Mujeres trabajadoras

Mujeres picando achicoria en Sanchonuño en la segunda mitad del siglo XX. /Foto cedida por Geni Maroto
Mujeres picando achicoria en Sanchonuño en la segunda mitad del siglo XX. / Foto cedida por Geni Maroto

Un repaso a la presencia laboral femenina muestra su decisiva aportación social y familiar en el pasado y en la actualidad en el ámbito rural segoviano

JOSÉ RAMÓN CRIADOSegovia

La Historia toca de forma tangencial al sexo femenino, algo que si ya es notorio con las mujeres importantes, en el caso de las del pueblo llano es clara marginación. He recogido algunos datos de diferentes medios y fuentes y si bien el resultado no es muy granado, quiero presentar algunos ejemplos de mujeres trabajadoras para aportar un grano de arena a enmendar tanto olvido.

Fuera del hogar, el servicio doméstico ha sido históricamente una actividad que ha recibido mujeres trabajadoras a sueldo. No sé si servirá de ejemplo para los casos de las demás criadas el de Juana Velázquez de la Torre, que fue contratada por la reina Isabel la Católica como ama del malogrado príncipe heredero Juan, fallecido en 1497. La tengo por cuellarana, como a otros que entraron en la órbita de los reyes llamados por su pariente Juan Velázquez de Cuéllar, para prestar servicio en la corte. La triste ama, manifiesta en su testamento el dolor que sintió con la muerte del príncipe.

Nombrada igual que la anterior, Juana Velázquez fue viuda y estanquera para Cuéllar, Íscar y Fuentidueña del monopolio del solimán y azogue, documentada a finales del siglo XVI. El monopolio de estos productos, obtenidos a partir del cinabrio, estaba justificado por su uso en las minas de oro y plata, principalmente en las colonias americanas. A Cuéllar llegaba el azogue para ser aplicado en el curtido de pieles en sus tenerías, por sus cualidades corrosivas. Doña Juana era beneficiaria de este estanco en Cuéllar y tenía en ese negocio su forma de ganarse la vida. Tal vez se tuvo en cuenta su viudedad para otorgárselo a ella.

Del trabajo de las esclavas habría mucho que decir, porque era bastante habitual que las familias pudientes tuvieran servicio de esta naturaleza en la Castilla de Cervantes. En 1565 bautizaron en Cuéllar a María, esclava india propiedad de Diego de Hinestrosa, hijo de Isabel de Zuazo, la de las bulas de San Esteban, y heredero de su mayorazgo. Fue su madrina Catalina de Quesada, su ama y mujer de don Diego. La esclavitud, como institución vigente en España y sus colonias hasta finales del XIX, se ha soslayado en los estudios como una lacra de nuestra historia. La realidad es que la hubo y el esclavo fue un elemento normal de nuestra sociedad.

Llamativa resulta la historia de Catalina López, tratante de gallinería en Madrid. Este oficio comercial aparece como paradigma de oficio femenino desde principios del siglo XVII. No solo suministraban gallinas y pollos, los más consumidos por las clases populares, sino también huevos, conejos y todo tipo de volatería (faisanes, perdices, codornices, pichones...), destinada a las clases privilegiadas. Poseían cabalgaduras propias, debidamente registradas, y salían con ellas a comprar el género a las zonas rurales. En caso de necesidad, nombraban persona de confianza que les sustituyera en ese cometido. Gallinas, paja y cebada eran parte del impuesto de alcabalas que en la Tierra de Cuéllar se le pagaba al duque de Alburquerque en especie. Así, en 1651 dicha Catalina López se quedó con el lote de las gallinas del partido, que ascendía a 2.300 aves, valoradas a dos reales y medio cada una.

Pago de alcalabas

Llama la atención en la documentación que Felipe García autorice a su mujer Catalina López, para que esta le dé a él mismo el poder para ir a recaudar en Cuéllar las gallinas de las alcabalas del duque. Solo figuran las aves que tenían que pagar las aldeas, no las de la villa, y le sirven al historiador, en un siglo desierto de censos de población, para hacerse una idea de la misma, ya que cada vecino le pagaba una gallina al señor. En relación a esta actividad, asistimos por estos años a una denuncia de intrusismo en la profesión, como un primer Cabify en la Corte. Dos mujeres, María de Paz y Ana López, informan a las autoridades en representación del colectivo de tratantes de la presencia de mujeres chalanas que, sin tener cabalgaduras propias, vendían pollos y huevos en la ciudad. Entre las gallineras de 1700 figura María Martínez de Coca. Esto nos pone sobre la pista de que algunas de estas mujeres fueran además segovianas.

Al margen de ejemplos con nombres propios, está toda esa legión de mujeres anónimas que no sale en los papeles. El servicio doméstico y la lavandería constituyen el mayor nicho de empleo de la mujer trabajadora en la España tradicional. Las lavanderas eran en las ciudades un ejército laboral invisible e infravalorado. Después venían las actividades relacionadas con el abastecimiento. El abasto ponía en relación la economía de la ciudad con la de los pueblos y, con ese suministro, los oficios de procesamiento de alimentos y la restauración. Sigue siendo hoy un sector estratégico para la economía rural y para fijar población en los pueblos.El ejemplo se halla en el norte de la provincia.

«La mujer de El Carracillo se echa la tierra al hombro», oí decir a una mujer de edad en Cantimpalos, como si fueran el paradigma de la mujer trabajadora segoviana. No le falta razón, pues completaban las tareas del hogar con trabajo junto a maridos y padres: escardar, espigar, trillar, aventar o coger miera, según los casos. Geni Maroto, hija y nieta de resineros, ha recopilado un archivo de fotografías antiguas que reflejan esos trabajos antes de la mecanización del campo. Incluye imágenes de las campañas en Francia o Suiza, como prueba de que no solo se iban los hombres en los sesenta y setenta. De estos fondos salió la imagen de su abuelo resinando, plasmada en un monumental grafiti en la plaza se Sanchonuño. Geni trabajó como gobernanta en un importante hotel de Menorca, regresando cada año al final de la campaña turística. De ese tesoro de imágenes sale la foto que ilustra este artículo: un grupo de mujeres picando la achicoria, icono para el futuro museo de esta raíz proyectado en Sanchonuño. El hombre en el horno y la mujer picando. La imagen no refleja la dureza de esa labor. El picado de la achicoria en rodajas antes de pasarla al secadero era tarea de mujeres. Labor ingrata por el frío de inviernos rigurosos, que solía hacerse al abrigo del techo de un colgadizo. Imagen que enlaza con la de las trabajadoras que hoy acuden a las fábricas hortofrutícolas.

El cultivo de la achicoria como sucedáneo del café en el siglo XX puso en valor unas tierras con unos rendimientos impensables hasta entonces. Las tierras centeneras de la comarca tan apropiadas para este cultivo y los que vinieron después: la zanahoria, la remolacha, el puerro o la fresa. La achicoria relanzó la economía y retrasó el éxodo de familias hacia Madrid o el País Vasco. Con la mejoría en la economía familiar llegó un acceso más igualitario de la mujer a la promoción y al estudio. De nuestros pueblos han salido en las dos últimas generaciones una legión de féminas que accedieron a la formación: maestras, enfermeras, veterinarias, economistas, médicas, periodistas, abogadas, fiscales, juezas… Aunque en estos casos el destino laboral de estas mujeres esté en la ciudad.

En reconocimiento de la labor de todas ellas, incluidas las que siguen enraizadas y trabajando en sus pueblos y las que por omisión no han salido en esta instantánea, vayan dedicadas estas líneas.