Y el diablo se sentó en Valladolid

El Sillón del Diablo en su disposición actual en el Museo Provincial de Valladolid. /
El Sillón del Diablo en su disposición actual en el Museo Provincial de Valladolid.

Entre las piezas del Museo Provincial (Palacio de Fabio Nelli) se encuentra un sillón de madera y cuero bautizado como ‘Sillón del Diablo’: un nigromante condenado a la horca y dos bedeles fueron sus víctimas en Valladolid

M. E. GARCÍA

El Sillón del Diablo. De entre los muros del antiguo edificio de la Universidad de Valladolid se rescató esta silla que no destacaría si no fuera por la leyenda negra que se sienta en ella. Y es que se halló colgado del revés a una altura a la que un hombre normal no alcanzaría y fijado en la pared para que no se pudiera descolgar. Muchas precauciones para un simple asiento.

Corrían los primeros años del siglo XVI y la medicina, con la llegada del Renacimiento, vivía uno de sus momentos de apogeo y hasta los reyes apoyaban su desarrollo. Uno de los precursores fue Vesalio, quién escribió De la fábrica del cuerpo humano y que inspiró a muchos hombres dedicados a este oficio. Ellos se sirvieron de cuerpos para estudiarlos y desarrollar esta ciencia imprescindible para el ser humano.

Valladolid, durante aquellos años, era uno de los centros mundiales para este tipo de estudios tal y como recoge Saturnino Rivera Manescau en su libro Tradiciones universitarias. Entre los médicos asentados en la capital se encontraba el licenciado Andrés de Proaza que fue alumno aventajado de Alonso de Guevara. Aunque nunca consiguió su grado gozaba de buena fama. Es a partir de este momento cuando el Sillón del Diablo comienza a forjar su leyenda negra.

Proaza vivía en la actual calle Solanilla y escondía en su sótano un verdadero terror que estalló con la desaparición de un niño de su barrio. Los restos del infante se hallaron en la casa del médico. Ya estaba muerto, pero cuando se juzgó al licenciado, éste confesó que había diseccionado en vivo al niño ya que el estudio de los cadáveres no era suficiente para averiguar cómo afectaba la enfermedad y el dolor al cuerpo humano.

Fue condenado a la horca, algo que parece que no le afectó demasiado, pero en cuanto la Inquisición se fijó en él Proaza achacó toda su maldad a un sillón que guardaba en casa. Aseguraba que se lo había regalado un nigromante de Navarra con una serie de instrucciones: no se podía sentar nadie en él que no fuera médico y no debía ser destruido bajo ningún concepto ya que quién lo hiciera moriría. Eso sí, el sillón tenía la capacidad de curar enfermedades.

La Inquisición no hizo mucho caso de estos argumentos pero parece que el miedo caló en el subconsciente ciudadano puesto que cuando los objetos de Proaza salieron a subasta quedó desierta dos veces. Sus bienes acabaron guardados en un cuarto de la Universidad de Valladolid donde siguió cobrándose víctimas. En concreto, dos bedeles que osaron sentarse en él.

Nadie sabe si la leyenda es cierta, claro, per por si acaso, el sillón no ha sido destruido y está bien conservado en el Museo Provincia de Valladolid situado en el Palacio de Fabio Nelli. ¿Quién se atrevería a sentarse en él?

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