Recuerdos de la revolución cubana desde una mecedora de Palencia

Dinorah Pons muestra su carnet de trabajadora del Centro Telegráfico Nacional de La Habana en su habitación de la Residencia de Mayores Puente de Hierro de Palencia. En detalle, discurso de Fidel a su llegada a La Habana. /Antonio Quintero
Dinorah Pons muestra su carnet de trabajadora del Centro Telegráfico Nacional de La Habana en su habitación de la Residencia de Mayores Puente de Hierro de Palencia. En detalle, discurso de Fidel a su llegada a La Habana. / Antonio Quintero

Una usuaria de la Residencia de Mayores Puente de Hierro de Palencia rememora qué sintió cuando vio entrar a Fidel en La Habana hace ya 60 años

Marco Alonso
MARCO ALONSOPalencia

40.328 son las personas mayores de 65 años que residen en Palencia, según los datos del INE. Detrás de esos fríos números, hay mujeres y hombres que fueron testigos de la historia, que contemplaron con sus propios ojos momentos trascendentales de un pasado que ha forjado el presente de la provincia, de la comunidad, del país o incluso del mundo. Todas y cada una de esas 40.328 personas pueden tener recuerdos dignos de aparecer en el periódico, pero seguramente solo una de ellas guarda en su memoria lo que sintió cuando vio entrar a Fidel Castro en La Habana tras derrocar al gobierno de Fulgencio Batista el 8 de enero de 1959. El nombre de esta persona es Dinorah Pons y hoy, a sus 84 años, ha decidido compartir sus vivencias con los lectores de El Norte de Castilla.

«Fidel Castro se ganó la gloria por tumbar a Batista y solo por ese hecho yo también simpatizaba con él»

«Fidel Castro se ganó la gloria por tumbar a Batista y solo por ese hecho yo también simpatizaba con él» Dinorah Pons

Con un abanico como arma contra el calor de julio y balanceándose lentamente sobre una mecedora en su habitación de la Residencia de Personas Mayores Puente de Hierro de Palencia. Así comenzó Dinorah a recordar lo que vivió hace ya 60 años, aquel 8 de enero de 1959, en el que entraron en la capital de Cuba 'los barbudos' –que así llamaban a los revolucionarios que lucharon contra el régimen de Batista–. «Me quedé asombrada de ver la cantidad de personas que estaban esperando a que llegara Fidel Castro. Todos gritaban 'Viva Fidel' y la calle era una fiesta. Todo el mundo quería estar a su lado en aquel momento. Fue infinidad de gente», asegura esta cubana, que pudo contemplar en su juventud el amanecer de la revolución y que ahora, en su vejez, ha vivido su ocaso a más de 7.000 kilómetros de distancia, desde unas tierras palentinas a las que llegó en el año 2005, con la meta de continuar su vida con menos estrecheces de las que tenía en su país natal, en el que cobraba una jubilación de unos 12 euros al mes, un dinero con el que no podía vivir con unos mínimos parámetros de dignidad, ya que el precio de alimentos de primera necesidad como un litro leche o de aceite de girasol costaban unos 2,40 euros, un quinto de sus ingresos mensuales.

Dinorah reconoce que tanto ella como su marido –con el que se casó solo unos meses antes de que triunfara la revolución– se ilusionaron con la llegada de Fidel al poder, como tantos otros cubanos, por derrocar un régimen sanguinario como fue el de Batista. «El principal problema era que el que se metía con Batista acababa muerto. Su gobierno era de asesinos. Todos los días mataban a una o dos personas y aparecían muertas por ahí. Fidel Castro se ganó la gloria por tumbarlo y solo por ese hecho yo también simpatizaba con él», señala esta anciana que era una jovencita de 24 años cuando la historia de Cuba cambió a principios de 1959. «Fidel estuvo peleando tres años y cuando llegó a La Habana todo el mundo hablaba de que su llegada iba a ser una maravilla para el país. Enseguida bajó los alquileres, que eran sumamente altos allá», recalca.

«Había miedo de contar la realidad del país a otros lugares»

«Había miedo de contar la realidad del país a otros lugares» Dinorah pons

Esa bajada de los alquileres fue una bendición para los arrendatarios del país, pero una pesadilla para los arrendadores. «La Cuba de Fidel fue al principio muy buena, pero la bajada de los alquileres empezó a ser un problema, porque los que eran propietarios sufrieron mucho con esa medida», explica Dinorah, que a finales de los años 50 trabajaba como telegrafista en el Centro Nacional Telegráfico, en el que se encargaba de enviar en código morse los telegramas de personas corrientes que querían comunicarse con el exterior. «No había móviles y en aquella época la gente hablaba así con los que estaban fuera», asegura esta telegrafista, que señala que la censura estaba muy presente en su trabajo y que en más de una ocasión tuvo que practicarla, ya que su empresa era de propiedad estatal y no quería que los telegramas de sus clientes pudieran perjudicar al gobierno de Fidel. «Había miedo de contar la realidad del país a otros lugares. Yo, por ejemplo, no pasaba telegramas en los que la gente decía que se estaba muriendo de hambre. Les decía que se fueran a otra oficina, que yo no podía pasar esas cosas. ¿Cómo me voy a poner en contra de mi trabajo, de lo que me está dando la comida?», sostiene.

