Cándido Abril: «¿Para qué nos educamos si no es para mejorar la vida? Aprender es lo más grande que tenemos y aquel que no sea sensible a eso, mal va»

Cándido Abril posa en Palencia tras la entrevista, con la Iglesia de San Miguel al fondo./Antonio Quintero.
Cándido Abril posa en Palencia tras la entrevista, con la Iglesia de San Miguel al fondo. / Antonio Quintero.

Director de la Universidad Popular de Palencia

J. I. Foces
J. I. FOCESPalencia

He aquí un educador, más que un profesor al uso. Cándido Abril, terracampino de Villalán (Valladolid), que lleva media vida, literalmente, a orillas del Carrión, en pleno corazón de la capital palentina, entregado a dirigir la Universidad Popular de Palencia. A caballo entre lo romántico y lo pragmático, ha hecho hueco en miles de familias de Palencia a una institución académica que saca de las aulas lo que se aprende en ellas. Así lleva tres décadas y media la Universidad Popular contribuyendo a mejorar la sociedad palentina.

–Abogan «por la educación a lo lago de la vida». ¡Anda que no lo fían largo!

–Sí, pero cada vez más fortalecidos en esta idea.

–Acostumbrados a que con 23 o 24 años uno termina todos los ciclos reglados de la educación...

–Hemos roto absolutamente eso. Hace treinta y cuatro años yo venía de dar clases en un instituto en Vitoria y estaba en pañales lo de la Universidad Popular. Solo había la enseñanza compensatoria y se sacaba el graduado quien no lo tenía. A partir de ahí, en contacto con otras universidades populares, pero de manera relevante y referente para la educación de adultos, y lo digo con toda la humildad, la Universidad Popular de Palencia ha sido diferente a todas: en su constitución y en su desarrollo.

–¿Por cómo se financia? ¿O por más?

–Por asuntos económicos, pero por asuntos sociopolíticos, diríamos.

–¿Y eso?

–Las universidades populares se montan en el proceso posterior a la muerte de Franco en ayuntamientos socialistas. La de Palencia es la única que no nació así.

–¡Toma hecho diferencial!

–Nacimos prácticamente huérfanos. Tuvimos que partir de las ideas que teníamos en aquel momento de la Educación de Adultos. Y fuimos los primeros que aprendimos a hacer educación a lo largo de la vida. Había muy poco material... Habíamos tenido cuarenta años de educación franquista y tuvimos que inventar el camino de este proceso de aprendizaje de universidades populares y de pasar a entender que la educación de adultos tenía que ser no compensatoria con determinados adultos sino una educación abierta a todo el proceso vital.

–Invitan ustedes en su mensaje de bienvenida de esta manera: «Acercaos al florilegio de cursos y talleres sin temores ni miedos». ¡Florilegio!

–Empezamos con tres líneas de atención: la situación educativa de aprendizaje, la cultura básica, elemental, pero ya con una idea amplia, no solo de leer y escribir, sino la cultura entendida como aprendizaje de esos campos que son elementales, como conocer un idioma, entender el arte... Luego otra, que era la situación física, yoga, psicología, pilates... Y la creatividad, pintura, música, teatro... A partir de ahí está ese florilegio en el que se juntan 150 cursos, 170 grupos, que se reúnen en nueve áreas. ¡Y hay hasta filosofía!

–70 educadores, 3.500 personas en los cursos, 4.000 en los de los centros sociales y aulas de mayores, vinculación a 15 asociaciones, bien directamente o a través de convenios, más los cursos en el centro penitenciario de La Moraleja, cursos en 150 pueblos de la provincia palentina... Eso, para los partidos, electoralmente es muy tentador...

–¡Ya le digo!

–Estar vinculados a tantas asociaciones y colectivos, ¿les convierte en apóstoles de la sociedad civil?

–No, no. Pero sí desde luego para comunicar. Intentamos saber y concretar cuál es nuestro espacio con todo el mundo.

–«Aprender es el oficio más bonito del mundo», dicen ustedes. ¿De verdad se lo cree?

–¡Absolutamente! Es de las pocas cosas que tengo claras en la vida. Si se compara, por ejemplo, con la comida, un tema muy fácil de entender... Todo el mundo come. Si recordamos lo que había para que la gente comiera antes y nos preguntamos a dónde hemos pasado, concluimos que al disfrute de todo lo relacionado con la comida, su creación, la variedad de platos, formas de cocinar... ¡El placer de aprender! Aprender es lo más grande que tenemos y el que no es sensible a ello, mal va. A lo largo de la vida aprendemos: a comportarnos, a comer, a dar sentido a nuestra salud... Eso es la educación de personas adultas: es la formación que invita y provoca la acción y la participación. Formamos, pero si nos quedamos ahí... La transformación social solo viene si esa formación te empuja a la participación, a la acción. En todos los campos. El que va a pintar no solo tiene que aprender a pintar un cuadro.

