Felices por ir a visitar a la muerte

Falangistas voluntarios de Valladolid parten al Alto del León./
Falangistas voluntarios de Valladolid parten al Alto del León.

Cartas inéditas desvelan el ánimo exaltado de jóvenes vallisoletanos que partieron al Alto del León el 22 de julio de 1936. Describen el día a día de la guerra y su trágico final

ENRIQUE BERZAL

A la una de la madrugada nos despiertan. ¡Salimos para Madrid! Hasta entonces hemos podido refrenar nuestra impaciencia, sin embargo, ahora que lo sabemos seguro, somos incapaces de refrenarnos. ¡A Madrid!, ¡a los camiones! Nos vestimos rápidamente y bajamos al patio de la Academia. () Se reparten cascos y mantas Ya no hay quien nos sujete». Era miércoles, 22 de julio de 1936, cuando un grupo de voluntarios vallisoletanos, buena parte de ellos afiliados a Falange, se disponía a salir al frente para combatir en el Alto del León. Muchos de ellos no volverían nunca.

El entusiasmo desbordante que abre este reportaje pertenece, precisamente, a uno de aquellos muchachos de apenas 20 años que, sin pensárselo dos veces, se subieron alegres a los camiones que les conducirían a la muerte. El testimonio forma parte de una colección documental mucho más amplia que reproduce las vivencias en el frente, el día a día de la guerra y la tristeza de los familiares que fueron a buscar los cadáveres. Amablemente cedidas a El Norte de Castilla por los propietarios de un archivo familiar, algunas cartas revelan la trayectoria política de destacados líderes juveniles del momento; entre ellos, César Sanz Alonso, militante de Falange y uno de los primeros integrantes del Sindicato Español Universitario (SEU); José María Moreno y Moreno, miembro de la monárquica Renovación Española y también de Falange; y Eduardo Alonso Pérez-Hickman, hijo de Rafael Alonso Lasheras y muy activo en las Juventudes de Acción Popular. Todos murieron en el Alto del León.

Aquella juventud vallisoletana partió hacia el frente porque estaba convencida de que la religión y España, que en su pensamiento eran prácticamente lo mismo, corrían serio peligro. Claro que tampoco debe olvidarse el clima político que se vivía en aquellos años, presidido en toda Europa por la crisis del parlamentarismo demoliberal, la irrupción de la violencia política y las disfunciones que provocó el ingreso definitivo de las masas en la vida de las naciones. Un contexto de crisis aguda del modelo democrático que trajo consigo, como ha destacado Eduardo González Calleja, alternativas no democráticas como la revolución comunista, o propuestas contrarrevolucionarias que irían desde el autoritarismo más o menos modernizador hasta el régimen fascista.

Ya el 21 de julio, como ha escrito el profesor Jesús María Palomares, se creó en Valladolid la famosa Bandera, con 137 jóvenes a las órdenes de José Antonio Girón para marchar al Alto del León dentro de una columna militar de artillería. Al día siguiente partía de la ciudad la columna motorizada, al mando del coronel de Infantería Ricardo Serrador, con la misión de tomar dicho paso de montaña, que comunica Segovia con Madrid y en el que se había posicionado el coronel republicano Enrique del Castilla sin encontrar resistencia. La situación de la cumbre permitía controlar desde gran altura buena parte de las provincias de Madrid, Segovia y Ávila. Para el bando sublevado, el Alto del León era «el paso inmediato a la toma de Madrid».

Desde la ciudad del Pisuerga partieron un batallón del Regimiento de Infantería de San Quintín, nº 2, el Grupo de Artillería del 14 Ligero al mando del comandante Moyano, un escuadrón y una sección de ametralladoras de Caballería del Regimiento de Farnesio, servicios de Intendencia y Sanidad Militar y un grupo muy numeroso de falangistas y otras milicias de la capital, que querían seguir el ejemplo de Onésimo Redondo.

