Una memoria para Alfredo Mateos

«Nosotros, sus amigos, nos tuvimos que acostumbrar a que la amistad de Alfredo fuera un aparecer y desaparecer»

Alfredo Mateos./
Alfredo Mateos.
JOSÉ JIMÉNEZ LOZANOEscritor

Estos versos que pongo aquí al frente de esta dolorida memoria de un amigo que acaba de morir súbitamente, Alfredo Mateos Paramio, fueron extraídos y contrastados por él en una versión italiana de un poema en árabe de Walid Ibn Yazid, quien apenas fue califa un año (743-744) antes de ser asesinado. Y «el día de la Musalla» citado en el texto es el día de la plegaria colectiva, del viernes, y probablemente Alfredo me lo envió cuando preparábamos en 2010 aquella exposición de literatura morisca en la Biblioteca Nacional de la que él fue comisario, y que se tituló precisamente: 'Memoria de los moriscos'.

Coloquio con un pájaro

Me dijeron que Salma había salido

el día de la Musalla,

y he aquí un gracioso pájaro

que se espulgaba en una rama.

Dije: ¿Sabes algo de Salma?,

y se fue.

Dije: Acércate, pajarito;

y se descolgó.

Dije: ¿Has visto a Salma?:

dijo; ¡Ah!, y se marchó,

abrió en el corazón una herida oculta

y se voló.

Y he recordado enseguida estos versos que encarnan de repente esa súbita desaparición del pájaro en el poema, porque así de repentina ha sido su muerte, y también la noticia de ella por mi parte. Y estas situaciones sólo pueden expresarse de ese modo, como un vuelo inesperado de un pájaro o como la luz de un relámpago que nos presenta su vida del modo más huidizo e inapresable, como tiene que haber sido con los suyos, especialmente sentido por su madre y por María del Mar. Aunque Alfredo decía de sí mismo que era un peregrino y realmente sus amigos, como buena parte su familia ya se tenían que haber acostumbrado, si ello fuera posible, a convivir con él de este modo: esperando simplemente que un día apareciese y nos contase su peregrinaje o su 'secuestro' si se trataba de países que parecía que le habían sorbido el seso, como el de Japón, hace años, aunque quizás ya le llevara sorbido por la poesía y la caligrafía, por caso.

Era alguien con una facilidad enorme para las lenguas, y creo que nos ha posibilitado –no sólo a mí– el conocimiento necesario en un determinado momento, sino conocimientos más prolongados que ofrecía, a poco que se le insinuasen nuestra necesidad o nuestro deseo. Mientras su otro área de alta estima, ciertamente, era la inmensa capacidad organizativa para procurar conocimiento y disfrute estético en torno a algo que él conocía o en cuyo saber ya estaba instalado; esto es provocar verdaderas vivencias culturales en diversos públicos, que es lo que de manera general ha hecho en los diversos y numerosos desempeños profesionales que ha tenido, y han sido bien altos y complejos: desde la gestión cultural en Valladolid a vinculaciones universitarias o en el Ministerio de Cultura y últimamente en el Instituto Cervantes. Y un gran número de gentes le ha debido de conocer por su sobresaliente amor a la poesía, y diríamos en su interior y por la parte de atrás. Como quienes la construyen.

Pero también nosotros, sus amigos, nos tuvimos que acostumbrar a que la amistad de Alfredo fuera un aparecer y desaparecer, con un humor invariable y un cúmulo de noticias, ofrecido a nuestro conocimiento e información, con la generosidad que conocíamos para dar lo que fuese, y muchas gentes de nuestra ciudad a distintos niveles y por distintas razones, aunque la amistad predominase y fuese el lazo de tan amplio conocimiento, van a echarle de menos.

Hemos perdido la capacidad de hablar de los muertos y nos resulta tanto más difícil cuanto nos son más cercanos y queridos sobre los que apenas acertamos a otra cosa que no sea a subrayar sus dotes siquiera para agradecer lo que nos nos ha servido e incluso de las que hemos abusado. Y en este recuerdo hay siempre un balance a favor de quien nos deja y no tenemos con qué pagarlo. Y pocas veces –mejor sería ninguna– sucede que un viejo tiene que hacer sus cuentas de amistad con alguien a quien lleva cincuenta años y apenas puede excusarse de algún modo, entregándole a la dulce piedad de Dios como Bernanos o Julien Green hacían con sus muertos, y más de una vez hemos comentado Alfredo Mateos y quien esto escribe.