–Ah, ¿no? ¿Qué más ha de hacer?

–A mí lo que me importa es que quien viene a aprender a pintar vaya a los museos, estudie por primera vez quiénes han sido otros pintores... Igual pasa con la música: si no conlleva acción, que cuando salgas del aula empieces a poner en práctica esos conocimientos, la educación se queda en algo muy pobre. Y lo hablo ya a todos los niveles. Tiene que ser reflexión-acción; si no, la educación no tiene sentido.

–¿Cómo se aprende a aprender?

–Claro, ¡ese es el debate! Antes íbamos a aprender, pero ahora vamos a aprender a aprender. ¿Sabe quiénes son los primeros que aprenden?

–No. Dígamelo usted.

–Los profesores. No solo enseñamos, aprendemos. Cuando más aprendo es cuando imparto una clase porque significa que tengo que prepararla. Todos tenemos que aprender a aprender. Ahora también se habla de que lo primero es desaprender, es decir, quitar lo aprendido mal, como primer proceso. Eso nos cuesta mucho porque creemos que lo que hemos aprendido es sagrado.

–¿Eso ayudaría en una época como la actual, de bulos y trolas, a distinguir lo verdadero de lo falso?

–Pues sí. Es muy difícil, ¿eh? La cultura básica hace 35 años era aprender a leer y escribir. Hoy ya sabemos todos leer y escribir, pero ¿entendemos lo que nos dicen? Tenemos ahí una tarea tremenda.

–¿Cuál es el primer paso a dar en eso?

–No creas solo lo que yo te digo, porque si no yo estaría haciendo doctrina. Al alumno debo decirle dónde aparecen esas noticias y se preguntará si debe leerse todos los periódicos, ver todas las televisiones... Es muy difícil ahora, muy difícil, pero ese es mi camino. Decirle al alumno que, claro, no tiene que leer 14 periódicos, pero sí ver dos líneas editoriales, escuchar a alguien que le hable diferente a como piensa...

–Y ya si se mete en redes sociales...

–¡Pues fíjese! Tremendo, tremendo, tremendo. Es que ahora mismo es más difícil aprender que antes. Claro, estamos acostumbrados a leer solo lo que nos gusta o a escuchar solo a los que piensan como nosotros, pero hay que tener el valor... La gente aprende procedimientos y métodos. Y por lo menos estamos en el camino de escuchar al otro, de ver que hay posibilidades y de preguntarte siempre dónde está la verdad.

–¿Preguntarte solo?

–Sí, porque la verdad es muy difícil de encontrar. Pero búscala tu.

–A diferencia de otras universidades populares, ustedes tienen que estar curso a curso, año a año, buscando financiación, recursos, infraestructuras... ¿Es un calvario o la garantía de no dependencia y, por tanto, de libertad?

–Si me permite, le digo que las dos cosas. Ha habido momentos en los que hemos estado exhaustos, que no podíamos más. Pero, a la vez, nos ha hecho tan fuertes, tan fuertes, que ahora los fuertes somos nosotros. Hay alguien que tiene que escuchar lo que dice la Universidad Popular, miles de personas que van allí, que reflexionan, que piensan y a los que no estaría mal que los políticos escucharan. Y de hecho, lo hacen.

–¿Cómo les trata la administración? ¿Ha pasado por la Universidad Popular el consejero Fernando Rey? ¿O pasó el ministro de Educación de Rajoy, Íñigo Méndez de Vigo, que era diputado por Palencia...

–Nos alabó mucho, pero como ministro no pisó por la Universidad Popular.

–...o la secretaria federal de Educación del PSOE, Mari Luz Martínez Seijo, diputada palentina? ¿Qué trato tienen ustedes con la oficialidad educativa?

–Bueno, pero escasísimo. Teníamos un convenio con la Junta de Castilla y León de 50.000 euros. Con la crisis de 2011, pasó a cero euros.

–¿Cero euros para un proyecto de educación con un Gobierno de Juan Vicente Herrera?

