Las máquinas vuelven a rugir en Macrolibros

José María Alonso, José Antonio Rodríguez Feijóo (director de Macrolibros), Antonio Oliveros, María Jesús Bayón, David García,José Luis Gómez y José Luis González, en la planta que se calcinó el 14 de noviembre. /
José María Alonso, José Antonio Rodríguez Feijóo (director de Macrolibros), Antonio Oliveros, María Jesús Bayón, David García,José Luis Gómez y José Luis González, en la planta que se calcinó el 14 de noviembre.

Cinco meses después del incendio que calcinó la planta de impresión, la empresa vallisoletana recupera parte de su capacidad productiva con la complicidad de directivos y trabajadores

A. G. ENCINASvalladolid

El ruido es maravillosamente ensordecedor. El del dúmper que levanta un palé con seis mil gigantescas hojas de papel de 120x160 centímetros. El de las inmensas planchas de offset al doblarse con su sonido metálico. El de las sirenas escandalosas.

Y sobre todos ellos el de las máquinas.

Dos Koenig&Bauer Rápida 162, similares a las seis que se incendiaron en el mes de noviembre en la empresa Macrolibros, pero más nuevas. «Son de 2005 y de 2008, las otras eran del año 2000», explica José Antonio Rodríguez Feijóo, el director de la planta, que fue uno de los responsables directos de rastrear el mercado a toda prisa en busca de estos mastodontes. «Había que cumplir plazos, llegar a la campaña de primavera con los libros de texto», confiesa. Y montar una máquina de estas no es cosa de unos días. El proceso es lento. Exasperante para una empresa de 148 trabajadores que pretende seguir en el mercado después del desastre. «Teníamos un parque de seis máquinas de impresión. Hemos comprado dos de segunda mano para poder comenzar a imprimir lo antes posible. Después vendrán otras máquinas nuevas, pero la producción de la máquina nueva tarda más», explica José María Alonso, que hace apenas cinco meses «el fatídico 14 de noviembre», recuerda con la precisión que dejan las tragedias calibraba el desastre mientras pisaba restos ennegrecidos. Al ver entrar a los periodistas, ahora, se le escapa una sonrisa. Como a María Jesús Bayón. «Cuando vi esto lloraba», confiesa ahora . Lleva cuarenta años en la empresa. Ella fue de las primeras en incorporarse al tajo, sin embargo. Se encarga del control de calidad, y esa fue la primera parte que pudo ponerse en marcha, a los quince días del incendio.

El fuego no alcanzó apenas la nave de encuadernación, salvo un esquinazo en el que se llevó por delante una máquina para elevar el papel ya impreso y colocarlo en la encuadernadora. «Hubo que desmontar, limpiar y descontaminar todas las máquinas de la nave, porque si no, se oxidan y se estropean», explica José María Alonso, que es el jefe de Producción. Las máquinas que dependían de la elevadora calcinada se apartaron. El esquinazo quemado se separó con un tabique provisional y una puerta metálica, para que los trabajos de reparación no interfirieran en la labor de encuadernación. Había que cambiar todos los cuadros eléctricos, cableados, reparar el techo, descontaminar las máquinas... Y todo ello intentando producir lo máximo posible, atender a los clientes, informarles de la situación.

Dos fotos que muestran el éxito de una lucha que aún no ha terminado

«He visto nacer esta fábrica y espero no verla morir», decía José María Alonso pocos días después del incendio.La entereza de los trabajadores en el escenario del desastre resultaba demoledora. Uno con 40 años en la empresa. Otra, 41. Algunos, con su pareja en la misma planta. O con un hermano, o un hijo. Destrozados pero resueltos.

A María Ángeles Hoyos no se le olvidará que se enteró de lo que ocurría mientras viajaba a Zaragoza para animar a su Real Valladolid. Bromas del destino. Este reportaje se realiza justo en el momento en el que el Zaragoza devuelve la visita liguera al Real Valladolid.

Aquellos restos renegridos se han borrado, y el techo vuelve a estar completo. Los palés acumulan pliegos con libros de texto en catalán, como las páginas de Teo va al circ, y algunos de los que utilizarán los niños franceses el próximo curso, con las princesas Disney de Frozen entre las actividades para repasar lengua o mates. En un despacho, estanterías abarrotadas sirven como catálogo real de todos los trabajos que es capaz de realizar Macrolibros. Resulta epatante la mezcla de idiomas, formatos, estilos.

«Esto no se ha acabado», dicen todos. Aunque desde luego están más cerca de cumplir el objetivo que se fijaron cuando se quemó la planta:volver a ponerla en pie.

En la nave de impresión se siguió el mismo proceso. Se arregló una parte del techo en la zona donde se iban a ubicar las dos máquinas de impresión de segunda mano. Al otro lado de un enorme tabique sigue el resto de la nave incendiada. El techo ya está listo. No hay rastro del incendio, salvo las huellas de las máquinas enviadas a la chatarra. No se salvó ni una. Mientras esta parte de la planta no tenía ni techo, al otro lado ya arrancaban los dos monstruos de segunda mano.

Y con ellos, buena parte de los 37 trabajadores que más han tenido que esperar para volver a sus puestos, los que se encargan de la impresión. Porque al compromiso de los propietarios, que decidieron apostar por la continuidad en el momento en que habría sido fácil cerrar y pasar página, se le ha añadido el compromiso de una plantilla entregada al reto de reflotar Macrolibros. «Todavía no están todos, pero sí casi todos porque se hacen más turnos, se trabaja seis días a la semana en vez de cinco y se están adelantando las vacaciones para que cuando lleguen todas las máquinas podamos estar disponibles y funcionar más tiempo», explica José María Alonso.

«Las cosas han cambiado mucho.Estamos funcionando otra vez. No al cien por cien, pero ya estamos en marcha y en unos meses volveremos a como estábamos al principio, pero con una fábrica renovada y con todo el personal de nuevo», añade. Llegarán más máquinas de impresión en junio, y una para cubiertas en mayo. Y ya hay prevista otra Koenig&Bauer para enero de 2017.

José Luis González, de Mantenimiento, saluda sonriente al pasar. Él fue quien se encontró el fuego aquel día. Estaba a punto de prejubilarse, pero en ese momento eso dejó de ser prioritario. «Hay que sacar esto adelante», decía.

En aquella nave con las tripas al aire, en la que la corriente heladora se colaba por el techo y cortaba el ánimo, ahora vuelve a hacer calor. Y no es solo por el que desprenden las máquinas en su incesante y maravilloso ruido.