Arriba, imagen de la boda de Dinorah Pons con Carlos Dotres pocos meses antes de la entrada de Fidel en La Habana. Abajo, a la izquierda, la pareja en su luna de miel. Abajo, a la derecha, Castro celebra su llegada a La Habana.

Dinorah crió a tres hijos durante el castrismo y uno de ellos, Roberto Dotres Pons nació el 24 de septiembre de 1963, con el movimiento revolucionario asentándose, un momento histórico complicado, tal y como relata él mismo. «Las instituciones fidelistas estaban ajustando la propaganda y la maquinaria socialista preparaba a las personas para hacerles ver que el socialismo era el mejor sistema. Cuando entrábamos al colegio hacíamos un juramento que decía así: 'pioneros por el comunismo, seremos como el Che'», explica Roberto que sí fue comunista a una edad temprana, pero no cumplió ese juramento y no, no fue como el Che, pese a todos los esfuerzos del castrismo por adoctrinarlo, a él y a toda su generación.

«A los 12 años nos hacían ir a la escuela del campo. Nos enviaban 45 días al campo a trabajar, que no era rentable para nada ¿Qué van hacer unos niños trabajando en el campo? Eso era supuestamente para convertirnos en hombres, pero solo era un derroche de dinero», recuerda.

«Cuando vine para España en 2004, una de las cosas que me llamó la atención es que la Sanidad era gratuita»

«Cuando vine para España en 2004, una de las cosas que me llamó la atención es que la Sanidad era gratuita» Roberto dotres

Roberto era ingeniero mecánico en Cuba y decidió venir a España en 2004 porque en su país natal cobraba solo 40 euros al mes y con ese dinero estaba abocado a la miseria. Por esa razón cruzó el charco, para mejorar su situación económica y contemplar con sus propios ojos si la vida fuera de La Habana era tan complicada como aseguraban desde el aparato de propaganda castrista. «En Cuba me metieron en la cabeza que todo lo extranjero es malo. Cuando vine para España en 2004, una de las cosas que me llamó la atención es que la Sanidad era gratuita. En Cuba nos dicen que la única Sanidad gratuita del mundo es la cubana», expone.

Un año después de su llegada a Palencia, Roberto pudo traer a España a su madre y a su mujer, Nanci Pérez, que pudieron abandonar un país que para esta familia llevaba años en declive. «Nosotros crecimos en el ambiente de ir a trabajar para vivir del trabajo. Hoy en día, no se vive así. Los 60 años de revolución de Cuba han cambiado la mentalidad de todos los cubanos. Ahora, el que trabaja lo hace para ver qué puede 'resolver' en el trabajo. Allá decimos 'resolver' cuando queremos decir 'robar'. Esa es la mentalidad», asegura Roberto con pesar.

Actualmente, Roberto vive en Palencia y se ha dado cuenta de que ese miedo al exterior que le inculcaron en su tierra natal poco o nada tiene que ver con la realidad. De hecho, su madre reside en una de las dos residencias de ancianos públicas que hay en Palencia y reconoce que para él es un alivio que haya podido venir a España. «Si mi madre se hubiera quedado en Cuba, se hubiera muerto. Tenía una pensión que no llegaba a 12 euros al mes y había trabajado toda la vida. Allí las personas de más de 70 años tienen muchos problemas», asevera.

Los recuerdos de la revolución siguen muy presentes en la mente de Dinorah pero, ahora que ha podido vivir en un país con un sistema antagónico al del suyo, tiene claro que ese antagonismo tiene más que ver con las formas que con el fondo. «El capitalismo y el comunismo al final acaban siendo lo mismo: sistemas que sirven para que los que mandan vivan bien, sin preocuparse demasiado de las personas», explica esta mujer que, a su edad, sabe que no volverá a pasear por el Malecón ni por la Plaza Vieja, pero espera que los que lo hacen ahora puedan mirar al futuro con esperanza, sea en un país comunista o en uno capitalista. «Eso es lo menos importante», concluye Dinorah desde su mecedora.