Como denotan las cartas de aquellos jóvenes combatientes, marchaban con un entusiasmo desmedido, enfervorecidos: «Precipitadamente abandonamos las filas y nos lanzamos gritando sobre un camión. Con las prisas, perdemos la mitad de las mantas. Pero qué importa, estamos en julio (). Salimos de Valladolid cantando el himno de la Falange, con lágrimas en los ojos». ¿Presentían ellos quizá que nunca volverían a verlo? Varios de ellos ocultaron su decisión a sus padres, escaparon a hurtadillas de sus hogares y esperaron varias horas, cuando no días, para escribirles.

Villacastín fue el primer pueblo por donde pasaron. El 23 de julio, junto al Cristo del Caloco «nos llamó la atención la larga cadena de fugitivos, unos en coches, otros a pie, y todos cargados de bultos y con caras en las que el pánico no permite distinguir las facciones», relata el informante anónimo, que también da cuenta de las primeras dificultades serias, las «cinco horas de bombardeo de la aviación enemiga todas las noches» y, sobre todo, «la subida de la loma bajo la lluvia de metralla que sobre nosotros lanzan los aviones rojos (), algo milagroso e imposible de describir (). Aún no sabemos lo que es la guerra y queremos acercarnos a Madrid».

Aunque el coronel Serrador, que mandaba todo el contingente descrito, logró hacerse pronto con el control de la zona, los combates en el Alto del León se sucederían hasta la toma de Madrid. Y se cobrarían la vida de muchos voluntarios falangistas, a los que el Régimen no tardaría en calificar como héroes y mártires. De hecho, José María Moreno, Eduardo Alonso, su hermano Luis Alfonso, Manuel Franch, Manuel Igea y José Guzmán, entre otros, no sobrevivirían al día 24. Cayeron en la acción denominada El copo, acorralados.

José María Moreno tenía 20 años; había salido de casa el día anterior sin decir nada a la familia. «Cuando yo, su padre, fui a recoger el cadáver de mi pobre hijo, supe en San Rafael que de aquella centuria solo se atrevieron a subir a la posición del Alto de León cuarenta y tantos por lo peligrosa que decían era, y efectivamente allí encontraron la muerte 40 de esos valientes; el mío, dos del señor Alonso Las Heras, uno del doctor Igea, otro del doctor Guzmán, otro de don Cándido Martín y la viuda de Franch ()», escribe el padre de Moreno, a quien testigos del combate le confesaron los detalles más rudos de su muerte.

Murió disparando

«Murió disparando en momentos que unos y otros se insultaban con el enemigo, los rojos con Viva Rusia y estos con vivas a España, y cuando apenas terminó José María de llamarles canallas le sorprendió la muerte por un tiro con orificio de entrada junto al pabellón de la oreja del lado izquierdo y orificio de salida en la misma región del lado derecho. El cadávr tenía la ropa intacta bien conservado pero casi momificado y en la posición natural como estaba sentado y tirando cayó muerto () El resto de los muchachos tenían las ropas quemadas unos 20 (no totalmente) por bombas incendiarias que al quemarse la yerba les alcanzó y otros 10 tan totalmente que eran solo esqueletos imposibles de identificar».

En esa misma operación también encontró la muerte Eduardo Alonso Pérez-Hickman, al quedar «cortada una falange de la que formaba parte con su hermano Luis Alfonso y sus amigos Manolo Igea, Manolo Franch, Guzmán, su primo Antonio y otros muchos hasta 36 (). Se defendieron hasta el último momento, pero cayeron todos, a excepción de dos que se salvaron. Varios cadáveres estaban en disposición de disparar, así que murieron defendiéndose». Eduardo tenía 20 años. Aunque en un primer momento se hizo creer a sus familiares que todos los fallecidos habían recibido digna sepultura, lo cierto es que sus cuerpos no fueron enterrados; no los recuperarían hasta el 22 de septiembre, fecha en que lograron traerlos a Valladolid.

También el 24 de julio de 1936 murió en combate el jefe de centuria César Sanz Alonso, falangista de 21 años: «El capitán que mandaba aquellas fuerzas, Martín Duque, huye seguido del teniente Escribano; y unos falangistas que se dan cuenta les siguen también. Él queda allí con otros en número de 34 o 36, al mando del Alférez de Caballería Rabadet (), y en aquella avanzada mueren todos defendiéndose hasta el último momento. Lleva César la idea de la muerte desde que salió de Valladolid (). Él amaba mucho a España y era para él una satisfacción inmensa sufrir por ella», reconoce su padre.

