Diez y seis segundos

«Sánchez no entiende que no le apoye todo el mundo, que no le vote todo el mundo y que no tenga 350 diputados y un gobierno estable, que es una manera de estar en el mundo como otra cualquiera»

Pedro Sánchez y la vicepresidenta, Carmen Calvo, abandonan el hemiciclo durante la segunda y última sesión de control este miércoles en el Congreso./Fernando Villar-Efe
Pedro Sánchez y la vicepresidenta, Carmen Calvo, abandonan el hemiciclo durante la segunda y última sesión de control este miércoles en el Congreso. / Fernando Villar-Efe
Chapu Apaolaza
CHAPU APAOLAZAValladolid

Rufíán ya casi no rufianea. Antes traía al Congreso de los Diputados cosas que se encontraba por el garaje -camisetas, chapitas, esposas, una impresora vieja- y declamaba con ellas en la mano como si fuera un subastero. Ahora advierte a los políticos -a los demás, se entiende-, que le están tocando los bemoles a los ciudadanos y yo creo que les están tocando una batucada entera. La batucada es el verdadero mal de España, y no el tacticismo político. No busquen el fin del imperio en el vuelo de los pájaros ni en la trayectoria de las pavesas que escapan de las lumbres, ágiles y encendidas como moscas de luz. El colapso de nuestra civilización son esos tipos, los tambores y su matraca invasiva cuando vienen a venderte un mundo mejor y a reventarte el ratico con la coreografía, con el entusiasmo y los pantalones de tiro bajo y el ruido machacón del que nadie puede escapar. Tacatacatún; las batucadas son la ETA de las fiestas de España. Es intolerable que en este país se quieran prohibir los toros y nadie diga nada de las batucadas, pero este es el mundo que nos ha tocado.

Veníamos surfeando el verbo de Rufián y el cabreo de Carmen Calvo en el Congreso, -no te rayes, tía-. España es lo que va de Ibiza a Albacete y de la moralina rufiánica al momento en el que en rueda de prensa en Moncloa, le preguntan a Sánchez si no hace autocrítica después de cinco meses de ponte bien y estate quieta, y si dimitirá en el caso de no conseguir un gobierno después del 10-N, y responde que es el líder del partido más votado y suspende su indignación en una pausa trágica. Dura diez y seis segundos. Ahí en ese tiempo, mientras Sánchez arquea las cejas de su asombro, la niña pide una bici nueva, la embarazada siente en su vientre el tacto de la esperanza y del miedo, las jovenzuelas olvidan a esos novios a los que en verano juraron amor eterno y el patriarca gitano de mi barrio, que ve pasar el mundo sentado en su acera, levanta la vista, exótico, moreno y orgulloso como un emperador fenicio.

Ese vacío es la fórmula de relatividad del sanchismo, una coreografía de zumba parlamentario un poco compleja al principio pero muy divertida si le coges el truco. El giro principal que hay que interiorizar es que en el sanchismo siempre gana perdiendo. En eso se parece mucho al rugby, que es un deporte de contacto en el que solo se puede pasar el balón hacia atrás. Pedro responde y se calla y arquea las cejas, porque no comprende nada. Él cree que le debería apoyar Podemos para que no gobierne la derecha, la derecha para que no pacte con los independentistas y los independentistas ya me dirán por qué. En realidad, Sánchez no entiende que no le apoye todo el mundo, que no le vote todo el mundo y que no tenga 350 diputados y un gobierno estable, que es una manera de estar en el mundo como otra cualquiera. Cuentan los Redondos con manejar las cuitas de las dos Españas, pero deberían añadir una más: están una España, la otra y la tercera, que pasa olímpicamente.