–Cero. Pero, claro, la crisis lo podía todo. Con Fernando Rey, prácticamente se ha mantenido así, pero ha promovido algunas obras para aulas. Aunque el sentido de la educación y la relación con la Consejería es bueno que tenga respaldo económico, no podemos olvidar que estamos en el ámbito de la educación y no lo queremos romper.

–Explíquese.

–Existe el Consejo Regional de Educación de Personas Adultas, desde 2002, cuando se hizo la Ley de Educación de Adultos. Funcionó los primeros años, desapareció y hasta que llegó Fernando Rey, y lo retomó. Es el único consejero que ha visitado la Universidad Popular. El trato fue cordial. Se comprometió a arreglarnos una planta del colegio. Dinero apenas aporta la Junta, pero al menos tenemos la consideración de nuestro trabajo.

–Salud, medio ambiente, idiomas, cultura... ¿Cajón de sastre educativo el de la Universidad Popular de Palencia o educación a la carta?

–¡Lo segundo, lo segundo! Cada curso está muy trabajado, permite pasar de un nivel a otro. Promovemos la diversificación: este año estás en este curso; el que viene, en otro.

–¿Eso motiva al alumno?

–Sí, es magnífico, es un placer porque ves a la gente cómo crece de forma tremenda. La Universidad Popular no es un centro académico donde se dan cursos sino donde se aprende algo más, con la posibilidad de vertebrar tu acción con organizaciones. La gente interacciona. Formación y acción. El que va a Psicología acaba contactando, por ejemplo, con la asociación de enfermos de Alzheimer. El que va a música, que nos viene gente hasta de Valladolid, luego actúa porque hay combos de jazz.

–¿Y el que va a encaje de bolillos?

–¿Sabe usted que hay más de veinte encuentros al año relacionados con el encaje de bolillos? ¡Y la escuela de teatro tiene más de 90 actuaciones anuales! La educación que no se haga así... Hay que demostrar que lo que has aprendido lo traspasas a la vida. ¿Para qué nos educamos si no es para cambiar la vida, mejorándola?

–Nuestros padres no contaron con una educación permanente como la que ustedes imparten y, sin embargo, les consideramos maestros de la vida.

–Bueno... La vida es muy distinta. Pero es que ahora nuestros padres pueden ser unos jubilados de poco más de 50 años.

–Eso si trabajan en determinado banco.

–Hablamos ya de una sociedad muy distinta, mucho. Cada persona tiene que enseñar en lo que sabe, que es lo que hacían nuestros padres, enseñarnos en lo que sabían. Y nos han dado muestras de honradez, de trabajar por los demás, de sufrimiento, porque nos tuvimos que ir fuera de casa a estudiar. Y ahora es cierto que la gente tiene muchas más posibilidades de aprender: hay que animarla a que aprenda nuevas cosas.

–Si tuviera que quedarse con una única enseñanza de las que le dieron sus padres, ¿cuál sería?

–La honradez y el trabajo bien hecho. Soy muy feliz porque he pasado las de Caín para consolidar la Universidad Popular, pero siempre he tenido la suerte de estar en el trabajo que quería estar. Y ha sido tan creativo, tan ilusionante... Las dificultades están en la oficina, pero en el aula es un placer permanente y ese placer del contacto con el participante nos ha dado siempre fuerza para luchar contra todo. Ha sido la gente la que ha sujetado el proyecto, la que ha dado ánimos, fuerza.

–En ese aprendizaje permanente, ¿aparecen riesgos que puedan ponerlo en peligro? Estamos tan internetizados...

–Es un riesgo, pero trabajamos la presencia. Hacemos cosas on line, pero el cara a cara es para nosotros esencial.

–¿No se sustituyen alumnos reales por alumnos virtuales?

–Hay cosas que sí, pero el proyecto global educativo, no. Es la presencia. Hay pequeñas batallas, incluso a la hora de matricular. Las pasamos a Internet, pero al menos la mitad de las matrículas se hacen presenciales. Hay cercanía y la gente, cuando hay cercanía, intenta ser leal. Y tenemos que diferenciar lo que merece la pena de las máquinas y lo que no. Ahí está Silicon Valley, donde a los niños les han prohibido las pantallas. ¿Desde dónde analizas todo eso? Desde el concepto educativo, e-du-ca-ti-vo. Eso es lo que a mí me confirma en cómo hay que avanzar y cómo aprovecharse de las nuevas tecnologías, pero que no sustituyan a la vida.

–Hablando de la vida, ¿usted qué quiere ser de mayor?

–Si alguien tiene claro que ha de seguir educándose soy yo: ¡Yo quiero ser alumno!