Tres días después, uno de sus hermanos subió al Puerto y pudo identificar el cuerpo entre un montón de cadáveres: «La identificación fue hecha porque llevaba el brazo vendado por un escapulario que le diera antes su hermana, religiosa carmelita (), por el correaje y los emblemas de falangista (yugo y flechas), el ángulo en plata distintivo de miliciano en el brazo izquierdo». Lo enterró en una pequeña fosa en la que grabó una cruz sobre una roca inmediata. Dos días después condujeron sus restos a Valladolid: «Al paso de la camioneta por los pueblos, ya de noche, los habitantes de los mismos y los falangistas saludaban con el brazo en alto, al estilo de Falange». El funeral se celebró en la iglesia de San Nicolás y a la salida, el padre de César, Herminio Sanz, arengó con pasión a los falangistas presentes.

Mas prolijo en detalles y sentimientos es el Diario de Guerra de Jacinto Valentín y Fernández de la Hoz, joven perteneciente a una conocida familia de Boecillo, los Valentín Gamazo; tenía 19 años en el momento de morir, y su testimonio también puede consultarse en el Centro Documental de la Memoria Histórica. Joven de profundas convicciones religiosas, cada revés que recibía en el frente lo interpretaba como una señal de sacrificio martirial por Dios y por España: «Martes 4 de agosto. Los tres hermanos Valentín y Fernández de la Hoz hemos recibido ya nuestro bautismo de fuego y de sangre. Ya podemos alzar la cabeza orgullosos. Ya hemos alcanzado el honor de derramar nuestra sangre por Dios y por España (). He visto a mi hermano Agustín caer herido y sangrante a mi lado, con el entrecejo partido de un balazo, el ojo derecho herido, con la ceja, la barbilla y una muñeca sangrantes». Ese mismo día, en las inmediaciones de Tablada, el auto blindado en el que combatían recibió las primeras descargas del enemigo: «Nosotros respondemos disparando espaciadamente, sobre seguro, después de apuntar con cuidado (). Yo voy emocionado, pienso con orgullo que estoy recibiendo mi bautismo de fuego e iba ajeno a que dentro de pocos momentos recibiría el de sangre (). Llevamos avanzando unos dos kilómetros cuando noto un chasquido en el interior del blindado y siento en la cara la sensación de polvo incendiado y un ligero golpe en el puente de la nariz. Me echo al suelo tapándome el rostro con las manos, lanzando gritos de dolor y rabia, pero inmediatamente me enderezo para recobrar el fusil y volver a disparar a pesar de que la sangre corre por mi cara».

El 6 de agosto, esta vez en el Sanatorio de Tablada, donde se recuperaba de las heridas sufridas por un «paqueo» republicano, le sorprendió un bombardeo intenso: «De pronto, un estallido espantoso, una oscuridad completa y un sentir los cascos del proyectil silbar en todas direcciones () En medio de la oscuridad se oían los gritos de sorpresa y pavor de los sanos, los ayes de los heridos y las órdenes de ¡calma! ¡quietos! ¡no correr! De los demás serenos».

Al día siguiente lo ingresaron en el Colegio de las Jesuitinas de Segovia. «Por segunda vez en cuatro días he derramado mi sangre por Dios y por España. Ya puedo alzar la cabeza. Ya puedo decir muy alto que mi sangre ha corrido a mezclarse con la de tantos valientes que han vertido la suya generosa para salvar a nuestra Patria. Si para redimir la humanidad fue necesaria la sangre de un Dios, para redimir a España ha sido necesaria la de muchos héroes que han entregado sin vacilar». El 30 de agosto de 1936, en la toma de Cueva Valiente, Jacinto pasaría a engrosar la amplia lista de héroes nacionales cuyo recuerdo sería perpetuado por el cambio de nombre de aquel paraje por el de Alto de los Leones de Castilla. La decisión, adoptada por el ministro de la Gobernación, Serrano Suñer, el 17 de julio de 1939, ya terminada la guerra, pretendía conmemorar «el heroísmo derrochado en los primeros días del Alzamiento por los combatientes de Valladolid y de Segovia».

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