Digan lo que digan sigue siendo aquel

Raphael abre los brazos durante su actuación de ayer en el Pabellón Municipal de Deportes de Palencia./Antonio Quintero
Raphael abre los brazos durante su actuación de ayer en el Pabellón Municipal de Deportes de Palencia. / Antonio Quintero

Un pabellón de Palencia repleto goza de un concierto en el que Raphael cantó dos horas y cuarto junto a la Orquesta Sinfónica de Zaragoza

Marco Alonso
MARCO ALONSOPalencia

El concierto de ayer en Palencia fue un escándalo. Dejó a los 3.000 presentes el corazón en carne viva gracias a un recorrido de dos horas y cuarto por los temas más famosos de un artista al que, a buen seguro, a estas alturas solo le quema ya una cosa: que le llamen incombustible en cada crónica. Y es que, ese adjetivo siempre va unido a aquellos que tienen ya una edad y siguen haciendo aquello que llevaban años practicando. Pero este prodigio de la música no es de esos, no es de los que se dan por satisfechos repitiendo una y otra vez lo mismo.

Tras más de 300 discos de oro, 50 de platino y de ser el único español que ha logrado hacerse con un disco de Uranio por tener más de 50 millones de discos vendidos, Raphael no lleva años insistiendo en lo mismo que hacía allá por los 60. Se reinventa en cada gira, quema lo viejo y resurge como un ave fénix, con una capacidad de regeneración que ayer se volvió a poner de manifiesto con su espectáculo RESinphónico, en el que aunó música clásica y electrónica para dejar con la boca abierta a Palencia, una ciudad que le demostró a golpe de aplauso que le 'quiere a morir', con el mismo sentimiento que él mismo cantó ayer su versión de esta hermosa canción de Francis Cabrel.

Con un chaqué de terciopelo salpicado con unas tachuelas metálicas que brillaban casi tanto como su sonrisa. Así salió Raphael a un repleto pabellón que se puso en pie para recibirle y escuchar su primer tema: 'Infinitos bailes', que sonó a pura gloria con la Orquesta Sinfónica de Zaragoza, la cual le acompañó en todo momento y embelleció las siguientes canciones –'Promesas', 'Igual (loco por cantar)' y 'No vuelvas'–, que precedieron al éxtasis que supuso para los presentes la irrupción en el repertorio de 'Digan lo que digan', que sonó con una mezcla exquisita de música clásica y electrónica que puso la piel de gallina a los adeptos, y también a los que fueron al concierto a ver qué se cocía por el pabellón. Y lo que se coció fue una gran noche, que tuvo su momento de mayor esplendor cuando comenzó a sonar eso de «¿Qué pasará? ¿qué misterio habrá?». El misterio se develó en la sexta canción y fue una apoteosis. La gente no podía quedarse sentada en sus asientos y comenzó a levantarse mientras disfrutaba de esa, su gran noche, que era la de Raphael, pero también fue suya. Porque un concierto como el de ayer es algo único, que recordarán los presentes durante muchos años

Y cuando el público estaba completamente entregado, Raphael se quitó el chaqué, desanudó su corbata, se sentó en una silla y comenzó a cantar 'Los hombres lloran también', una balada que contrastaba directamente con el tema anterior. Del cielo al suelo, en un segundo. Como la vida misma. Los conciertos de este ave fénix de la canción son así: un carrusel de emociones alimentado por canciones que hacen alusión a cada momento por el que atravesamos en la vida. De la euforia al llanto, del amor al rencor y todo ello alineado con la personalidad arrolladora de un hombre que parece haber encontrado en los aplausos el secreto de la eterna juventud. Y entonces llegó el homenaje a Gardel con 'Volver', que comenzó a sonar en una vieja radio que se fundió con la voz del artista, que parecía hablar de sí mismo cuando decía eso de «sentir que es un soplo la vida, que 20 años son nada».

Y es que sí, digan lo que digan Raphael sigue siendo aquel, aquel artista que fue radio por radio para que dejaran de poner sus canciones para no desgastarlas antes de tiempo, para que fuesen lo suficientemente longevas para seguir siendo himnos ahora, en un 2019 que queda muy lejos de aquel 1959 en el que arrancó su carrera musical. Han podido pasar 60 años de aquellos inicios, pero Raphael sigue siendo aquel al que es imposible no querer, aunque solo sea por corresponderle, porque ya no queda nadie vivo capaz de cerrar un concierto como él lo hizo ayer: emocionando a 3.000 personas mientras cantaba eso de «yo te amo con la fuerza de los mares». Sí. Digan lo que digan sigue siendo aquel, pero se niega a ser incombustible, prefiere arder al final de cada gira y renacer convertido en algo nuevo. ¿Qué será lo siguiente? ¿Qué pasará? ¿Qué misterio habrá? Solo tiene que pasar tiempo para saberlo, el mismo que parece no pasar para este icono de la música que ayer triunfó en Palencia.