La primera alcaldesa segoviana: «Noté el machismo muchas veces, pero nunca fue obstáculo para mí»

Carmen Muñoz, en un parque de santa María la Real de Nieva./Antonio Tanarro
Carmen Muñoz, en un parque de santa María la Real de Nieva. / Antonio Tanarro

Carmen Muñoz, una de las 103 mujeres que fueron elegidas como regidoras el 3 de abril de 1979, recuerda su paso por la política

Carlos Álvaro
CARLOS ÁLVAROSegovia

«Me gusta recordar los viejos tiempos, pero también estoy conforme con lo que ahora tengo: amplitud de vistas, cielo y tierra, más cielo que tierra, como decía Pemán, de Castilla. Por la noche, desde estas galerías, es muy hermoso ver las estrellas... Tenemos paz, cariño y atendimiento. ¿Qué más podemos desear?».

Charlamos con Carmen Muñoz (Santa María la Real de Nieva, 1933) en la residencia donde pasa buena parte del día. Tiene ochenta y cinco años y la memoria lúcida. Presume, con razón, de ser la primera mujer que presidió un ayuntamiento en la provincia de Segovia y una de las primeras alcaldesas de España. «Desde luego, en Santa María la Real de Nieva fui la primera, después de Catalina de Lancaster, claro, que fue quien la fundó», añade. «Tomé posesión el 19 de abril de 1979, hace ahora cuarenta años, dos semanas después de haber ganado las municipales como candidata de una agrupación de electores. Pero aquella no fue mi primera experiencia política, porque en las generales de 1977, las del 15 de junio, concurrí en la candidatura de la UCD de Suárez junto a Modesto Fraile y Carlos Gila. Ya estaba licenciada en Derecho y Julio Nieves, que había sido mi profesor de Derecho Fiscal, me lo ofreció. 'No vas a salir elegida, pero será una experiencia para ti', me dijo. Y lo fue. En realidad, no tenía interés alguno por la política, pero el destino me ha salido siempre al encuentro y lo he aceptado».

«Los años en el Ayuntamiento fueron complicadísimos, estaba todo por hacer»

Su padre, Andrés Muñoz Gordo, reputado abogado segoviano y decano del Ilustre Colegio de Segovia, no llegó a verla tomar el bastón de mando. «Vivió lo de las elecciones del 77, pero murió ese mismo año –recuerda Carmen–. Siempre me dijo que en la vida hiciera lo que quisiera, pero no le gustaba que me dedicara a la abogacía, porque sabía que era una profesión muy dura, y tampoco que llegara a ser alcaldesa. 'En la vida, Carmen, haz lo que quieras, pero nunca seas alcaldesa de Santa María la Real de Nieva', me dijo un día. Al final, fui las dos cosas».

«Mi madre murió y yo iba para ama de casa, pero me negué a ser la suegra de mis cuñadas»

Don Andrés tenía razón. Si la abogacía es una profesión complicada, el Ayuntamiento de Santa María la Real de Nieva no lo era menos. «Fue una etapa tremendamente dura, años dificilísimos. Estaba todo por hacer. Santa María era un municipio complejo, pues ya estaba formado por catorce núcleos de población, y cuatro de ellos no tenían ni agua. Y si hay algo que subleva a los pueblos es la falta de agua. Les quitas las fiestas y el agua y por ahí no pasan, claro. Así que lo primero que hice fue ocuparme del problema del agua. El agua marcó todo el mandato, pero había otros problemas: el saneamiento, la luz eléctrica, la pavimentación... Y no teníamos un duro; al contrario, las deudas eran cuantiosas. Afortunadamente, el Gobierno aprobó un decreto por el que los ayuntamientos podíamos hacer un expediente de liquidación de deudas y tener acceso a un préstamo que luego debíamos devolver poco a poco. Nunca me había enfrentado a un expediente de liquidación de deudas, pero lo hice. Y me lo aprobaron. Y me llegó el dinero. Y con ese dinero enjugué muchas deudas, claro, pero también supe ponerlo en el sitio que más producía y, con los márgenes, pude empezar a acometer proyectos y actividades», cuenta la exalcaldesa.

