (para firmar al salir y al volver a prisión) y después, al piso de acogida.

«Suelen aprovechar esos días de libertad para hacer papeleo, para renovar el DNI si tienen que hacerlo, para comprarse algo de ropa, para bajar a Valladolid en el autobús y allí dar un paseo, comer un menú del día. Muchos trabajan en prisión y consiguen algo de dinero». Cuenta Valentín que la confianza en ellos es total. Que les entrega la llave de la casa. Que si quieren, pueden comer allí («a veces les compro algo en el supermercado Día de aquí al lado»), que el compromiso, claro, es no meterse en líos, «no molestar en el pueblo».

«En la cárcel estoy en contacto con ellos, sé quiénes son, los conozco, solo traigo a gente que veo de fiar. Pero si alguna vez he tenido algún problema, porque se han emborrachado, porque han faltado al orden, porque han molestado a alguien, entonces los cojo y los llevo a prisión. Solo me ha pasado un par de veces, pero yo tengo también una responsabilidad con el pueblo. Si ocurriera algo malo por mi culpa, sería una losa que no conseguiría superar. Si pasara algo por una imprudencia mía...».

«La imagen del preso ha cambiado mucho. Antes se les veía casi como apestados. La mayor parte estaban ahí por temas de drogas, pero ahora los hay por tantas cosas. Por sanciones de tráfico, por violencia de género, por estafas económicas. En la cárcel también hay gente bien situada. Yhay buenas personas, que han tenido un fallo en la vida y que por eso acaban en prisión. Son fallos humanos.Todos podemos fallar, pero hay que saber responsabilizarse».

¿Y después? ¿Mantiene el contacto con ellos una vez que han cumplido condena? «Con algunos sí. Aunque soy muy desmemoriado y no me acuerdo de todos. Alguna vez he ido a Colombia de viaje y me he encontrado con familias de personas que estuvieron durmiendo en el piso. Con los chicos voluntariosos, a los que coges aprecio, es con los que procuras mantener contacto. Hay un chino que es transportista y que de vez en cuando viene a la iglesia para preguntar qué tal me va».

Y a Valentín le va bien, dice. Algo más cansado, reconoce, «con eso de la edad». Pero todavía con ganas de seguir siendo apoyo, compañía, techo y cobijo para personas que necesitan por unas horas una almohada para sus sueños de libertad.