Un reto musical, una tormenta y un necio

Un momento de la actuación en aquel festival, donde mi compañera-cantante y yo lo dimos todo./J. C. L.
Un momento de la actuación en aquel festival, donde mi compañera-cantante y yo lo dimos todo. / J. C. L.

En casa, con cinco hermanos, no había para lujos, y solíamos pasar las vacaciones en el pueblo de la 'amá', con la abuela. Pero aquel agosto, un festival fue el desafío que trastornó mi alocado e inolvidable verano del 84

Juan Carlos León López
JUAN CARLOS LEÓN LÓPEZ

Llovía, ¡joooooood......r cómo llovía! Y yo metido allí, acurrucado debajo de aquel carro, protegiendo entre mis brazos una vieja guitarra y riéndome del mundo. Aunque para mi fortuna, no me encontraba solo. Me escoltaban en aquella aventurilla vespertina dos jovencitas a las que había conocido pocas fechas antes y con las que había llegado a congeniar. A la carrera, nos habíamos refugiado allí -o lo intentamos, porque lo que es mojarnos, nos mojamos, y bastante- de la tremenda y repentina tromba que descargaron aquellos nubarrones negros esa tarde de verano del 84 mientras ensayábamos en pleno descampado. Yo estaba acostumbrado al fino, pertinaz, gris y aburrido sirimiri de mi Bilbao natal, ¡pero aquellos goterones...! ¿Tan mal estaríamos tocando como para romper el cielo?

Aquellos goterones aún refrescan mis recuerdos de aquel agosto tan alocado y excitante. Acababa yo de llegar a la veintena apenas un mes antes y, aunque ya tenía que haberme 'convertido' en persona, no era cuestión de desperdiciar ni el tiempo ni las circunstancias. «'Carpe diem'», me hubiera aconsejado sin dudarlo el poeta latino Quinto Horacio Flaco. Y a fe mía que aquel año lo disfruté.

Como muchos otros, superado el curso académico -ya en la universidad-, no sin esfuerzo y con calificaciones más que aceptables, había que comerse el verano y, a falta de posibles económicos y ofertas mejores, acudíamos a aquella tranquila aldea de las Merindades burgalesas, Arroyuelo, cuna de mi madre, donde nos acogía la sabia abuela Antonina, que nos aleccionaba a base de sorpresivos y agudos refranes y nos hartaba de habas, judías verdes y demás productos de aquella huerta que le daba la vida y yo le ayudaba a regar, cuidar y recolectar. Íbamos casi toda la familia, los cinco hermanos con mi madre. Solía ausentarse mi padre, un ferroviario de empleo y de espíritu al que siempre le tocaba pringar en verano.

Todo había empezado allí, en ese pueblito, como un reto: «Voy a cantar en el festival del Nela de Trespaderne. ¡Me podías acompañar tocando la guitarra!», me había desafiado en los primeros días de agosto una de aquellas acompañantes del diluvio, natural de ese lugar. ¿Desafíos a mí? ¡Para qué quieres más! Yo me había puesto aquella temporada bastante plasta con una ruinosa guitarra con la que daba la tabarra por doquier, y acepté la apuesta... más que nada por ver si ligaba. En buena hora, porque, necio de mí, luego supe que era cosa seria. Ese festival de la canción había alcanzado fama por la provincia de Burgos, acudía gente semiprofesional y no era cuestión de hacer el ridículo.

Aquel verano imborrable, la verdad, no había arrancado bien. A aquella pifia de Arconada que nos dejó sin Eurocopa ante los franceses siguió, un mes después, otra final perdida, la olímpica del basket de Los Ángeles, donde un tal Michael Jordan nos destrozó. No había arrancado bien, no, y yo esperaba que con esta locura no terminara peor. Aunque me sentía invencible y asumí el reto del festival con la inconsciente felicidad del veinteañero que cree que todo lo puede.

Por esas cosas del azar, ese año había caído en mis manos una casete con el título de 'La mandrágora', donde Javier Krahe, Alberto Pérez y Joaquín Sabina, cachondos ellos, derrochaban su ironía poética y musical, y con los que yo me identificaba. No dejaba de desternillarme y asombrarme: « Y yo que fui a rondarle la otra noche a Marieta...♫». « Yo tuve un gran amor durante un chaparrón y sentí aquella vez tan profunda pasión...♪». Parecía como si esas letrillas me estuvieran poniendo ante mi inmediato destino.

Aquel festival condicionó todo mi verano y, visto por el retrovisor del tiempo, lo convirtió en un magnífico agosto de juventud, donde todo se paladeaba a lo grande. A las mañanas de relax (muchas tras de mimar la huerta) y bicicleta, siempre en buena compañía (¡dónde acabaría aquella mi verde y unisex BH!), seguían mediodías de tertulia, vermú (pocos, que teníamos agujeros en los bolsillos) y cachondeo. A las tardes de baño, partidas de bolos o torneos de futbito, continuaban noches de farra, bien en aquella discoteca Alaska de Trespaderne, donde la 'Escuela de calor' de Radio Futura hacía furor, o bien en cualquier rincón, liándola con aquel grupo de primos, amigos/as e hijos del pueblo, muchos de los cuales solo nos veíamos en vacaciones. Y con la preparación de la actuación junto a mi compañera y cantante en cualquier día, hora y lugar (las más de las veces con sol, que aquel tormentoso día fue una excepción).

Y aunque apenas contábamos con cuatro duros (sí, de pesetas; ¡uff, lo que faltaba para el euro!), nada importaba, no había fiesta en los pueblos de la comarca que no asaltáramos. Entonces el peligro se disparaba y, en fin, a veces el jolgorio alcanzaba el alba. «¡Cómo vienes tan tarde, si ya ha amanecido!», me llegó a reprender en alguna ocasión aquella abuela mía -que seguía a rajatabla el canto del gallo- cuando me pillaba entrando en casa. Yo me ponía de espaldas: «¡Que no, abuela, que no vengo, que he madrugado y me estoy yendo!», trataba de embaucar, mientras intentaba alcanzar mi habitación para seguir mis felices sueños de aquellos días de verano.

Ah, ¿y del festival...? Hubo ovaciones, sí, en aquel repleto teatro. Pero eso ya es... otra canción.