«¿Las elecciones? En el 77 la gente votó por el cambio y huyó de los extremismos»

Su etapa en el Ayuntamiento se cerró en 1983. Volvió a presentarse como independiente –esta vez avalada por un PSOE en el que ya destacaba su hermano, el histórico y respetado Juan Muñoz–, pero ganó la derecha y dejó el Ayuntamiento. «La presión de los cuatro pueblos que querían segregarse del municipio de Santa María fue determinante. Votaron en masa contra nuestra candidatura, pero yo no podía concederles esa segregación, no me correspondía», explica.

Carmen salió del Consistorio desanimada y con la sensación de haber dado más de lo recibido. «Cuando era alcaldesa, metida en mil frentes, mi hermano José Luis decía: 'Como se ha enamorado del Ayuntamiento...'. Un Ayuntamiento absorbe mucho, pero trabajé con pasión e ilusión. Y entonces no era normal que una mujer fuera alcalde... Yo lo tuve relativamente fácil porque la gente me conocía de la experiencia del 77. Mis compañeros estaban acostumbrados a verme actuar en público, a hablar en los mítines... En mis discursos, me expresaba con naturalidad de lo que había experimentado, de lo que había vivido... Y hablaba de los derechos de la mujer, algo que entonces ni sonaba, y menos en los pueblos. Siempre me pareció injusto que una mujer no tuviera derecho a percibir una pensión por el trabajo que había realizado en casa, que permaneciera toda la vida supeditada al trabajo de su marido o de su padre. ¿Machismo? Lo he notado muchas veces a lo largo de mi vida, y no han sido pocas las ocasiones en que he tenido que enfrentarme fuertemente, pero nunca ha sido un obstáculo para mí», dice con orgullo.

Excelente estudiante

Carmen fue durante años ama de casa porque su madre murió pronto. «Ayudaba a mi padre dictándole los informes que él escribía a máquina, los dos, alrededor de una mesa camilla. Me gustaba el Derecho y quise estudiarlo pese a que a él no le hacía mucha gracia, por aquello de la dureza de la profesión. Pero nunca quise convertirme en suegra de mis cuñadas y empecé a estudiar el primer año de Derecho a escondidas de mi padre. Sin profesor, me examiné por libre y aprobé varias asignaturas. Mi hermano José Luis me animaba. Saqué notable en Derecho Romano y mi padre, enterado ya, recibió la noticia con satisfacción. El segundo curso lo realicé en el Colegio Universitario de Segovia y conseguí licenciarme por la Complutense con veintitrés matrículas de honor y premio extraordinario de licenciatura. Se me daba bien. Cuando murió mi padre, mi hermano y yo sacamos adelante el trabajo que dejó sin terminar. Fue la primera vez que ejercí la abogacía».

Tras su paso por el Ayuntamiento, un sobrino la animó a opositar a las Cortes de la recién nacida autonomía de Castilla y León. Carmen sacó sin problemas la plaza y llegó a ser jefa de Servicio de Gestión Parlamentaria y Régimen Interior en Fuensaldaña. «Resultaron veinte años muy intensos, veinte años al servicio de la política, al fin y al cabo, desde mi puesto institucional, en los que tuve que tratar con Aznar, con Posada, con Lucas...». Fue en aquel tiempo cuando Carmen defendió vehementemente y con conocimiento de causa que los huesos hallados en el altar mayor de la iglesia de Santa María pertenecían a la reina Blanca de Navarra. «La política lo embadurnó todo y lo utilizó, pero siempre he estado convencida de que la reina está enterrada en Santa María».

En el jardín de la residencia Santa María, Carmen se despide y reflexiona: «Tres cosas han marcado mi vida: la fe –porque soy católica, creyente y practicante–, el derecho y la política. Y no he buscado ninguna de las tres. La fe me la dio Dios, al igual que la capacidad de perdonar. Esto es algo que no solemos valorar. En el perdón está la salvación. Sin fe y sin perdón no tenemos paz y, si no tenemos paz, ¿qué nos queda? Si tenemos paz, tenemos bienestar. Todo va unido. ¿Que quién va a ganar las elecciones? Puede pasar como en el 77. La gente quería cambio, pero huyó de los extremismos y se decantó por el centro. Gobernará el que más centrado esté».