«En Lesbos hay niños con dedos amputados por el frío tras haber dormido en montañas nevadas»

«En Lesbos hay niños con dedos amputados por el frío tras haber dormido en montañas nevadas»

Los cuatro bomberos de la Diputación que acaban de regresar de Grecia piden colaboración ante la «dramática» situación de los refugiados

LORENA SANCHO YUSTE

Hace diez días que aterrizaron en Valladolid, pero tanto su corazón, como su cabeza, siguen en Lesbos. A Pablo Caño, Eduardo García, Santi Serrano y Alfonso Mata les cuesta conciliar el sueño pese al cansancio acumulado de su labor en la isla griega. Es difícil dormir ante la inmensidad de datos, imágenes y sinsentidos que estos cuatro bomberos de la Diputación de Valladolid han cosechado en los veinte días que han permanecido en la isla para ayudar los refugiados. «La televisión no cuenta nada comparado con lo que hay allí», resumen.

Embarcados en esta iniciativa de la mano de la ONG G-Fire, estos cuatro bomberos de los parques de Medina del Campo y Medina de Rioseco analizan en Valladolid lo que han vivido (ayer les recibió el presidente de la Diputación, Jesús Julio Carnero). Dicen no haber sido conscientes de la situación hasta que no han regresado a sus casas y han podido palpar lo afortunados que son. Allí apenas había tiempo.

Su cometido inicial era el de vigilar una zona de la costa donde podrían llegar embarcaciones, para ayudar a los refugiados a desembarcar sanos y salvos a tierra. Pero lo cierto es que han destinado una media de veinte horas diarias a ayudar posteriormente a otras ONG a repartir comida y ropa y a acompañar a los refugiados en el puerto antes de tomar el ferry. «Llegan en barcas pequeñas con motores enormes, asustados, invitados y en ocasiones obligados a subir por las mafias a las que deben pagar, incluso en noches de tormenta. Y además sobrecargados, porque viajan con sus casas a cuestas».

Faltan voluntarios

Allí, aseguran, la labor es interminable. Han podido palpar la bondad de muchos voluntarios, numerosos españoles, que se costean su estancia con recursos propios. Y aun así, aseguran, falta gente, es necesaria una mayor ayuda por parte de colectivos y personas a título individual. «Hay muchísimo que hacer. La situación es dramática. Hemos visto a niños con dedos amputados por el frío porque han dormido sobre nieve en montañas de Turquía, la gente llega con hipotermia porque salen del agua calados hasta la cintura, y después les toca hacer incluso cola para poder coger una cama en el centro de refugiados de Moria», señala Pablo Caño.

Los cuatro coinciden en que lo peor es la desinformación. Salen de sus casas «engañados», las mafias les dicen que van a pasar un lago en lugar del mar y cuando llegan a Lesbos confían en que todo mejorará. «No saben que es el principio de lo peor. Ahí está la situación en Idomeni, por ejemplo», añade Alfonso Mata.

En sus veinte días en Lesbos han podido hablar con numerosos refugiados y conocer sus historias tan crueles. Como la de Alí, un sirio que salió de casa con su mujer y siete hijos y perdió a todos en el mar. «Fue viendo durante varios días cómo llegaban los cuerpos de cinco de sus hijos y no ha parado de buscar el de su mujer y los otros dos, uno de veinte meses».

Ahora solo piensan en volver. En quitarse esa necesidad de seguir ayudando. De contar la realidad para que alguien más se anime a ayudar. De terminar con esa pesadilla que ni siquiera en España les deja dormir con tranquilidad.