Sentido común

«El sentido común de Pablo Iglesias no es otra cosa que su parecer particular, que él pretende elevar a categoría kantiana»

Pablo Iglesias en la sesión constitutiva de las nuevas Cortes Generales./Efe
Pablo Iglesias en la sesión constitutiva de las nuevas Cortes Generales. / Efe
Eduardo Roldán
EDUARDO ROLDÁNValladolid

Pablo Iglesias ha apelado al «sentido común» para justificar un gobierno de coalición PSOE-Podemos, con él como arrendatario de una cartera ministerial. Con esta apelación el líder de la marca morada abandona la política de la razón en favor de la política de las pasiones, que no es política sino panfletismo. Y se afilia a un léxico –y por tanto a una semántica– que ha sido siempre patrimonio fundamental de la derecha. Don Manuel Fraga era quien con mayor frecuencia recurría a estas fórmulas o muletillas; su favorita –que luego heredaría Mariano Rajoy– era «como es natural». Para Fraga lo natural era –sorpresa sorpresa– aquello que se ajustaba a su opinión; de igual modo, el sentido común de Pablo Iglesias no es otra cosa que su parecer particular, que él pretende elevar a categoría kantiana, necesaria y universal, y así dotar de objetividad, o sea blindar de la discusión, un asunto que, si algo necesita, es discutirse, y más cuando la marca que defiende se ha desplomado en las generales (29 diputados menos) y más aun en las autonómicas (70 menos).

Pero no deja de ser una fórmula, con toda su vaciedad, operativa, pues ¿quién se opone al 'sentido común'? Solo los locos, y nadie quiere que lo tomen por loco. Lo que así consigue Pablo Iglesias, y el Fraga de turno, es disfrazarse de uno más, uno de esos ciudadanos cualquiera para los que se supone trabajan; en realidad, lo que late en el fondo es una vanidad intelectual irreprimible, que como el anhelo de poder no entiende de colores de marca y anega a casi todos los que se lanzan a la cosa pública.

Uno quisiera ver de vez en cuando menos sentido común y más prejuicios transparentes; referencias que, si no inicialmente afines a las convicciones o ideas propias, servirían para determinar la distancia a recorrer, la inclinación de la balanza, si existe algún punto en común y el peso de este. Se tendría así, aun pequeña y por cultivar, alguna certeza a la que atenerse.